Editorial
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Irlanda y la responsabilidad de Boris Johnson

El primer ministro británico tiene la obligación de frenar la situación de violencia de la última semana

Un grupo de personas atacaba el pasado jueves vehículos policiales en Belfast cerca de uno de los denominados Muros de la Paz.
Un grupo de personas atacaba el pasado jueves vehículos policiales en Belfast cerca de uno de los denominados Muros de la Paz.PAUL FAITH / AFP

La violencia y el vandalismo callejero que se han apropiado durante esta semana de Irlanda del Norte solo tienen unos culpables: los grupos de jóvenes que han arrojado piedras y cócteles molotov a la policía e incendiado autobuses y vehículos y los grupos paramilitares unionistas que han agitado y celebrado los disturbios. Hay, sin embargo, una explicación política en el trasfondo de esta agitación, que retrotrae a los años más duros del conflicto norirlandés.

Boris Johnson era consciente desde el primer minuto de las negociaciones con la UE de que su anhelado Brexit tenía un precio ineludible en forma de doble imposición: Irlanda del Norte no podía ser el coladero del Mercado Interior Comunitario, y a la vez, era impensable volver a levantar una frontera entre las partes británica e irlandesa de la isla, que pondría en peligro la paz alcanzada con el Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Johnson eligió dejar a Irlanda del Norte dentro del espacio de la UE y desentenderse del problema, pero, con su habitual cinismo, aseguró a los partidos unionistas que la integridad del Reino Unido permanecería intacta y nunca habría una frontera entre las dos islas. La realidad es tozuda, y la aplicación del nuevo Acuerdo Comercial firmado entre Londres y Bruselas demostró que el mar de Irlanda era una barrera aduanera real entre Gran Bretaña y el Ulster.

Los partidos unionistas son los principales responsables, junto con Johnson, del actual estado de frustración. Cuando decidieron que merecía la pena un Gobierno autónomo compartido con los republicanos y una Asamblea Autónoma, pensaron más en el reparto de poder que en la responsabilidad que exige hacer política con mayúsculas. Es hora de que Johnson y los principales partidos unionistas dejen de mirar hacia otro lado y jugar con fuego. Deben abandonar toda tolerancia con las fuerzas paramilitares residuales, olvidar el doble lenguaje y explicar a sus ciudadanos que Bruselas nunca modificará el Protocolo de Irlanda, que costó años negociar y resulta clave para defender sus propios intereses. Johnson avivó las llamas. Tiene la responsabilidad de frenar el incendio.


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