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Telecinco Año Cero

El canal nos ha ofrecido este año la cara B de todo lo que nos había contado en los últimos 25 años

Rocío Carrasco entra en Telecinco para hacer la última entrevista de su docuserie.
Rocío Carrasco entra en Telecinco para hacer la última entrevista de su docuserie.Francisco Guerra / Europa Press

Relatar un programa de Telecinco es como contarle a alguien un sueño. El sinsentido de todo lo que acontece en la pantalla ha terminado creando la base para ilimitadas historias de traición, desamor, mentira y venganza. Esta primavera nos ha ofrecido una cara B de todo lo que nos ha contado durante los últimos veinticinco años. Dos décadas y media en las que un ex Guardia Civil ha vivido de hablar (mal) de la familia gracias a la cual sabemos de su existencia. Ese antiguo miembro de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado es una rama más de los dos árboles que alimentan la totalidad de la parrilla de Telecinco: árbol Jurado y árbol Pantoja.

Telecinco es pura autoficción, y su barroco planteamiento sólo tiene un gemelo en nuestro mundo: los tebeos de superhéroes. No importa que usted haya leído alguna vez Spiderman o Superman, porque conoce su origen, su lugar de residencia, puede que hasta le suenen Jor-El, Tía May o Gwen Stacy. Con semejante impregnación en la memoria colectiva es normal que se pueda vender un producto que hace no tanto era considerado para un sector concreto (los niños y las marujas) sólo hacía falta una percha de actualidad. El mundo necesita héroes, ¿no? Y también necesita villanos.

En un escenario de agotamiento de formatos, Telecinco ha creado un equivalente a la Crisis en Tierras Infinitas de D. C. Comics. Si no saben lo que es, seré breve: un borrón y cuenta nueva. Personajes de Gran Hermano en La isla de las tentaciones, parejas a las que sólo puedes seguir si tienes redes sociales o si visitas un local llamado La posada de las ánimas. Dieciocho ediciones de Gran Hermano, veinte de Supervivientes, tres de La casa fuerte y 2.416 programas de MYHYV. La búsqueda de personajes estridentes, trastornados y carismáticos ha cesado para poner en primer plano a la hija famosa de una cantante célebre. No, no son sinónimos. Célebre era Rocío Jurado; famosa es Rocío Carrasco. La historia ya la conocemos y desde antes de que se emitiera el primer capítulo ya teníamos todos un veredicto acorde con nuestras ideas y experiencias. La revolución no es el tema abordado, ni siquiera el personaje. La audacia está en el formato…

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Shoah es el documental más largo de la historia. En él, Claude Lanzmann visita Treblinka para entrevistarse con víctimas, supervivientes, testigos y victimarios de campos de los de concentración de Chelmno, Treblinka, Auschwitz, Vilma... Lo hace con escasez de planos sostenidos hasta la incomodidad. Él formula preguntas en francés, y una traductora las recita en polaco; escuchamos la respuesta en polaco y luego una traducción resumida al francés. Somos testigos de una verdad incómoda, dolorosa, y también de una intimidad. Lanzmann no es ni Michael Moore ni su sombra hispana, Évole. Lanzmann apenas aparece durante esas diez horas a las que podemos sumar los documentales que vienen después. Casi medio día para narrar la inhumanidad de un genocidio. Y he aquí lo que me sorprende: el producto sobre Rocío Carrasco consta de sesenta horas de grabación de las cuales hemos visto cuatro horas y media con dos debates por capítulo, más las visitas al set de algunos implicados. La puesta en escena es paupérrima: una cabecera calco de la saga Millenium, y cinco planos, cinco, de Rocío Carrasco, de los que sólo se usan continuamente tres. Los dos restantes son para resituar al espectador tras los anuncios. Y entre medias, planos recurso de lugares como la casa cuartel de Argentona o el colegio interno en el que Rociíto hizo COU (un erial a las afueras de Madrid conocido coloquialmente como El Pino-Meco)… No es cuestión. Telecinco ha pagado a alguien para que vaya con una cámara a hacer un único plano fijo de un lugar en el que no está sucediendo ni sucederá ya nada de interés. Un profesional para grabar un solo plano fijo. Y fuera del propio documental, una presentadora advenediza llamada Carlota introduce cada capítulo con un tour de force de lógica contraintuitiva que recuerda a Rod Serling presentando la mítica Twilight Zone. Para cerrar, y ya en horas bajas, el debate se nutre de colaboradores de Sálvame, psicólogos e influencers de frases de azucarillo, y se invita a abandonar el plató a todo el que le tosa a Carlota. Sin olvidar por supuesto a Irene Montero emitiendo un veredicto que no pronunciaría de ser la maltratada, por ejemplo, Tamara Seisdedos. Y después, el enfrentamiento cainita entre gente a la que en realidad ni nos va ni nos viene el drama de los Carrasco-Flores, pero que nos peleamos porque negar el maltrato a Rocío Carrasco es negar el maltrato, y apoyarla es dar a entender que todos los hombres son maltratadores. Lo que nos enfrenta no es la vivencia de Rociíto, sino la versión de la historia que escojamos.

¿Cómo y en qué realidad es posible que un programa así aguante casi tres meses siendo líder de audiencia compitiendo con la primera pandemia en cien años? Hay muchas causas, pero la principal es que han tenido veinticinco años para publicitar este evento. Telecinco necesitaba su propio Crisis en Tierras Infinitas, y necesitaba su propia superviviente de Treblinka. Aquí tienen a Rocío Carrasco. Aquí tienen a los nuevos villanos. Y aquí tienen a los nuevos héroes. Así será hasta que cambien los tiempos y con ellos el relato. Pero no esperen silencios entre una palabra y la siguiente, porque eso dejaría tiempo para pensar, y pensar es peligrosísimo.

Jimina Sabadú es escritora y directora de cine.

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