EDITORIAL
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Mujeres y niños

El recrudecimiento de la violencia en España obliga a una reflexión sobre el dominio machista

Concentración en Las Palmas de Gran Canaria en protesta por el asesinato de Olivia, la mayor de las hermanas desaparecidas en Tenerife.
Concentración en Las Palmas de Gran Canaria en protesta por el asesinato de Olivia, la mayor de las hermanas desaparecidas en Tenerife.Quique Curbelo / EFE

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Una cadena de crímenes está convirtiendo esta etapa posterior a las restricciones más duras debidas a la pandemia en una de las más infaustas en materia de violencia de género. Después de un tiempo de mayor contención, que los expertos han atribuido a la capacidad de control que pudieron ejercer los maltratadores sobre sus parejas y que de repente han perdido, una decena de casos ha conmocionado a la sociedad y, con especial crudeza, el registrado en Tenerife con el hallazgo en el fondo del mar, el jueves, del cadáver de una pequeña que había sido secuestrada junto a su hermana por su padre.

Muchos son, desgraciadamente, los hitos en los que se apuntala esta tendencia al alza que han registrado las cifras de la violencia de género en las últimas semanas: el presunto asesinato de Olivia, la pequeña de seis años, y eventualmente de su hermana, Anna, a la que aún buscan los equipos de la Guardia Civil con un robot del Instituto de Oceanografía normalmente destinado a investigación científica, es la máxima expresión de la violencia contra las mujeres al atacar el punto que más daño les va a causar. Olivia y Anna desaparecieron después de que su padre, Tomás Gimeno, advirtiera el 27 de abril a su expareja de que no iba a volverlas a ver. Es la llamada violencia vicaria, una modalidad contra la que las mujeres víctimas tienen escasísima o nula capacidad de prevención.

Desde que este tipo de crímenes se contabilizan dentro del fenómeno de la violencia de género, en 2013, a partir del asesinato de dos pequeños por parte de José Bretón, 41 menores han encontrado la muerte a manos de sus padres o las parejas o exparejas de las madres, incluidas ya estas dos niñas.

Si enero registró una muerta por violencia de género, febrero, dos, al igual que marzo, y abril, tres, mayo y estos primeros días de junio se han convertido en días negros, elevando el total de 2021 a 19. Seis de los asesinatos se produjeron en una misma semana de mayo. Las cifras crecen, por tanto, y exigen una reflexión colectiva sobre la inaceptable cultura del dominio y control de algunos hombres que demasiado a menudo derivan en crímenes; sobre la desprotección en que se hallan los menores cuando los regímenes de visitas en las separaciones se convierten en abrigo de la maldad; sobre la todavía insuficiente capacidad de la sociedad para prevenir y alertar ante situaciones de maltrato; y sobre los errores policiales y judiciales que aún tienen lugar al infravalorarse los peligros que las víctimas en ocasiones denuncian.

La ley contra la violencia de género es un armazón sólido y necesario del que se dotó España en 2004. Pero hay herramientas aún infrautilizadas. El 80% de las víctimas no ha denunciado, en muchas ocasiones por miedo y escasa fe en la justicia. Personas del entorno solo han denunciado en un 2% de los casos. La clave sigue estando en la educación y en la infancia, pero menos de la mitad de los adolescentes han abordado la violencia machista en las aulas (la nueva ley de educación la introduce en el currículo). Las pulseras telemáticas son un buen instrumento en casos de órdenes de alejamiento, pero su uso aún no está generalizado. Los medios y formación de jueces y policías deben reforzarse y la sensibilización debe extenderse desde la escuela, pero el país no logrará evitar nuevos casos si no destierra la cultura de dominio machista que aún pervive en la sociedad.

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