Columna
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El peligro de una guerra que circula en la sangre del pueblo

La violencia entre Israel y Hamás puede desbocarse si unos y otros se arrogan la superioridad moral

El cuerpo de un militante de Hamás es transportado por un grupo de hombres el 13 de mayo.
El cuerpo de un militante de Hamás es transportado por un grupo de hombres el 13 de mayo.Adel Hana / AP

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Los ataques entre el Ejército de Israel y las milicias de Hamás son cada vez más intensos y toda la zona parece estar a punto de estallar. Hay muertos y heridos, y la violencia circula ya por la sangre de cada uno de los palestinos e israelíes como si se tratara de una descarga de corriente eléctrica. Ya no es solo cosa de los militares (por así decirlo), son los propios civiles los que se ven sacudidos por la furia y el odio y por la urgencia de liquidar al otro. Lo que está a punto de precipitarse es lo que se ha llamado una guerra total, esa guerra que se alimenta de la radicalización política, que poco a poco va empapando al cuerpo social entero y que solo conduce al designio de destruir por completo al enemigo.

Hace unos días se cumplieron 200 años de la muerte de Napoleón Bonaparte y se volvieron a recordar las gestas de esa arrolladora personalidad que se embarcó en la tarea de llevar los logros de la Revolución Francesa al resto de Europa, e incluso más allá. Aquel acontecimiento cambió drásticamente el mundo tal como era hasta entonces, cayó el Antiguo Régimen, se impusieron valores como los de libertad, igualdad y fraternidad, un nuevo Código Civil modificó profundamente a las sociedades estableciendo los fundamentos del actual Estado de derecho, ya nada fue igual en las relaciones y costumbres de las gentes. El historiador David A. Bell abordó hace un tiempo en La primera guerra total otra de las transformaciones radicales que se produjeron entonces. Con el afán de alcanzar la paz perpetua, los revolucionarios se impusieron el desafío de destruir a quienes pudieran amenazar sus conquistas. La discusión empezó en la Asamblea de representantes y, más adelante, Robespierre marcó con claridad el camino a seguir señalando que no había que tener ninguna piedad con “los que hacen la guerra a un pueblo para detener los progresos de la libertad y aniquilar los derechos del hombre”. La guerra dejó de ser así un asunto que enfrentaba a distintos ejércitos dirigidos por un puñado de aristócratas para encarnarse en el pueblo, en la nación. Con Napoleón, escribe Bell, “Francia se estaba embarcando en una cruzada por la libertad universal”, el corso “sabía exactamente cómo inculcar a sus soldados este sentido de su propia superioridad moral”.

Lo que iba a significar esa cruzada se había puesto ya antes de manifiesto cuando se rebelaron los campesinos de La Vendée. “Los enemigos de la revolución, ya fuesen vandanos, aristócratas, austriacos o ingleses, eran considerados un mal existencial”, escribe Bell. “Todos eran monstruos inhumanos. Eran bárbaros condenados por el tribunal supremo de la historia por no aceptar las bendiciones de la civilización revolucionaria”. Así que los defensores de esta procedieron con saña. “La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos”, informó el general Westermann al Comité de Salud Pública. “Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y he masacrado a las mujeres que, estas por lo menos, no parirán más bandidos. No tengo ningún prisionero que reprocharme. Los he exterminado a todos”.

La guerra total ha sido el patrón de muchos conflictos que ocurrieron después de la época napoleónica. La violencia desencadenada por Hamás e Israel apunta a esos excesos que se producen cuando son los propios pueblos los que están convencidos de estar en el lado correcto de la historia.

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