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40 días que cambiaron a Colombia

El estallido cortó de un tajo los débiles lazos que todavía unían a Duque con el país real y dejó por el piso a un grupo de medios que se dedicó a reproducir el discurso oficial

Una manifestación contra el Gobierno de Iván Duque, el pasado 13 de junio en Cali.
Una manifestación contra el Gobierno de Iván Duque, el pasado 13 de junio en Cali.LUIS ROBAYO / AFP

Entre los sectores colombianos que, de manera irrestricta, apoyan al Gobierno Duque, existe la percepción de que estos últimos 40 días de estallido social no pasan de ser un bochinche más y que con controlar a la plebe es suficiente para que las cosas vuelvan a la normalidad.

Que equivocados están.

Estos 40 días han sido todo menos un episodio pasajero. Lo que acaba de suceder en el país ha removido muchas placas tectónicas y el remezón ha sido telúrico. No hay nada que indique que vamos a volver a la normalidad.

Muchos vasos comunicantes se rompieron en Colombia durante estos últimos 40 días. El estallido cortó de un tajo los débiles lazos que todavía unían a Duque con el país real y dejó por el piso a un grupo de medios que se dedicó a reproducir el discurso oficial.

Esa ruptura convirtió a Duque en el presidente más impopular de la historia de Colombia con un 79% de desaprobación en las encuestas y en el más indolente de todos los que han ocupado la Casa de Nariño.

Los medios tradicionales, que es como en Colombia se conoce a la prensa que ha terminado en manos de los grandes dueños del país, también salieron perdiendo. Una gran parte de ellos -no todos, es cierto- optaron por cubrir el paro como si estuvieran rindiéndole cuentas al poder. Mientras la prensa extranjera y los nuevos medios independientes sacaban historias sobre las movilizaciones masivas y registraban con sorpresa la represión policial, un puñado de la prensa tradicional se puso al servicio de la narrativa “oficial”, estigmatizó la protesta y lanzó un manto de duda sobre la legitimidad de las marchas.

En sus titulares, la gran noticia del paro la constituían los actos vandálicos cometidos por una minoría, invisibilizando el hecho innegable de que la mayoría de las protestas fueron pacíficas y masivas. Buena parte de esos medios enfocaron sus energías en publicar informes sobre el impacto que tenían los bloqueos en la economía y de cómo estos afectaban a los empresarios y a la generación de empleo pero no se indignaron con la brutalidad judicial. Por el contrario varios salieron en defensa de la policía y del Gobierno como si fuera función de los medios defender las instituciones en entredicho. “Para ellos fue más importante la defensa del capital que la defensa de la vida”, me dijo con asombro uno de los líderes de la comuna de Siloé en Cali al cuestionar duramente el papel de ciertos medios que en las protestas informaron como si fueran el portal de la Policía.

En estos 40 días los medios perdieron la confianza de la gente, una que venían construyendo desde el siglo pasado cuando la prensa se convirtió -o mejor, nos convertimos- en la primera línea de la lucha contra el poder corruptor del narcotráfico.

No lo saben, pero la generación que salió a las calles no los lee, no los ve, no los oye y sobre todo, no les cree. Los jóvenes de hoy se informan por otras fuentes distintas a los medios tradicionales. Creen en los portales de la prensa extranjera y en los medios independientes como sucede con el canal 2 de Cali, que durante el paro pasó de 50.000 suscriptores a tener 500.000.

En los puntos de resistencia de ciudades como Cali no solo no son bienvenidos: les tienen prohibida la entrada porque los consideran representantes del “bando enemigo” y los creen incapaces de oír y de escuchar. Allí solo aceptan la entrada de medios y periodistas independientes y de corresponsales de la prensa extranjera, quienes son a su juicio los que mejor han cubierto este estallido social.

Las encuestas también reflejan el mismo descontento con los medios que se siente desde los frentes del paro. En un sondeo que se publicó el 27 de mayo de este año, entre la Universidad del Rosario, el diario El Tiempo y la firma de Cifras y Conceptos los colombianos dijeron que confiaban mucho más en los medios independientes que en los medios tradicionales. Y en el último sondeo de Gallup por primera vez la imagen desfavorable de los medios supera en varios puntos a la favorable.

En mi larga vida de periodista no recuerdo un repudio mayor que este por parte de la ciudadanía; un hecho que debería inquietar no solo a los directores de los medios sino a sus dueños.

En Chile la arrogancia de los grandes medios les costó buena parte de su credibilidad y en el Perú hay un gran debate sobre cuánta confianza perdieron los medios que cubrieron de manera sesgada el debate electoral en favor de la hija de Fujimori.

Lamentablemente no veo ambiente para que ese tipo de reflexiones y de autocríticas se abran paso en Colombia. No son muchos los periodistas que tienen los arrestos para enfrentarse a grupos tan poderosos como el de Sarmiento Angulo o los Gillinsky.

Para ser justos: en Colombia no todos los medios han asumido la defensa del poder como lo han hecho, por ejemplo, Semana o RCN. También es cierto que todavía hay muchos periodistas que admiro dando la pelea en los grandes medios, pero la verdad es que a todos nos ha faltado sinceridad para decirnos las verdades en la cara. No hemos cuestionado a los colegas ni a los medios que piensan que la prensa está para defender al status quo, y no para vigilarlo. Ese silencio hoy pesa más que nunca.

Lo malo de los medios no es que sean gobiernistas sino que mientan para afincar aún más sus fidelidades. Eso me lo enseñó Guillermo Cano, el director de El Espectador que fue asesinado por Pablo Escobar.

George Orwell también decía que “la libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír”. Cuando los medios se olvidan de esta máxima y se dedican a publicar solo lo que el poder quiere oír, la libertad de expresión deja de ser lo que es para convertirse en pura propaganda.

En estos 40 días que cambiaron a Colombia los grandes medios pagaron el precio de haberse entregado al poder y el establecimiento se dio cuenta de que si no cambian, los cambian.

Ahí les dejo esa pendejadita.

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