Editorial
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Los frentes de Israel

La actual crisis expone los dañinos efectos de la política encabezada por Netanyahu en múltiples sentidos

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pronuncia un discurso mientras se reúne con la policía fronteriza israelí, en Lod, cerca de Tel Aviv, el pasado 13 de mayo.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pronuncia un discurso mientras se reúne con la policía fronteriza israelí, en Lod, cerca de Tel Aviv, el pasado 13 de mayo.YUVAL CHEN / POOL / EFE

La espiral de violencia en el marco del conflicto israelí-palestino avanza causando un inaceptable sufrimiento de los civiles de ambos lados —especialmente intenso en el caso de la franja de Gaza— y una muy peligrosa metamorfosis de la contienda. En estos momentos, la pugna puede radiografiarse en cuatro frentes de distintas características: el enfrentamiento bélico entre Israel y Hamás; las revueltas en la Cisjordania ocupada; el inquietante estallido de violencia sectaria entre ciudadanos israelíes árabes y judíos; y la dimensión regional, de momento latente, pero volátil.

Los hechos son notorios. En el primer frente, las milicias gazatíes tienen la responsabilidad de haber elevado a nivel bélico la tensión que se iba acumulando, con el intolerable disparo indiscriminado de cohetes contra el territorio israelí. Israel tiene, es evidente, el derecho de defenderse frente a esta inaceptable agresión. Ello no excluye la grave responsabilidad, ex ante, del Gobierno de Benjamín Netanyahu en haber fomentado durante una década la ira palestina con una inaceptable e ilegal política de ocupación y discriminación; y, ex post, la responsabilidad de responder de forma proporcionada al ataque sufrido. Ya en el pasado las fuerzas israelíes desencadenaron acciones que provocaron un daño desproporcionado a los civiles de Gaza. Esta vez, parece ir por el mismo camino, con decenas de niños y mujeres fallecidos.

El segundo frente, el estallido de revueltas en los territorios ocupados de Cisjordania, difícilmente puede sorprender. Décadas de colonización y asfixiante control han alimentado un estado de ánimo inflamable. Lo que sí es novedoso y especialmente inquietante es el tercer frente: la violencia sectaria entre ciudadanos israelíes, el estallido de la frustración de la minoría árabe del país, un 20% de la población. Este malestar también ha sido irresponsablemente abonado por las políticas de Netanyahu, en especial con la desafortunada ley que define Israel como el “Estado Nación del pueblo judío”, reserva el derecho a la autodeterminación a este colectivo y establece que el hebreo sea la única lengua oficial. Una norma, pues, que sitúa como ciudadanos de segunda a los árabes israelíes.

El último frente, el regional, está de momento latente. Pero la actual crisis evidencia la, cuando menos, frágil naturaleza de la nueva era de relaciones que sostenía haber fomentado Trump en la región. Israel es una democracia rodeada por actores hostiles que no responden a estándares democráticos; tiene todo el derecho a vivir en seguridad y defenderse. Esta crisis debería sin embargo invitarle a reflexionar sobre si sus políticas, en vez de proporcionarle seguridad, han provocado injusto sufrimiento, amenazante rencor y desprestigio internacional.

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