Día Mundial del Yoga

El poder liberador del deporte y el yoga para los refugiados en Grecia

Hubo un día en que corrieron huyendo de la violencia en sus países y llegaron a Lesbos. Hoy lo hacen para escapar del encierro, la soledad y la desesperación de vivir refugiados en una tierra a menudo hostil. Practican atletismo y otras disciplinas para avanzar

El equipo de corredores de la ONG Yoga y Deporte con Refugiados pasa junto al muro del antiguo campamento de refugiados de Moria, cerrado después del incendio de 2020.
El equipo de corredores de la ONG Yoga y Deporte con Refugiados pasa junto al muro del antiguo campamento de refugiados de Moria, cerrado después del incendio de 2020.Giacomo Sini

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El suelo es blando, el aire huele a goma y a desinfectante. “Es seguro, por fin el lunes podremos volver a abrir el gimnasio aquí, en Atenas”, exclama Estelle, y una sonrisa ilumina la cara de Alí. “Estupendo. Entonces tenemos que darnos prisa, todo tiene que estar listo”. Inventarios, registros, carnets, hay que conseguir unos armarios y hacer algunos trabajos. Los ojos de Alí parecen decir a los demás “ya está todo hecho, no os preocupéis”, mientras resuelven juntos algunos detalles.

Es la reunión de coordinación de la ONG Yoga y Deporte con Refugiados, cuya actividad es exactamente lo que su nombre indica. El proyecto empezó en Lesbos a finales de 2017 y estuvo activo hasta septiembre de 2020 también en Atenas. Alí, Sohaila y Aref, refugiados de origen afgano, son los encargados de las actividades en la capital griega. Nina, una joven holandesa de 26 años, llegó como entrenadora de corredores y ahora está al frente de la asociación junto con su fundadora, Estelle, de 29 y natural de Francia. Las dos jóvenes viven en Lesbos y solo van a Atenas para las reuniones periódicas de coordinación. Con el tiempo, miles de personas que llegaron a Europa en busca de una vida mejor a través de la trágicamente famosa ruta de Lesbos, han participado en los cursos gratuitos de más de 25 disciplinas diferentes.

Alí, de 25 años, es el coordinador logístico en Atenas, y reorganizó el gimnasio en la ciudad. “Me encanta el deporte”, dice mirando al frente con expresión serena. “Empecé a hacer culturismo cuando tenía 15 años, en Irán. A pesar de las dificultades en Turquía y en Lesbos, siempre continué”. El joven refugiado consiguió volver a poner en funcionamiento el equipo y las máquinas de entrenamiento sin coste alguno, e incluso durante el confinamiento siguió entrenando con un grupo de amigos entusiastas del culturismo.

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Las grandes avenidas del céntrico parque Pedion Areos están llenas de gente. En ellas ha sido donde han seguido los entrenamientos de K1/kickboxing, yoga, taekwondo, parkour, kung-fu y zumba incluso en el periodo de restricciones. Aref lo combina todo, y además de la delicada tarea de buscar y elegir instructores, también es el coordinador de programación. Tiene 19 años, llegó de Afganistán y es entrenador de taekwondo. Durante el entrenamiento, las patadas de sus alumnos impactan en el blanco con precisión a pocos centímetros de su cara. A algunos no se les da tan bien, pero Aref explica cada ejercicio con paciencia y sigue a todos con atención. Dice que ahora las competiciones se han interrumpido, “pero con la reapertura, podremos competir con otros equipos griegos”.

Cuatro veces por semana, Hamid reúne a unas 30 chicas y chicos. Como entrenador, es duro y estricto, pero transmite una gran energía. Tiene 30 años y llegó desde Afganistán, aunque nació y creció en Irán, donde empezó a practicar kickboxing a los 10 años. Desde entonces no ha dejado de combatir y participar en algunas competiciones internacionales. “Incluso con las dificultades de los últimos dos años, siempre he seguido entrenando y enseñando. Entre Lesbos y Atenas creamos un equipo de kickboxing llamado Team Energy que se entrena a la vez en dos lugares diferentes. Vine a Europa para combatir a nivel profesional”. Y remacha: “El deporte es mi vida”.

Gracias al apoyo económico que recibe de Yoga y Deportes con Refugiados por sus actividades en la asociación, Sohaila puede pagar una habitación en Atenas. Normalmente, su familia también vive allí, pero como tienen que volver a solicitar sus documentos, ahora se ven obligados a vivir en el campamento de Malsaka, situado en una zona aislada, a 40 kilómetros de la capital. Sohaila los visita a menudo. El viaje en tren dura casi una hora. Actualmente, el Gobierno griego está construyendo un gran muro de hormigón alrededor del campamento. “Es una situación terrible”, afirma la madre de Sohaila mientras vierte agua en la tetera para preparar el té para los invitados. Su tienda está instalada dentro de lo que antes era el gimnasio del campamento. Ahora hay muchas docenas de tiendas y ya no queda sitio.

En un remoto rincón del parque Pedion Areos, Ehsan da clases de kung-fu. Entre sus alumnos se encuentra Aresh, un afgano de 17 años que lleva cinco en Grecia esperando para reunirse con su familia en Alemania. “Cuando tengo tiempo libre, hago kung-fu. Ehsan es un profesor estupendo y, sobre todo, un gran amigo”. Aresh se venda las manos y se pone los guantes amarillos. “No existen ‘los refugiados y los otros’. Todos somos personas”, dice mientras ajusta el cierre de su guante izquierdo. Le toca combatir con el entrenador y en el centro del cuadrilátero esquiva y golpea con fuerza y precisión.

En el estadio de atletismo Zografon, los corredores se entrenan. El preparador es Morteza, un joven de 19 años procedente de Afganistán que empezó a correr en Lesbos. “Ya he ganado competiciones en Grecia”, afirma. Morteza apunta alto y sus sesiones de entrenamiento son exigentes, pero equilibradas. Tras 20 kilómetros en la pista, vuelve corriendo a casa con Nina por la avenida Alexandros mientras se pone el sol.

Los 8,9 kilómetros que separan Turquía de Skala Skimaneas, en el norte de la isla, pueden durar una vida

En Lesbos, todos están pendientes de la pantalla para seguir los combates de Majid y Hamid en el Gran Premio de Muay Thai de Atenas. Durante el descanso entre encuentros se sirve pasta y vegetales al horno. La tensión es máxima. Ambos dan los mejor de sí mismos, pero los dos pierden. En medio del desánimo general, Nasrullah intenta levantar la moral: “Es parte del combate: se gana o se pierde. La próxima vez ganaremos”. Mahdi arranca un sonoro aplauso. Es el Team Energy de Lesbos, que entrena cada día bajo el carismático liderazgo de Mahdi, un joven de 28 años procedente de Afganistán. Aparte de los entrenamientos, los miembros del equipo pasan mucho tiempo juntos. Ahora se acerca el verano y a última hora de la tarde van todos a la playa.

El agua es transparente como el cristal y en el muelle los jóvenes bromean, se ríen y hacen competiciones de buceo, aunque muchos no saben nadar. Su relación con el mar es tormentosa. Llegaron a la isla de noche, en embarcaciones precarias y bajo la constante amenaza de las patrulleras griegas y de Frontex. Los 8,9 kilómetros que separan Turquía de Skala Skimaneas, en el norte de la isla, pueden durar una vida. El mar también bordea en parte el único campamento ocupado actualmente en Lesbos, llamado Mavrovouni, pero conocido como Moria 2.0 debido a las condiciones inhumanas en las que viven sus habitantes. En ese sector no hay alambre de espino; solamente el mar y Turquía, de donde llegaron todos los ocupantes de las instalaciones, atrapados al borde del abismo.

Las clases de yoga tienen lugar al final de la jornada y están abiertas a todos

En un callejón entre otras barracas y cerca del campo se encuentra el gimnasio Yoga y Deporte. “A menudo hay que insistir para poder salir del campamento unas cuantas horas y cuando llegas al centro de Mitilene, la policía siempre te registra”, se queja Nabiullah, que ha trabajado unas cuantas semanas como voluntario y resalta lo importante que es reunirse con otras personas “para no volverse loco”. Nabiullah pasa la mayor parte del tiempo en el gimnasio. A este joven afgano le gusta escalar, boxear de vez en cuando y, sobre todo, correr con otros al mismo tiempo que se ocupa de mantener el gimnasio en orden. “Decidimos no trabajar en el campamento porque hacer actividades fuera permite a la gente salir de ese lugar y de sus dinámicas”, argumenta Nina. “Al principio solo teníamos una tienda”, añade Estelle. “Luego encontramos este almacén. Las paredes estaban totalmente negras por el humo. Trabajamos mucho para convertirlo en un gimnasio”.

A las 8.30 de la mañana, el centro deportivo ya está abierto. Aziz, de 24 años y natural de Congo, es el entrenador de culturismo. Veteranos afganos y jóvenes congoleños se alternan en las barras, los bancos y las máquinas de entrenamiento. Cada uno realiza su propio programa de ejercicios. Aziz observa tranquilamente la sala, da consejos y comprueba que todo funcione bien.

Las clases de yoga tienen lugar al final de la jornada y están abiertas a todos. “El yoga no está muy extendido en Afganistán”, dice Zakhi. “Cuando llegué al campamento, estaba enfermo y había perdido las ganas de todo. Entonces fui a una clase y encontré la serenidad. Por eso enseño yoga, porque creo que puede ser bueno para cualquiera, especialmente aquí”. Zakhi, de 20 años, y Yadullah, de 23, ambos afganos, se turnan en el gimnasio como profesores de yoga con certificado. Los dos comparten la casa en la que viven en Mitilene con Aziz y otros entrenadores.

Zahkhi y Yadullah también participan junto con Masume, Abbas y Mohammad, todos afganos, en el grupo de teatro que han montado en Lesbos. Cada día, el equipo de corredores ofrece sesiones de entrenamiento y rutas diferentes a través de las montañas y los pueblos, cerca del campamento de Moria, junto al mar, y de vuelta al gimnasio. Cubiertas por el perfil del monte, las tiendas de campo de Mavrovouni ya no son visibles y, por un momento, el campamento parece quedar lejos.

En el aire seco lleno de los aromas de la vegetación y bajo el sol que cae con fuerza, correr sobre las piedras de las laderas se vuelve más difícil. Pero se corre en grupo y no se deja a nadie atrás; los más rápidos retroceden para animar a los que se cansan. Corriendo juntos se puede pensar que es posible alejarse de los problemas, todas las metas parecen alcanzables, incluso la de un mundo sin fronteras.

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