Tribuna
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Reflexiones para antes, durante y después de la pandemia de la covid

Hay que subrayar la necesidad de reforzar las políticas sanitarias que más han sufrido el rigor de los recortes: las políticas globales de salud pública

Varias personas hacían cola en noviembre de 2021 para recibir la vacuna de la covid-19 en un hospital público en Narok (Kenia).
Varias personas hacían cola en noviembre de 2021 para recibir la vacuna de la covid-19 en un hospital público en Narok (Kenia).BAZ RATNER (REUTERS)

Sucedió. En pleno siglo XXI, un nuevo microorganismo se expandió por todo el mundo dando lugar a una pandemia y refrescándonos una idea que nunca deberíamos olvidar: “Frente a las enfermedades transmisibles no se puede bajar la guardia”. Sin embargo, la bajamos, y mucho. Los países avanzados, desde su apabullante petulancia y el altar de su desarrollo, pensaron que este se convertiría en una armadura sólida frente al problema, obviando que en un mundo globalizado resulta casi imposible. Además, nos olvidamos del gran caldo de cultivo que hemos creado como base para la explosión de problemas de este tipo en forma pandémica: el calentamiento global, que modifica nuestra ecología y, por tanto, el nicho ecológico de los microorganismos, y la pobreza, la cada vez más insoportable diferencia entre países ricos y países pobres. La pobreza y todo lo que la rodea —hacinamiento, malnutrición...— es un factor facilitante de la transmisión. Y un aspecto clave: ¿somos conscientes de que la mayoría de las últimas crisis sanitarias son zoonosis, es decir, enfermedades de los animales que pasan al hombre? Por ejemplo, las vacas locas, el ébola, la covid o la viruela del mono. ¿Entenderemos la importancia del concepto One Health, Una Salud, que la OMS repite con insistencia en los últimos tiempos? ¿Comprenderemos la importancia que tiene trabajar por la salud animal, la ambiental y la humana, todo en el mismo paquete?

Además, esta crisis pandémica nos situó en la agenda un aspecto clave: cómo introducir en sanidad aquellas innovaciones que ofrecen un valor terapéutico añadido, que son capaces de tener un impacto positivo en la salud de la ciudadanía y que, al mismo tiempo, garantizan la sostenibilidad de los sistemas de salud. En esta idea, las políticas de salud pública se presentan como una de las intervenciones más coste-efectivas que existen. Y en este contexto parece conveniente subrayar la necesidad de reforzar las políticas sanitarias que más han sufrido el rigor de los recortes: las políticas globales de salud pública

Por otro lado, la forma en que enfocamos cómo actuar frente a este tipo de problemas en los países en vías de desarrollo necesita de una sacudida urgente. Resulta tremendo que no veamos que, por ejemplo, la viruela del mono ya daba lugar a casos en determinadas zonas de África. ¿Nos preocupaba cuando estaba allí?; ¿hablábamos de vacunar allí? Parece que el problema comienza a generar temor cuando es la piel blanca la que resulta afectada, cuando la enfermedad pasa de una calle polvorienta mal asfaltada de África a una calle bien asfaltada de un gran avenida europea o americana, del Norte, desde luego. Y esto, además de ser profundamente injusto, supone una soberana memez. ¿De verdad alguien piensa que en un mundo globalizado, determinados problemas de salud transmisibles pueden quedar confinados a determinados ámbitos geográficos?

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Y en relación a la covid deberíamos recordar que si se quedan espacios geográficos sin posibilidad de vacunar, allí seguirá circulando el virus, habrá nuevos casos y, por tanto, la posibilidad de nuevas mutaciones y de que aparezcan nuevas variantes. Se trata de una pandemia, es decir, un problema global que requiere respuestas globales y no solamente recetas locales. El problema no solo hay que solucionarlo en España, Reino Unido, Francia o Canadá, sino también en Uganda o Camerún. Porque o salimos todos o no salimos ninguno.

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