Columna
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No vivirás peor que tus padres

Puede que no lleguemos a vivir tan bien como esperábamos pero eso es algo muy distinto a vivir peor

Un padre lleva a sus hijas al colegio, en Madrid.
Un padre lleva a sus hijas al colegio, en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ

A menos que el mantra repetido hasta la saciedad sea una profecía autocumplida, no viviremos peor que nuestros padres. De hecho ya hemos vivido mucho mejor que ellos: su esfuerzo y sacrificio nos han permitido escapar a la infancia en la miseria que ellos tuvieron. Gracias a ellos hemos disfrutado de una educación impensable en el pasado si no se pertenecía a una familia con posibles. Puede que no lleguemos a vivir tan bien como esperábamos pero eso es algo muy distinto a vivir peor. Ni tuvieron hijos en las mejores condiciones ni su vida fue un camino de rosas. Además, el futuro no está escrito, no es ningún tópico afirmar que depende de nosotros. Por lo menos si hay una mínima convicción de que vivimos en un orden democrático, no podemos resignarnos. La esperanza puede parecer ingenua pero no nos queda otra si no queremos renunciar a decidir por nosotros mismos qué presente queremos, qué otras condiciones de vida necesitamos.

Yo, como tantos hijos de la clase trabajadora, no voy a vivir peor que mi padre, que se dejó la espalda en la obra cargando sacos diez horas al día. Las mujeres de hoy, por muy mal que nos vayan las cosas, no viviremos peor que las mujeres de ayer: podemos votar, abrir una cuenta corriente sin permiso de nadie, estudiar una carrera, trabajar, decidir si tenemos hijos o no, denunciar a nuestros maltratadores sin que nos pregunten en comisaría qué hemos hecho para que nos peguen. Solo la falta de memoria puede hacernos creer que ellas vivieron un mundo feliz de maternidades sosegadas y un hogar con aroma a magdalenas recién horneadas. Solo el adanismo imperante y el ombliguismo generacional pueden instalarnos en la queja inmovilista y estéril.

La precarización del mundo laboral, el paro y los salarios vergonzosos son unos hechos que nos afectan de forma directa pero no son ni una maldición bíblica ni un destino fatal. Son el resultado de decisiones políticas concretas que se han venido tomando en las últimas décadas: desmovilización sindical, reformas laborales que han supuesto recortes de derechos y externalización de servicios que convierten en trabajos basura incluso los que se generan desde lo público. No, no nos conformemos, no nos resignemos y pidamos que nos devuelvan lo que a las generaciones anteriores les costó sudor y lágrimas y una vida entera de lucha. Esa es nuestra herencia legítima y no el desánimo.

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