Medio siglo de Médicos Sin Fronteras: la historia de un fracaso y un éxito de la humanidad

Desde la guerra en Biafra (Nigeria) hasta la crisis de refugiados en Europa ha pasado medio siglo. Y ha cambiado mucho el mundo. Pero lo que permanece es la entrega o determinación de Médicos Sin Fronteras por salvar vidas allí donde hace falta. Este 22 de diciembre conmemora su 50 aniversario

Un médico se viste con el EPI para entrar en la zona de alto riesgo del Centro de Tránsito del Ébola en Bunia (República Democrática del Congo) en junio de 2019.
Un médico se viste con el EPI para entrar en la zona de alto riesgo del Centro de Tránsito del Ébola en Bunia (República Democrática del Congo) en junio de 2019.PABLO GARRIGOS (MSF)

Fue la primera guerra viral de África. La población igbo, en el sur de Nigeria, sufría las atrocidades de una contienda civil en la que luchaban por su independencia. Asedio incluido. No hablamos de la Edad Media. Corría 1968 y Biafra fue cercada por las fuerzas nigerianas, se destruyeron cultivos y se desencadenó un desastre humanitario. Un genocidio. Y el ya existente sistema internacional de ayuda humanitaria acudió al auxilio de las víctimas.

No era ni mucho menos la primera vez que la humanidad era testigo de las barbaries de una guerra. El siglo XX estuvo plagado de ellas. Tampoco era el conflicto más cruento de África, ni las imágenes que llegaban de la hambruna en Biafra eran inéditas. Pero un grupo de periodistas y médicos decidieron que no podían callar más contra esa injusticia y el ensañamiento contra un pueblo, independientemente de sus aspiraciones nacionalistas. Frente al silencio, mandato de la organización para la que trabajaban, decidieron crear otra en la que la denuncia y la asistencia médica fueran más que compatibles. Su misión.

Así, el 22 de diciembre de 1971, nació formalmente Médicos Sin Fronteras (MSF). En ese momento, la organización la formaban 300 voluntarios: doctores, enfermeras y otros profesionales sanitarios, incluidos los 13 médicos y periodistas fundadores.

Al genocidio de Biafra le siguieron muchas otras emergencias, en fatales conflictos, por catástrofes naturales, por desastres humanos. En Camboya, Etiopía, Somalia, Ruanda, Haití, Afganistán… y también en Europa. Han pasado 50 años y “las crisis y la propia organización han cambiado mucho”, en palabras de Paula Gil, presidenta de la ONG en España. Sin embargo, las razones que llevaron al surgimiento de MSF siguen vigentes. “Ojalá pudiéramos desaparecer, pero no podemos. Pese a la frustración, hay dos cuestiones que nos ayudan a seguir: somos muy pesados y somos imprescindibles para mucha gente”.

El deseo de David Noguera, antecesor de Gil (2016-2021), de “cerrar el chiringuito” por falta de cometido, no es posible en el mundo de hoy. Ahí están la población masacrada de Yemen, los hambrientos del Sahel, los supervivientes del Mediterráneo… “Es frustrante, pero somos tozudos. La rendición no es una opción. Ya sabemos que no vamos a cambiar las cosas, pero salvamos vidas y eso merece la pena”. Que su existencia sea aún necesaria es, según Noguera, “un fracaso de la humanidad, que decide no resolver los problemas a pesar de tener las herramientas para hacerlo”. Y al mismo tiempo, desde hace 50 años, sus siglas implican un mensaje de esperanza: “Somos sociedad civil organizada bajo un principio: salvar vidas”. Y lo hacen. Con vendas y suturas. Con luz y taquígrafos. Curar y gritar. El intento de hacerlo sin prejuicios, discriminación o censura.

Para lograrlo, hoy la ONG cuenta con 65.000 trabajadores de 170 nacionalidades, siete millones de socios y colaboradores en todo el globo –de los que 583.012 están en España– para mantener misiones humanitarias en 70 países. El 97,2% de sus fondos, subrayan desde la organización, son privados, lo que les permite mantener su independencia, tanto para decidir dónde ayudar, como para criticar a quien haga falta. Un ejemplo: en 2016, renunció a toda financiación de la Unión Europea y de sus Estados miembros en protesta por la “dañina política migratoria, basada en la disuasión y en alejar lo máximo posible de sus costas a quienes huyen de la guerra y el sufrimiento”.

La ONG humanitaria fue reconocida con el Nobel de la Paz en 1999. En la ceremonia, hizo gala de su irreverencia y aprovechó su discurso para exigir el cese de los bombardeos del Ejército ruso contra la población civil en Chechenia

Una doble capacidad de la que muy pocas entidades humanitarias disponen: la mayoría priman la diplomacia de la discreción para continuar su labor en terreno y no comprometer sus finanzas. Y las defensoras de los derechos humanos que se centran en la denuncia no suelen contar con operaciones en terreno.

Esa dualidad sanitaria y activista fue reconocida con el Nobel de la Paz en 1999. Medios de la época destacaron que el galardón premiaba su “impertinencia”. En la propia ceremonia, MSF hizo gala de su irreverencia y aprovechó su discurso para exigir el cese de los bombardeos del Ejército ruso contra la población civil en Chechenia. “No podemos estar seguros de que las palabras salven, pero si sabemos que el silencio mata”, expresó el entonces presidente, Philippe Biberson.

Otros prestigiosos premios ya lucían en la estantería de la ONG. Recibió el Príncipe de Asturias de la Concordia en 1991, el Premio Consejo de Europa de los Derechos Humanos en 1992, la Medalla Nansen para los Refugiados un año después, el Roosevelt a las Cuatro Libertades en 1996, el Indira Gandhi ese mismo ejercicio, el Conrad N. Hilton en el 98... Y más que vinieron después.

Sin embargo, su posicionamiento público le ha causado más conflictos y disgustos a la organización que alegrías. Ha comprometido, en ocasiones, la continuidad de la labor médica de la ONG, lo que ha suscitado no pocos debates internos. “Muchos de ellos han girado alrededor del dilema de si se debe prestar testimonio cuando existe la certeza de que la organización será castigada con la expulsión y la población pagará las consecuencias”, recoge el informe elaborado expresamente para la celebración de su 50 aniversario.

Sucedió en Etiopía en 1985. La hambruna se cebaba con la población. Las imágenes de la inanición dieron la vuelta al mundo. Para la médica Brigitte Vasset, aquella crisis fue mucho más que un minuto incómodo de televisión. “Era extremadamente duro ir por la mañana al campo, porque descubrías cuánta gente había muerto durante la noche, y recuerdo claramente que había hasta cien fallecidos algunos días”, rememoraba en un vídeo conmemorativo del 40 aniversario de MSF.

La ayuda comenzó a llegar masivamente y el Gobierno de aquel país tenía un plan: desplazar forzosamente a la población del norte hacia el sur. La ONG no tardó en denunciar que esta estrategia no era justa, que se estaba instrumentalizando la acción humanitaria y causaría más defunciones. Dos semanas después, fueron expulsados. “¿Fue la decisión correcta? No lo sé”, se plantea aún hoy Noguera. “Seguro que hubo gente en Etiopía que se quedó atrás, sin existencia”.

A veces, es la propia ONG la que decide abandonar un país. Lo hicieron en 1993. Se retiraron de Somalia después de que la ONU autorizase una intervención militar para garantizar el reparto de ayuda para las víctimas del hambre en medio del conflicto. Solo un año después, su clamor era el opuesto, uno en contra del principio humanitario de neutralidad. “En Ruanda pedimos la intervención armada por primera vez”, anota el hito Noguera. Más de 800.000 ruandeses fueron asesinados por compatriotas en solo tres meses, entre abril y julio de 1994. El 75% de la minoría tutsi fue exterminada. “No se detiene un genocidio con médicos”, justificaba la organización.

En 1994, en el genocidio de Ruanda, MSF pidió la intervención armada por primera vez en su historia para frenar a los perpetradores

Años después de ambos episodios, Noguera se unió a MSF. Fue Somalia precisamente su primer destino, adonde la ONG había regresado. La guerra seguía… (sigue). Y allí aterrizó prácticamente recién salido de la facultad de Medicina hace dos décadas. “Fue un momento de epifanía. En tres meses me di cuenta de que iba a dedicar mi vida a esto”.

Por razones muy distintas a las de 1993, MSF volvió a cesar sus actividades en Somalia en 2013. La escalada de violencia contra miembros de la organización hizo insostenible la continuidad de su tarea. En diciembre de 2011, dos trabajadores, Philippe Havet y Adrias Kare, habían sido asesinados en un tiroteo en las propias oficinas de la ONG en Mogadiscio. Un acontecimiento que abrió el debate de la retirada del país.

“Pero no podíamos hacerlo”, aseguraba el presidente de MSF España, José Antonio Bastos, en una entrevista entonces. Dos cooperantes españolas, Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, habían sido secuestradas en octubre de aquel año. Un mes después de su liberación en julio de 2013, y pese a la petición de ambas de no cerrar la misión, la ONG anunció su decisión de abandonar Somalia. En aquel momento, solo había un precedente de una retirada total como aquella; en 2004, cuando se marchó de Afganistán por los mismos motivos: la situación de inseguridad de su personal era extrema.

Ser un testigo incómodo ha convertido a los trabajadores de la organización en objetivo de quienes quieren silenciar su voz y frenar su actividad médica. Y no solo a ellos. “El espacio humanitario se ha deteriorado mucho en este tiempo. El reto es impresionante: con la criminalización de la ayuda, con una extrema inseguridad y corriendo riesgos que antes eran más controlables”, reflexiona Gil. Los secuestros, asesinatos y agresiones a cooperantes no han dejado de aumentar en las últimas décadas. Cada año, la sangría es mayor.

La pérdida más reciente marcada en la memoria de Noguera y Gil es la de la madrileña María Hernández. La cooperante española y dos compañeros etíopes de MSF fueron asesinados el pasado junio en un ataque al vehículo en el que viajaban, en la región de Tigray (Etiopía), un territorio sumido en una guerra civil desde hace un año. Ella tenía 35 años y coordinaba las operaciones de la ONG en la región.

“No fue una casualidad. Ha supuesto un antes y un después; ha sido muy duro”, se emociona la presidenta de la organización en España. “Seguimos procesando el sufrimiento”, afirma Noguera, que se ha tomado un tiempo de reflexión alejado de la primera línea tras la muerte de su amiga.

Son demasiadas las veces que, debido a este tipo de sucesos, la ONG ha saltado a los titulares de los medios a su pesar. Sin embargo, la mayoría de las ocasiones es noticia por sus reivindicaciones contundentes y campañas de largo recorrido como la de acceso a medicamentos, que puso en marcha con la dotación del Nobel de la Paz en 1999. La eliminación de patentes ha sido una de sus batallas más duraderas.

Ser un testigo incómodo ha convertido a los trabajadores de la organización en objetivo de quienes quieren silenciar su voz y frenar su actividad médica

La movilización social y la voluntad política consiguieron que en 2001 la Declaración de Doha reconociera el derecho de los Gobiernos a tomar todas las medidas necesarias para eliminar las patentes y otras barreras de propiedad intelectual para priorizar la salud pública frente a los intereses comerciales. Se adoptó para responder a la epidemia de VIH-sida que mataba a miles de pacientes en los países en desarrollo porque no se podían permitir adquirir antirretrovirales. El precio cayó un 99% en una década.

En Sudáfrica, uno de los países más afectados por la epidemia, la lucha por el acceso a los antirretrovirales supuso un antes y un después. Así lo recordaba en una entrevista Eric Goemaere, impulsor de un programa pionero de atención a enfermos de VIH/sida y testigo de primera línea de la heroica lucha de la sociedad sudafricana por conseguir los medicamentos en una época en la que el Gobierno no los facilitaba y solo se podían conseguir a través de la Sanidad privada a un coste de unos diez mil euros por un tratamiento de un año. Han pasado 20 y actualmente los antirretrovirales se distribuyen gratuitamente en todo el mundo.

Pero la batalla contra el sida y las patentes no están ganadas. Una pandemia sin precedentes ha vuelto a poner a prueba a la humanidad. Otra vez la ONG clama, junto con otras organizaciones, para que se liberen las patentes de las vacunas y tratamientos para la covid-19, tal como un grupo de países liderados por Sudáfrica e India ha solicitado ante la Organización Mundial del Comercio. Sin éxito.

La enfermedad no solo ha matado (y sigue haciéndolo) a más de cinco millones de personas en todo el planeta desde marzo de 2020, sino que ha tenido un “impacto brutal”, en palabras de Noguera, en los trabajos por frenar y tratar otras dolencias. “El mundo se sigue comportando de un modo egoísta: es incomprensible. Hay gente que se está forrando con esto. Prevalece lo económico sobre el bienestar”, lamenta indignado.

“Nuestros equipos se volcaron en la respuesta a la pandemia, adaptándose lo más rápidamente posible e intentando tomar decisiones bajo una considerable incertidumbre y grandes limitaciones. Y por primera vez en nuestra historia, lanzamos una intervención de emergencia en España para apoyar a la sociedad que tanto tiempo ha acompañado nuestro trabajo; durante varios meses, borramos la línea que separa a las personas que nos ayudan con sus donaciones de las personas a las que atendemos”, describía el dirigente en la memoria de actividades de la ONG en 2020.

Los rescates de migrantes en el Mediterráneo también le han granjeado a MSF unas cuantas portadas en los periódicos y minutos de informativos. Sus quejas por las políticas de Europa o EE UU al respecto, también. “Estamos en el lado malo de la Historia”, suelta Noguera. “Si hace 10 años me hubieran dicho que morirían 30.000 personas en el Mediterráneo o que Estados Unidos separaría a niños de sus familias y los pondría en jaulas, no lo habría creído. Es una vergüenza”.

Sin quitar valor a cada vida salvada en el mar, en las guerras o las crisis más mediáticas, las grandes gestas de MSF se producen normalmente fuera de los focos, apunta el ex dirigente de la organización en España. “Lo hacemos muy solitos. Como curar a un niño desnutrido en República Centroafricana”, comenta. Esa es la parte bonita. La satisfacción del trabajo humanitario. Salvar vidas. A veces, no lo consiguen. En su memoria resuenan los llantos de las madres que pierden a sus niños por el hambre o el silencio de los hospitales de guerra cuando fallece un herido en sus camillas. Y no lo esconden, ocultar no va con ellos. No es su culpa, es su fuente de frustración, esa que dicen que les empuja a seguir.

35 años de MSF España

La organización humanitaria en España nació en julio de 1986. Su primer proyecto fue en Palos Blancos, en Bolivia, con un programa de asistencia a la población aymara. Desde entonces, la sección española se ha convertido en la que cuenta con más socios entre la población, gracias a su más de medio millón de donantes. “Es gente que está harta de la inacción política”, afirma Paula Gil, presidenta de MSF España.

Con estos apoyos, la misión más importante de MSF España se desarrolla en Yemen, donde la ONG sostiene un hospital al completo. Según sus números, la sección española, ha ofrecido solo en 2020 más de 1,8 millones de consultas externas, ha realizado 18.860 cirugías, ha atendido 49.662 partos y ha tratado a 28.687 niños con desnutrición grave. Entre otras intervenciones.

Para conmemorar el 50 aniversario del nacimiento de Médicos Sin Fronteras, hemos invitado a la organización a que ejerza como editora de EL PAÍS durante un día, aconsejándonos temáticas de especial relevancia. La ONG ya colabora habitualmente con textos y testimonios desde la primera línea del trabajo humanitario en la sección Planeta Futuro. Esta vez, MSF ha propuesto temas, pero no ha intervenido en la redacción ni en el enfoque de los mismos. En distintas secciones del periódico, los profesionales han trabajado en los reportajes que la ONG quiere que los lectores lean hoy.

Planeta Futuro

Cuando un país se da por perdido. Dos de cada diez venezolanos se han vistos obligados a emigrar. En Colombia viven casi dos millones del total de seis esparcidos por el mundo. Aún desde la nostalgia y la resignación, para muchos regresar a su hogar ya ha dejado de ser una opción: “De mi tierra ya no queda nada”.

Mendigar para que te quiten los puntos: el resultado del racismo sanitario en Sudáfrica. La falta de información, la limitación de recursos públicos y la xenofobia dificultan el acceso de migrantes y refugiados a la atención sanitaria en el país africano.

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Las farmacéuticas cierran un año de oro con 65.000 millones de caja ante el reto de la ómicron. Los mercados confían a los fabricantes de vacunas la recuperación de una economía mundial que cumplirá dos años azotada por la pandemia.

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Sobre la firma

Alejandra Agudo

Reportera del diario EL PAÍS especializada en desarrollo sostenible (derechos de las mujeres y pobreza extrema), ha desarrollado la mayor parte de su carrera en EL PAÍS. Antes trabajó en revistas de información local, económica y el Tercer Sector. Tiene experiencia en radio (RNE y SER). Es licenciada en periodismo por la Universidad Complutense.

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