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Quién hablará con los viejos machos occidentales

Lo más triste de la soledad de esta clase de varones es que, si empezaran a escuchar lo que otros tienen que decir, llegarían a ser más valiosos de lo que ellos mismos se creen

Michel Houellebecq, tras recibir en 2010 el Premio Goncourt por 'El mapa y el territorio'.
Michel Houellebecq, tras recibir en 2010 el Premio Goncourt por 'El mapa y el territorio'.Foto: Fred Dufour / AFP / Getty Images

Tengo la sospecha de que los hombres blancos mayores de 60 años se sienten cada día más solos. No importa su fama, su poder o su prestigio, se sienten aislados y en consecuencia empiezan a hablar solos. Las mujeres en cambio no dejamos de revisarnos, de dialogar y discutir entre madres, hijas, abuelas, genealogías y generaciones. Pero ¿con quién hablan hoy los viejos machos occidentales? Confieso que cuando leo a algunas de las mejores mentes de esta generación, tengo la impresión de que los tíos, a medida que se hacen mayores, solo quieren escucharse a sí mismos. Entonces me imagino qué pasaría si los intelectuales más listos y poderosos del mundo formaran parte del diálogo que la vida les ofrece. Y comprendo que el mundo sería un lugar mejor. A lo mejor por eso a veces me imagino que sucede, que la conversación entre géneros y generaciones es posible.

Las siguientes conversaciones han sucedido en mi imaginación, pero no son ficticias. Las frases citadas son textuales. Sin embargo, los diálogos, nunca se producirán.

Diálogo número uno

Habla el filósofo francés sesentayochista Pascal Brucknert (72 años) en las páginas de este periódico: “Se me ha tratado de viejo macho occidental. Pues acepto el veredicto. Lo soy. Es una cuádruple discriminación, por la edad, por el color de la piel, por el género y por la procedencia geográfica. Es otro racismo”, explica.

La australiana Hannah Gatsby podría darle respuesta con esta frase desde uno de sus míticos monólogos de Netflix: “Entiendo que es un momento difícil y confuso para vosotros. Todo está cambiando, y lo entiendo. Pero sugiero que aprendáis a superar vuestra actitud defensiva (…) Tenéis que aprender a dejar espacio a vuestro alrededor, aprender a cultivar el sentido del humor, a relajaros, aprender a reír”.

¿Quién no querría seguir escuchando esta conversación?

Diálogo número dos

Michel Houellebecq escribe Serotonina cumplidos los 60 tacos. Sus novelas siempre habían sido provocadoras, pero nunca tan autocomplacientes. “Lo mejor, si me ponía a pensarlo, era su culo, la permanente disponibilidad de su culo en apariencia estrecho, pero en realidad tan tratable, te encontrabas continuamente en la situación de elegir entre los tres orificios, ¿cuántas mujeres pueden decir lo mismo? Y, al mismo tiempo, ¿cómo considerar mujeres a las que no pueden decir lo mismo?”.

Responde Ruoxin Wang, una estudiante china que ha colaborado en la muestra Pasiones mitológicas del museo del Prado y aparece citada en el catálogo por el comisario de la exposición: “Creo que es necesario abordar el hecho de que la historia de Europa trata esencialmente del rapto y la violación de una mujer”.

Me imagino que una mente como la de Houellebecq se frota con el mundo además de contra su propio ego y casi se me saltan las lágrimas al imaginar dónde podría llegar. En todo caso, nadie tiene intención de hablar con Ruoxin Wang sobre su punto de vista. Menos aún ningún viejo intelectual de reconocido prestigio y sobrada testosterona. Hay diálogos que nacen muertos.

Diálogo número tres (póstumo)

François-René de Chateaubriand escribe a finales del siglo XIX una confesión que acaba de publicar la editorial Acantilado. En ella, cumplidos los 60 años, explica a una joven por qué debe rechazarla como amante. “Si fueras mía, sólo tu muerte y la mía podrían alejarme de ti. Te perdonaría si fueras feliz con un ángel. Jamás con un hombre”.

Responde Antonio J. Rodríguez desde su libro, La nueva masculinidad de siempre: “Mientras los hombres no seamos capaces de besar otro falo, el machismo no desaparecerá”.

Me doy cuenta de que la frase de Chateaubriand, muerto hace casi 200 años es más actual que la del joven Antonio J. Rodríguez en la medida en que se entiende mejor por la mayoría. Pienso entonces que las viejas ideas de algunos hombres viejos se conservan muy bien. Y creo que se debe a que llega un momento en que los hombres mayores —y poderosos— empiezan a hablar solos para que nadie les tuerza el juicio. Y si tienen el poder suficiente, cosa que sucede a menudo, su soledad puede llegar a escucharse muy lejos. Puede escucharse tanto y tan fuerte que silencie a otras voces.

Con esto quiero decir que es importante dialogar con el viejo macho ibérico por más que tantas veces se resista. Con los extranjeros, con los muertos y con los patrios. Por eso, si en algún momento se encuentra usted con uno —en la prensa, en Twitter, en una novela, en la política o en su empresa— y le vuelve a contar sus brillantes puntos de vista que ya ha expresado antes muchas veces y que hace años que no enriquece ni contrasta con otros nuevos, no tenga miedo y hable con él. Nada hay más valioso que dialogar con la experiencia, cuando se deja. Creerá usted que hace tiempo que el hombre que tiene delante solo se escucha a sí mismo, pero no se confunda y haga un esfuerzo. Pues lo más triste de la soledad de esta clase de varones es que, si empezaran a escuchar lo que otros tienen que decir, llegarían a ser más valiosos de lo que ellos mismos se creen. ¡Que ya es decir!

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