Columna
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El fin del chándal

En una especie de ceremonia de desvirgamiento gráfico, Billie Eilish posa para la portada de ‘Vogue’ al cumplir la mayoría de edad ceñida en un asfixiante corsé

Billie Eilish durante un concierto en Miami, en marzo de 2020.
Billie Eilish durante un concierto en Miami, en marzo de 2020.Kevin Mazur / Getty Images

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Las azafatas de Noche de fiesta, las mama chicho o Jesús Gil en un jacuzzi rodeado de mujeres en bañador. Todas tenemos nuestro momento de estupefacción ante la pantalla del televisor, un momento en el que instintivamente nos preguntamos: ¿por qué estas señoras van casi desnudas? ¿Por qué ellas están delgadas, esculpidas con cincel de gimnasio, maquilladas, rectas y ellos se muestran fofos, gordos, calvos y poco agraciados? Repartieron los papeles de la libertad sexual y a nosotras nos tocó la lotería: convertirnos en objetos a merced del deseo masculino. Cuando no es en la crueldad violenta del porno, es en el destape lucrativo, la exhibición como oficio y salida profesional.

Ahora las niñas ven desfilar ante sus ojos a chicas con tanga y tacones en no sé qué isla. Se enfocan sus culos de forma insistente y el que ellos enseñen el torso supone igualdad, nos dicen. Todos van medio desnudos, pero las cámaras se dejan hipnotizar por los traseros de ellas mientras que en ellos prefieren las caras. Las niñas, que llevan sudaderas holgadas y zapatillas deportivas, no entienden lo que están viendo: mamá, ¿por qué estas señoras van con tacones si están en ropa interior?, ¿por qué van en ropa interior al llegar a una casa arrastrando la maleta?, ¿por qué no se compran bragas de su talla que no se les metan todo el rato por el culo?

Las niñas de hoy toleran menos las incomodidades de los artilugios inventados para torturar a media humanidad. Muchas madres les hemos transmitido que es más importante que se sientan a gusto que encajar dentro de una moda absurda. Teníamos a mano un referente maravilloso: Billie Eilish y su valiente resistencia a la cosificación. Hay colecciones enteras inspiradas en sus looks holgados. Por primera vez no se escatimaba la tela empleada en prendas para adolescentes. Pero se acabó, ha llegado el fin del chándal. En una especie de ceremonia de desvirgamiento gráfico, la cantante posa para la portada de Vogue al cumplir la mayoría de edad ceñida en un asfixiante corsé. Afirma que no hay nada de malo en mostrar el cuerpo. ¡Claro que no! El problema es la explotación sistemática de tal exhibición, que resulte imposible escapar a ella y que prevalezca una educación que reproduce hasta la saciedad la cosificación de quienes nacieron hembras. Exhibirse para ser y gustar sigue siendo un valor hegemónico. ¿Cuántas olas feministas hacen falta para acabar con él?

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