Columna
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Bombardeada

En Gaza no hay normalidad. Civiles desahuciados necesitan protección. Necesitan que, ahondando en los últimos vetos del Gobierno de Sánchez, nuestro país cese de vender armas a Israel

Una mujer llora la muerte de Muhammad Yunus Freijat (15 años), que murió durante los enfrentamientos con el Ejército israelí durante una protesta en la ciudad cisjordana de Hebrón, el pasado 16 de mayo.
Una mujer llora la muerte de Muhammad Yunus Freijat (15 años), que murió durante los enfrentamientos con el Ejército israelí durante una protesta en la ciudad cisjordana de Hebrón, el pasado 16 de mayo.ABED AL HASHLAMOUN / EFE

Israel es el campeón de las vacunaciones. A 12 de mayo, habían logrado, según Our World in Data, administrar una dosis al 60% de la población y el 56,2% de la población ya estaba completamente vacunada. En inmunidad y seguridad aeroportuaria, Israel nos da sopas con honda, expresión que alude a la pericia de David para descalabrar a Goliat. De su seguridad aeroportuaria sé por mi padre y por una amiga. Al primero, que en 1992 fue a visitar los territorios ocupados como cargo público de Izquierda Unida, lo retuvieron 72 horas obligándole a vestirse y desnudarse continuamente. Vaciaron su tubo de pasta de dientes por si escondía explosivos. A los funcionarios les dio igual que fuese concejal y al Gobierno de España tampoco le importó. Debieron de pensar que se lo habían buscado por ir a comprobar sobre el terreno las condiciones terribles en las que se vive en Gaza y Cisjordania. Es como cuando te violan y eres tú la culpable por estar borrachita. A mi amiga, que iba a dar un curso en el Cervantes de Tel Aviv, le estropearon sus bolígrafos ―los bolígrafos son armas mortales en sentido figurado y recto― y la sometieron a un interrogatorio sobre Pragmática, una disciplina políticamente subversiva: estudia los actos de habla en “contexto” atendiendo a una perspectiva cultural e intercultural. Israel no está para interculturalidades; lo relata Anaïs Barbeau-Lavalette en su película Inshallah (2012): la relación entre una doctora voluntaria canadiense, una mujer palestina y una militar israelí no acaba bien.

En Israel casi han vuelto a la normalidad gracias a su medalla de oro vacunal y a no tener que sortear un millón de dólares entre sus individuos vacunados, como sucede en Ohio ―díganme, por favor, que es fake―. Juan Carlos Sanz narra esa normalidad en El País Semanal: levantar pesas en el gimnasio, bailar, rezar al pie del Muro de las Lamentaciones, jugar en la playa, acudir a la ópera o a un partido del Maccabi. Olga y Nathan muestran su pase de vacunación en el móvil. Regresa la normalidad y con ella los bombardeos a Gaza. Pienso, sin filtro satírico, que Israel tiene patente de corso y que, si otro país ejerciese la violencia como la ejercen sus Fuerzas de Defensa, con tal falta de proporcionalidad y mesura, la condena de la comunidad internacional sería unánime. La lectura de Palestina: el hilo de la memoria, de Teresa Aranguren ahonda en los orígenes de un conflicto que ya no se puede llamar así: es una masacre.

Entre la población israelí, pese a los ataques de Hamás, pese a sus propios muertos, hay demócratas, ni antisemitas ni traidores, que expresan su rechazo frente a las actuaciones militares de un Gobierno que prioriza los intereses económicos de las colonias ultraortodoxas frente a la supervivencia y los derechos del pueblo palestino también vulnerados durante el proceso de vacunación: Israel bloqueó el paso de vacunas enviadas a Gaza. Quizá infectarse de covid no preocupe mucho a Najwa Skeikh-Ahmad, mujer de Gaza, bombardeada, que declara para BBC: “En cualquier momento tu casa se puede convertir en tu tumba”. En Gaza no hay normalidad: Loujan, de 11 años, no puede dormir y protege a sus hermanas pequeñas para que no sepan lo que ocurre, según cuenta la madre, Rawan Katari. Civiles desahuciados necesitan protección. Necesitan que, ahondando en los últimos vetos del Gobierno de Sánchez, nuestro país cese de vender armas a Israel. Inshallah.

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