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Una democracia ejemplar

El gesto más trascendente para la nueva política exterior de EE UU no ha sido fruto de una decisión presidencial, sino del veredicto del jurado popular que ha juzgado a Chauvin por el asesinato de George Floyd

Un ciudadano frente a la tumba de George Floyd el pasado martes, en Minneapolis (Estados Unidos).
Un ciudadano frente a la tumba de George Floyd el pasado martes, en Minneapolis (Estados Unidos).CARLOS BARRIA / Reuters

El gesto más trascendente para la nueva política exterior de Estados Unidos no ha sido fruto de una decisión presidencial, sino del veredicto del jurado popular que ha juzgado a Derek Chauvin en Minneapolis por el asesinato de George Floyd. En sus 100 días de presidencia han sido numerosos los pasos para enderezar la acción exterior tras el paso devastador de Donald Trump por el Despacho Oval. Ante todo, abundantes señales de amistad hacia los aliados tradicionales, agraviados por los zafios comportamientos y declaraciones del anterior presidente. Washington ha regresado al acuerdo climático de París, reanudado las negociaciones nucleares con Irán y restablecido relaciones con la Autoridad Palestina. Su formidable maquinaria diplomática, gripada durante la presidencia de Trump, funciona ahora a pleno ritmo, de nuevo en la vía multilateral abandonada estos últimos cuatro años.

Ninguno de estos pasos ha tenido el impacto internacional de la declaración de culpabilidad contra el policía Chauvin en apenas unas horas. Y ninguno expresa de forma tan plástica la idea de liderazgo formulada por Joe Biden solo conocerse el resultado de la elección presidencial: si hasta ahora la primera superpotencia había dirigido el mundo por el ejemplo de su poder, ahora se trata de que siga dirigiéndolo por el poder de su ejemplo. Una democracia que deja sin castigo una actuación policial como la que terminó con la vida de Floyd poco tiene que exigir a Mohamed bin Salman, Ali Jamenei, Vladímir Putin o a Xi Jinping en relación a sus desmanes y crímenes contra la oposición y las minorías.

Son enormes los retos exteriores a los que se enfrenta Biden, especialmente frente a Rusia y China, coordinadas y dispuestas a mostrar los dientes en sus confines exteriores y a soltar su puño de hierro dentro de casa contra quienes se oponen o disienten. Y no es lo peor del ascenso chino y del aprovechamiento ruso. Regímenes como el de China o el de Arabia Saudita pretenden convertirse además en insidiosos escaparates de un capitalismo autoritario, tecnológico y eficaz frente a un occidente en declive económico y con sus democracias en crisis.

Ahora Estados Unidos respira. Respiran sus amigos y aliados. El alivio del veredicto es idéntico al alivio de la victoria de Biden. La rodilla criminal de Chauvin es la metáfora de la asfixiante presidencia de Trump. La triple culpabilidad del policía cierra un ciclo de polarización y violencia, que empezó con la muerte de Floyd, se llevó por delante la posibilidad de reelección de Trump y culminó con la reacción de las hordas trumpistas, tratadas con guante blanco por las fuerzas del orden cuando asaltaron el Capitolio. El poder del mal ejemplo, si sirvió algún día, ahora produce el efecto contrario. Ni vence ni convence. La única política exterior posible con tales instrumentos es el aislacionismo y la bunkerización, armas y vallas.

Biden lleva razón. Es el poder del ejemplo democrático el que puede dar autoridad y legitimidad a quien pretende liderar de nuevo a la comunidad internacional.

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