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La excusa de la identidad

Como muchas de ellas eran invisibles, para determinados intelectuales no eran molestas. Solo cuando se han vuelto explícitas empieza el problema

Manifestación feminista en Barcelona.
Manifestación feminista en Barcelona.Albert Garcia

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Lo cultural siempre es lo de los otros. En España hay todo un género de columnistas profundamente preocupados por la actual deriva identitaria, sobrecogidos por cómo hemos entrado en un tribalismo que vicia el espacio público. Y, probablemente, haya cambios profundos detrás de este (aparente) reverdecer de las identidades. La desindustrialización, la crisis de los cuerpos intermedios, la emergencia de las redes sociales… Sin duda son aspectos para entender el cambio que se atisba.

Ahora bien, no falta sobreactuación al respecto. Después de todo, la política siempre ha tenido mucho que ver con las identidades y, tal vez, como muchas de ellas eran invisibles, para determinados intelectuales no eran molestas. Solo cuando se han vuelto explícitas empieza el problema. Es obvio que la discriminación de la mujer parece un tema superfluo respecto a lo “material” si uno no la sufre. Y, dejando de lado que la brecha salarial o la violencia de género son bastante materiales, en el fondo revela los incómodos puntos ciegos de muchas visiones del mundo.

Una medida como el matrimonio homosexual puede ser un buen ejemplo de cómo solo mediante la inclusión puede haber justicia. Y es que este derecho va más allá de ser, de la identidad de un colectivo. La población homosexual es una minoría, pero potencialmente todo el mundo puede empatizar con la idea de amar en libertad o algo tan básico como poder visitar, al margen de tu sexo, a tu pareja en el hospital si está enferma. Hay nociones de reconocimiento que conectan con lo cotidiano y que nos hacen una sociedad más saludable.

Los críticos de las políticas de identidad han sido clásicamente conservadores y liberales, los cuales han encontrado en algunos sectores de la izquierda reaccionaria buenos aliados. Suelen ser los mismos que ven más amenaza totalitaria en el lenguaje inclusivo que en un cartel contra los menores no acompañados. Pero, más allá del rasero, por más que acusan a la izquierda de hablar solo de lo identitario, los hechos desnudan la impostura del dilema entre lo material y lo cultural: véase cómo en la práctica hasta los demócratas en EE UU están impugnando el consenso liberal en economía.

Por si fuera poco, decir que la izquierda se ve penalizada al hablar de las otras desigualdades ligadas a “la identidad”, por ser una izquierda brahmán que ignora a sus bases populares, tiene poco sustento empírico. Los partidos socialdemócratas no pierden votantes hacia la extrema derecha, sino hacia partidos a su izquierda y, algo menos, la derecha tradicional. Es más, los más exitosos en las urnas son los que abanderan la protección de estos grupos. Por eso sorprende que algunos sectores sigan sin comprender que no puede haber redistribución sin reconocimiento. A menos, claro está, que todo sea una excusa para no preocuparse de lo primero.

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