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Tribuna
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COP28, el pesimismo es para los buenos tiempos

Las conclusiones de la cumbre del clima son claramente insuficientes. No basta con “transitar hacia el fin” de los combustibles fósiles. Hay que eliminarlos de forma rotunda y rápida

Acuerdo COP28 Dubái
Un activista pide el fin de los combustibles fósiles en la COP28.THAIER AL-SUDANI (REUTERS)
Cristina Monge

La Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas contra el Cambio Climático se ha cerrado, una vez más, con acuerdo, y no un acuerdo cualquiera. No era fácil. Se trataba, nada menos, que de tomar nota del balance de lo conseguido en materia de reducción de emisiones tras el Acuerdo de París, constatar que es claramente insuficiente para no sobrepasar el incremento de 1,5ºC, y, por primera vez, abrir la puerta al gran desafío: la desaparición de los combustibles fósiles, es decir, el carbón, el gas y el petróleo. La dimensión del reto es proporcional a la dificultad para conseguir el acuerdo.

¿Se puede considerar suficiente esa expresión, largamente negociada de “transitar hacia el fin” en lugar de “abandonar” los combustibles fósiles? Claramente no. La ciencia muestra que hay que eliminarlos de forma rotunda y rápida, mientras las consecuencias de no hacerlo se acumulan ya por todo el planeta golpeando más a los más pobres, e incluso en la parte rica del mundo empezamos a intuir que todo está cambiando ya y lo seguirá haciendo a marchas forzadas. Por eso precisamente no es momento de dar por ganada la batalla, pero tampoco de despreciar los acuerdos alcanzados. El pesimismo, para los buenos tiempos.

Casi 200 Estados se han dado cita y han conseguido acordar, en el tiempo de descuento como es habitual en todas las COP, un acuerdo donde se menciona de manera expresa la necesidad de dejar atrás los combustibles fósiles. Importante novedad. Se intentó esto mismo en la Cumbre de Glasgow en 2021 y no se consiguió. Dos años después, y en un escenario especialmente difícil por lo que supone celebrar la cumbre en Dubai y bajo la presidencia del director de la petrolera pública del país, en la declaración final se alude explícitamente a este objetivo, a la par que se opta por triplicar la capacidad mundial de energía renovable y duplicar la eficiencia energética. A esto hay que añadir otros acuerdos de primer nivel como la creación del fondo de pérdidas y daños para ayudar a los países más vulnerables.

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Al igual que ha ocurrido en otras COP, el acuerdo deja muchos aspectos indeterminados, carece de compromisos con plazos concretos, y deja puertas abiertas para que quien quiera pueda dilatar el cambio con una alusión a la “neutralidad tecnológica” que deja un resquicio a los “combustibles fósiles de bajas emisiones”. Sin embargo, el mensaje que manda, como se ha señalado desde el secretariado de Naciones Unidas, es nítido: es el inicio del fin de los combustibles fósiles. A partir de aquí, y como no puede ser de otra manera al carecer de otros marcos de gobernanza global, cada Estado, o entidades como la Unión Europea, serán los que concreten el grado de compromiso y ambición. Las COP marcan el camino, pero son los Estados los que deben transitar por él. El multilateralismo es a día de hoy el único escenario posible para la consecución de acuerdos complejos que requieren cambios profundos de todo el modelo económico en la medida en que consigue integrar a todos los países en un desafío común. ¿Por qué, si no, los productores de petróleo iban a firmar esta declaración? Ni Dubai puede permitirse cerrar una cumbre como esta, con la ciencia acumulando evidencias, la sociedad civil movilizándose y el sector financiero huyendo de las inversiones de riesgo, sin acuerdo.

Por otro lado, no hay que olvidar que pese a las dificultades que suponía que la cumbre se celebrara en una de las zonas de mayor producción petrolera como son los Emiratos Árabes Unidos, la reunión ha vuelto a congregar a personas expertas en las más diversidad disciplinas, a empresas de todos los sectores, a organizaciones de la sociedad civil, y a medios de comunicación de todo el planeta, que mostraban que el mundo estaba vigilante. No siempre fue así. Con el paso de los años, la agenda climática se ha convertido en una de las más participadas dentro del sistema de Naciones Unidas. A falta de una auténtica gobernanza global, esto es lo más parecido a un foro de encuentro, debate y visibilización tanto de las consecuencias de la crisis climática como de los posibles caminos de la transición ecológica, así como de presión social. Todo un ejercicio de innovación política, imperfecto, inacabado y limitado, pero lo más parecido a lo que se necesitaría.

Finalmente, como sucede tras cada una de las COP, estos días oiremos alabanzas al acuerdo de quien ve la botella media llena y críticas de quien la ve medio vacía. Unos y otros tendrán parte de razón, y esa propia tensión ayudará a avanzar. Quizá, conscientes de la dimensión del reto, sea más oportuno preguntarse si la botella se está llenando o si se está vaciando. La respuesta salta a la vista. Más despacio de lo que sería imprescindible, y con menos responsabilidad de lo que la situación requiere, pero la botella, definitivamente, se está llenando.

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Sobre la firma

Cristina Monge
Imparte clases de sociología en la Universidad de Zaragoza e investiga los retos de la calidad de la democracia y la gobernanza para la transición ecológica. Analista política en EL PAÍS, es autora, entre otros, de 15M: Un movimiento político para democratizar la sociedad y co-editora de la colección “Más cultura política, más democracia”.
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