Editorial
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No olvidar a Ucrania

La nueva escalada de tensión subraya la necesidad de que la UE cierre filas y actualice su estrategia

El presidente ruso, Vladímir Putin, en Moscú, el pasado 27 de marzo.
El presidente ruso, Vladímir Putin, en Moscú, el pasado 27 de marzo.MIKHAIL KLIMENTYEV / SPUTNIK / K (EFE)

La preocupante escalada de tensión en los últimos días en el este de Ucrania coloca de nuevo en primer plano un importante conflicto de seguridad en Europa ante el que es preciso adoptar todas las medidas de contención necesarias. A la vez, el episodio recuerda a la Unión Europa que —pese a sus múltiples problemas— no puede descuidar una compleja situación con potencial para acarrear graves consecuencias y que afronta con muy mejorable cohesión interna.

Tres son los elementos que han generado la alarma en una situación de guerra larvada que se remonta a 2014. En primer lugar, la muerte de cuatro soldados ucranios en la región de Donetsk, controlada por una guerrilla separatista prorrusa apoyada política y materialmente por Moscú. Los militares no cayeron en una escaramuza esporádica, sino en el transcurso de un fuego de artillería sostenido en lo que constituye una ruptura del alto el fuego mantenido desde julio del año pasado. En segundo término, la inusual acumulación de tropas rusas, tanto en la frontera con Ucrania como en —la invadida y anexionada en 2014— Crimea, que no responde aparentemente al ciclo de maniobras militares habituales rusas. Finalmente, está la escalada verbal que están provocando estos acontecimientos, especialmente por parte de Moscú.

Aunque resulte complicado entrever las razones e intenciones exactas de Vladímir Putin, la historia reciente muestra que puede ser útil para sus propósitos cortoplacistas propiciar agitación internacional, buscar un enemigo externo aglutinador que distraiga de las voces críticas internas tanto por su gestión de la pandemia como por el hostigamiento sistemático que sufre la oposición. De producirse, sería una estrategia inaceptable. Rusia debe abstenerse de fomentar la inestabilidad en Ucrania.

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Como primera respuesta, resultan acertados tanto el respaldo explícito de EE UU a Ucrania —incluyendo la llamada de Joe Biden a su homólogo ucranio— como el tono de preocupación expresado por la UE a través de su representante de política exterior, Josep Borrell. Pero es necesario mucho más que palabras. La situación en Ucrania debe ser reconducida. Y para esto resulta fundamental que la UE —con otros problemas en estos momentos e importantes disensiones en su seno respecto a la política que hay que seguir con Moscú— actúe con eficacia y unidad, actualice su propia estrategia y la sintonice con la nueva Administración en EE UU, sin perder voz autónoma. Cada gesto agresivo de Putin recuerda que esto no es una opción, sino una necesidad. La dureza con la que la pandemia azota a Ucrania subraya que no pueden subestimarse los riesgos de crisis y desestabilización. La UE no puede permitirse que un vecino como Ucrania se hunda en una espiral de problemas. Es un asunto que no puede estar en los márgenes de la agenda europea.

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