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Por qué lloras, Gay Talese

No es la primera vez que un intelectual consagrado aparece en la portada de un medio de comunicación importante quejándose de que no tiene sitio

Gay Talese, en una imagen de archivo.
Gay Talese, en una imagen de archivo.MASSIMILIANO MINOCRI

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Magnífica entrevista en Abc a Gay Talese, y admirable la decisión del periódico de dedicarle su portada, con el titular Hoy no podría escribir una palabra en prensa. No me publicarían, y tres páginas interiores (en donde más que a la prensa, parece que se refiere a The New York Times). No es la primera vez que un intelectual consagrado aparece en la primera página de un medio de comunicación importante quejándose de que no tiene sitio. Acto seguido suelen arremeter contra el victimismo y la piel fina de los jóvenes, y en cuanto reciben un tuit entran como un elefante en una cacharrería en la CNN para contar que un chico de Móstoles les acaba de cancelar.

Hay algo común en quienes se quejan de la corrección política y sus consecuencias: 1) tienen voz en los medios más importantes y esos medios generalmente los promocionan porque sus opiniones dan muchos clicks, 2) escriben más sobre los peligros de ser cancelados que cosas susceptibles de cancelación y 3) tienen razón en que hay un público idiotizado y cada vez más ruidoso, de una moral horror vacui, que en ocasiones puntuales se ha llevado por delante alguna cabeza gloriosa a la que la ha importado un pito la cancelación (Woody Allen) y en otras ha dejado sin trabajo a gente más modesta, como al cómico David Suárez, por un chiste sobre el síndrome de Down (a Suárez le piden un año y ocho meses de cárcel). De la justicia y sus cancelaciones también hay que hablar: Mongolia pagando 40.000 euros a Ortega Cano por una coña, una mujer condenada por sacar en procesión una vagina de plástico o un hombre condenado a pagar 70.000 euros a Irene Montero por un poema machista, sentencia revocada dos años después.

Casos todos ellos no relacionados tanto con la corrección política, que también, como con la empresarial y judicial; es decir, la corrección hegemónica. Esa por la que, cuando en nuestro oficio se dice “la que me va a caer mañana”, se hace pensando en las redes sociales, no en la planta de arriba. La misma corrección por la que, si hay más gente preocupada de ser cancelada en Twitter que de serlo en su empresa, es porque ni se plantean enfadar a los segundos. Hace un año hablaba de estos asuntos con la periodista Guadalupe Bécares en Ethic: que te caiga encima una turba es una experiencia muy desagradable, un asco de experiencia, algo que puede afectar a tu salud mental. En muchas ocasiones esa turba te ataca por planteamientos que comparte el medio en el que los expresas, y eso no es cobardía -todo lo contrario- pero tampoco casualidad.

Lo que no se puede hacer es llorar en según qué sitios. Ni en las televisiones, las radios o los periódicos en los que trabajas o a los que te invitan. Tampoco se llora si eres Gay Talese, ni se llora desde EL PAÍS ni desde su competencia, ni desde cadenas generalistas, ni desde ningún lugar bien pagado y con mucha atención porque va a parecer que necesitas un megáfono para decir que no se te escucha. “Hoy parece que no se puede decir nada”, dice Pablo Motos a sus tres millones diarios de espectadores. Se puede y se debe, como se puede y se debe asumir que haya gente contestando desde lugares que antes no existían, a veces respondiendo sandeces y otras respondiendo, también, a sandeces.


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