EDITORIAL
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Cambio de ciclo en Podemos

La formación debe abandonar el populismo divisivo que caracterizó la ‘era Iglesias’

La nueva líder de Podemos, Ione Belarra, tras ser elegida como secretaria general del partido.
La nueva líder de Podemos, Ione Belarra, tras ser elegida como secretaria general del partido.Ricardo Rubio / Europa Press

El previsible triunfo de Ione Belarra en el proceso para asumir la dirección de Unidas Podemos tras la salida de Pablo Iglesias encarrila la nueva fase de la formación sin su líder fundador. Todas las premisas apuntan a que Belarra representará un factor de continuismo del proyecto, desde hace tiempo en claro declive electoral; pero la bicefalia con Yolanda Díaz como referente de esa área política en el Ejecutivo abre alguna perspectiva dialéctica que puede propiciar la maduración de la misma, algo que sería beneficioso tanto para la formación como para la democracia española.

El encumbramiento de Belarra, con casi un 90% de los votos, tras haber sido apuntalada por el propio Iglesias antes de su salida y en una asamblea exprés y sin debates profundos, ejemplifica una de las múltiples áreas —en este caso la democracia interna y una dialéctica fluida— en la que la formación tiene evidente margen de mejora. La calidad democrática no es simple cuestión de votaciones, sino la vigorosa confrontación de alternativas que puedan tener recorrido en el tiempo. El hiperliderazgo de Iglesias debilitó ese juego al apartar todas las discrepancias internas. Esa pluralidad de voces es algo que Belarra deberá restablecer si quiere hacer gala del Podemos “coral” del que habló tras confirmarse ganadora.

La concentración de poder en la figura de Iglesias es uno de los rasgos que define el balance del líder saliente, y uno de los motivos del desgaste de su inicial apuesta por confluir con fuerzas políticas territoriales. Esa erosión ha cortado en seco la proyección de Podemos en muchas zonas de España, lo que encarna otro reto existencial que tendrá que afrontar Belarra.

La nueva líder hereda una formación que catalizó —aunque no en exclusiva— la importante energía política que se liberó con el 15-M. Iglesias tuvo el mérito de canalizarla institucionalmente, algo positivo. Desafortunadamente, su apuesta por un populismo divisivo ha acabado dañando las instituciones (por ejemplo con la retórica del régimen del 78), alborotando la sociedad (con la indiscriminada crítica a la casta) o agitando el Gobierno de coalición (con mil polémicas estériles, dando la razón a los rusos acerca de los fallos de la democracia española en pleno pulso internacional o tantas otras). Su salida es la inteligente constatación de que su figura restaba más que aportaba a su formación y a la democracia española. Con todo, aunque hay muchos motivos para una firme crítica hacia su gestión, nada justifica el acoso personal que ha vivido. La demonización de su figura política tiene rasgos bochornosos.

Ahora Podemos se enfrenta al desafío de superar ese periodo y funcionar con el modelo de bicefalia, con la probable perspectiva de la candidatura a la presidencia de Yolanda Díaz. Claramente, Díaz representa una mejor opción de camino a la madurez política, como demuestran el menor ruido intragubernamental en esta nueva etapa y, en paralelo, las irresponsables declaraciones de Belarra sobre el deseo de que Carles Puigdemont pueda regresar a España sin ser detenido.

Una fuerza política a la izquierda del PSOE es bienvenida y útil para la democracia española. En el activo de la formación, con Iglesias al mando, queda haber canalizado a la política nuevas energías, fomentado una renovación y el haber facilitado el alumbramiento de algunas de las medidas sociales más ambiciosas y progresistas de nuestra historia. Pero ahora resulta necesario un largo camino de maduración.

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