Columna
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El año D para la Amazonia

En 2022, el último del Gobierno de Bolsonaro, el tamaño de la destrucción de la selva dependerá en gran medida de los europeos y de Europa

Una imagen aérea muestra un árbol solitario en una zona deforestada cerca de Porto Velho, Rondonia, en agosto del año pasado.
Una imagen aérea muestra un árbol solitario en una zona deforestada cerca de Porto Velho, Rondonia, en agosto del año pasado.UESLEI MARCELINO (Reuters)

Tras dos años de pandemia y con una nueva variante del coronavirus atravesando el planeta, me gustaría escribir que las señales apuntan a un año nuevo mejor. Pero todos los datos apuntan a que 2022 podría ser el peor año de la historia reciente para la selva amazónica. Y el peor año para la Amazonia es un año peor para el mundo. No se trata de pesimismo u optimismo, esas dos claves hoy giran en falso. Con la emergencia climática y la sexta extinción masiva de especies en marcha, estamos en otro tipo de guerra mundial, y para esta no habrá reconstrucción posible, como la hubo después de 1945. Los soportes vitales de la Tierra, como las selvas tropicales, no pueden recuperarse a partir de un determinado punto de destrucción. El 2022 podría ser el año D para la Amazonia. Y el resultado dependerá en gran parte de la presión que los europeos hagan a sus parlamentos y a la Unión Europea.

Los sondeos más recientes muestran que, en las elecciones brasileñas de 2022, Lula da Silva vencerá a Jair Bolsonaro en cualquier escenario. Es evidente que hay mucho terreno por delante y que la derrota del ultraderechista que busca la reelección no está garantizada. También es obvio que intentará ampliar el golpe en su último año de mandato, pero cada vez tiene menos soporte. La única certeza de su base de apoyo —los grileiros (ladrones de tierras públicas), los madereros y los mineros ilegales— es que 2022 es el último año en que tienen asegurado el saqueo libre de la Amazonia.

Acabo de regresar de una expedición a la selva profunda y la devastación es aterradora. En algunos casos, como Bolsonaro ha mermado los controles y ha estimulado a los destructores, los pueblos de la selva han pasado a trabajar para sus enemigos, corrompiéndose. Las comunidades y los líderes que resisten están amenazados de muerte. Las empresas transnacionales aumentan la presión para establecerse, aprovechando que hay barra libre. El año terminará con la selva en derrumbe.

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Una de las pocas posibilidades de revertir o al menos limitar la destrucción es presionar a los dueños del dinero. La presión tiene que ser inédita: mucho mayor y más fuerte de lo que ha sido hasta ahora. Cualquier negociación con Brasil y con empresas brasileñas o que operen en Brasil debe estar directamente condicionada a la conservación comprobada de la selva. Es inaceptable que se firme el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur mientras Bolsonaro sea presidente. Cualquier paso en este sentido será un golpe fatal a la selva y a sus pueblos. La presión de cada ciudadano cuenta. Brindemos en Nochevieja por estar vivos a pesar de todo, y, al día siguiente, estemos todos en pie para la lucha mayor: garantizar que nuestros hijos tengan una casa-planeta en la que vivir.

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