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A quién vas a creer mañana

Lo que creamos no debería importar a nadie ahí fuera, ni tener ningún peso, ni condicionar nada, y sin embargo tiene más importancia que nunca: nuestra fe se contagia

Miguel Bosé durante la entrevista en el programa 'Lo de Évole'.
Miguel Bosé durante la entrevista en el programa 'Lo de Évole'.Atresmedia

En las últimas semanas tres personas han abordado en público asuntos de gravedad diferente. Su relato ha estado rodeado de circunstancias igualmente distintas. Una mujer dijo en televisión que había sido maltratada por su exmarido. Un jugador de fútbol abandonó el campo durante un partido porque dijo que un rival había proferido contra él un insulto racista. Un cantante relató en una entrevista su prolongado consumo de drogas. La primera es una acusación de un delito que concierne a los tribunales. La segunda es competencia del organismo rector del fútbol español. La tercera, si quiere entrar de oficio, será del colegio oficial de camellos de la zona residencial en la que vive el cantante.

O creemos o no creemos estos testimonios. Hemos creído al cantante de forma mayoritaria porque no tenía ninguna razón para mentir: es una confesión que le perjudica, más aún cuando no la utilizó para excusar ningún comportamiento ni reclamar compasión como víctima, algo que se agradece. Sobre los otros dos testimonios ha habido división de opiniones, si bien objetivamente la reacción del futbolista al presunto insulto racista es irracional de haber sido mentira: se va del campo, casi se queda su equipo sin tres puntos por respaldarlo y él es sustituido; de habérselo inventado, sería una invención sin sentido, que no imposible. El organismo rector ha confirmado la existencia del insulto, pero ha matizado que no procede del futbolista acusado por la víctima, sino por otro. “Un sudamericano”, concretamente; el organismo lo preside esa clase de gente que para cerrar un melón, abre cuatro.

“¿Un negro al que llaman negro de mierda? ¿Un hombre maltratando a una mujer? Qué novedad”. Estas reflexiones pesan a la hora de creer o no creer, porque a la hora de creer a alguien pesa todo, como la respiración agitada durante la confesión, su llanto o su rencor, en caso de tenerlo. Siempre ha sido así. Por ejemplo, la mujer que acusa de maltrato ha visto menoscabada su credibilidad por anunciarlo en un programa por el que ha cobrado. ¿Eso significa que miente? No. Puede pensarse que la mujer, mediante otros recursos, podría ganar dinero de la televisión contando otras cosas menos dolorosas de su vida. ¿Eso significa que dice la verdad? No. Hay más, y no es poco: los tribunales no encontraron indicios de delito contra su exmarido cuando ella denunció el maltrato. Eso no significa que no hubiese delito, ni que lo tengamos que creer, sino que lo debemos acatar.

Tenemos derecho a creer y no creer, sobre todo cuando nos lo sirven como espectáculo, pero la verdad no es el resultado de una competición entre unos y otros. Nos pasamos la vida decidiendo entre creer y no creer todo el rato, la mayor parte sobre cosas tan absurdas que las creemos sin más. Si una amiga nos cuenta que su compañera de piso le está robando, tenemos en cuenta que es nuestra amiga, que su compañera de piso ha robado otras veces, que nuestra amiga está nerviosa y llora y la creemos, o la creemos sin tener en cuenta nada, o no la creemos porque es nuestra amiga y la queremos tal y como es, con sus trolas. Así con nuestra familia, con nuestros amigos o con terceros que nos cuentan algo y valoramos si ganan o pierden algo contándolo, por qué acusan y a quién, cómo lo acusan y en qué momento. ¿Las políticas y políticos españoles que dieron por seguro el maltrato lo habrían hecho si el acusado fuese su hijo o su padre? Podemos creer que sí o que no, pero eso no significa nada, como tampoco debería significar nada que ellas hayan creído el testimonio; yo también lo he creído y eso no lo convierte en verdad, ni puedo escribir como si lo fuese.

Lo que creamos no debería importar a nadie ahí fuera, ni tener ningún peso, ni condicionar nada, y sin embargo tiene más importancia que nunca: nuestra fe se contagia. Por eso después hay gente creyendo al primer charlatán que le para por la calle pero no cree en vacunas certificadas y experimentadas en millones de personas, del mismo modo que hay cantantes consumiendo lo que sea, con tal de que sea tóxico, menos lo que se ha analizado y le salva la vida: eso ya sí que no, hasta ahí podíamos llegar.

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