TRIBUNA
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Continuamente Madrid

Desde hace un tiempo en todas partes hay Madrid y no existen afueras informativas en lo que no sea ella

Gran Vía de Madrid.
Gran Vía de Madrid.Matej Kastelic

Hace un tiempo que Madrid rebosó, o volcó como el agua de un vaso, y se desparramó accidentalmente, y ahora en todas partes hay Madrid. Da igual estar lejos que cerca. Madrid engordó, o quizá se puso cómoda y se estiró un poco, a lo largo y lo ancho. Ocupa mucho más que su espacio geográfico, y ahora está en otros lugares, Huesca, Sanxenxo, Benidorm, Cádiz, Albacete… Escenario de todas las luchas de poder, los tacticismos, la propaganda, las vanidades, la exasperación de los días, Madrid pasó de ser una parte importante, bien delimitada, a volverse un todo, una realidad omnipresente, irresistible.

No importa lo lejos que te encuentres y lo rodeado que estés por tu vida personal y tus asuntos: apenas levantas la cabeza para airearte, almorzar o consultar el teléfono, escuchas o lees “Madrid”. Lo digo sin resoplar ni hacer chst con la lengua, hastiado. Ese Madrid latoso no es la ciudad, obviamente, sus maravillas o su ciudadanía, la cual equivale a una suma de gente procedente de otros muchos lugares. Tranquilidad. Me refiero, más bien, a los infinitos asuntos madrileños, a cuanto se cuece en sus márgenes y cómo el tema al instante salta más allá, alcanzándote, a veces como un balonazo.

Empleamos tanto algunas palabras, y para referirnos a cosas tan distintas, que se banalizan y pierden precisión, profundidad, brillo. Lo mismo ocurre con esta ciudad, que por momentos se vuelve una suma descascarillada de sonidos, casi una onomatopeya irritante, un piiiii que se clava en el oído. Madrid, como tema, fagocitó las distancias, las separaciones, de tal manera que cada sitio —¿Dos Hermanas, Ribadesella, Cadaqués, Sigüeiro?— tiene lo suyo, sus problemas y, sin pedirlo expresamente, también lo de Madrid. No es una ciudad, Madrid, no es un territorio, no es un centro, no es una capital. Es todo eso, por supuesto, y nos gusta por ello. Pero el caso es que Madrid es ya, sobre todo, una máquina de crear su propia realidad y extenderla.

En los ochenta, Gomaespuma tenía un gag radiofónico vagamente surrealista, que protagonizaba un hombre tendido en el sofá de su casa, al que de repente empezaba a crecerle una oreja. Primero aumentaba de tamaño hasta alcanzar el suelo, lo que ya permite hablar de una oreja considerable, pero luego ocupaba todo el apartamento, desbordaba el edificio, cubría el barrio entero, se salía de la ciudad. Al final, se extendía por el país en todas las direcciones. Una cosa digna de ver, supongo. Esa fuerza arrolladora de la oreja interminable se comportaba con el insaciable hambre que ahora hace funcionar la máquina desde la que Madrid fabrica para todo el país asuntos madrileños.

Es el gran tema. Su realidad apenas descansa, Madrid nunca duerme, sin importar cuál sea el asunto de cada día, en todo caso madrileño. Madrid tiene para sí y para todos. Es el tema, si nos ponemos a escuchar, en Marbella, Menorca, Muros, Murcia, Montijo o Molina de Aragón, por jugar un rato con la letra m. Madrid es alimento y boca. La atención sobre ella demanda continuamente más Madrid. No puede parar. Se gusta.

Quizá es que Madrid empieza a creerse Madrid, en el sentido en el que el dueño del viejo bar Chasen, de Beverly Hills, solía comentar que Humphrey Bogart, Boggie, “es un tipo encantador hasta eso de las once y media de la noche; a partir de ahí no lo aguanta ni Dios. Se cree Humphrey Bogart”.

Su hegemonía informativa se extendió hasta juntarse con lo lejos —¿Ribadeo, Peñíscola, Ayamonte, Irún?—, donde pugna con los temas regionales y locales, a veces vapuleándolos. La exuberancia de información, y la fuerza de las redes sociales y los medios de comunicación para irradiarla en cualquier dirección, dejan la sensación de que esa ciudad vive en un vertiginoso estado de gerundio: Madrid siempre está pasando. A cada instante se gesta algo. Es el personaje principal y también los secundarios. No es sencillo, en mitad de su piiiii crónico, que otros territorios se hagan notar. En la vieja dialéctica entre centro y periferia, Madrid contra el resto, claramente se impuso. Fin de partida.

No existen las afueras en la información que parte de ella. Y así, lentamente, sin darnos demasiada cuenta, los asuntos madrileños se inmiscuyeron en nuestras vidas. Estamos ante una realidad que funciona como una lluvia pertinaz. Puedes taparte con un paraguas, pero ¿cómo refugiarte del tac tac de las gotas, casi enloquecedor? A veces, para ignorar que su existencia arrecia allá donde estés, no hay más remedio que hablar o escribir de ella. Quizá esto no se entiende muy bien, pero recordemos el caso de Guy de Maupassant, harto de abrir la ventana de su casa y ver en el horizonte la torre Eiffel a cualquier hora. Empezó a odiarla con todas sus fuerzas; tanto que muchos días iba a comer y a escribir al restaurante de la Torre para no verla.

Juan Tallón es periodista y escritor.

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