TRIBUNA
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Cuando los políticos dan miedo

Tal vez llegue el momento en que lo verdaderamente revolucionario sean la sensatez y el sentido de Estado, pero para ello es importante que la ciudadanía vuelva a la política y se muestre exigente con sus representantes

NICOLÁS AZNÁREZ

Que la política se hubiera convertido en un espectáculo más de nuestra sociedad (no en vano así denominada hace más de medio siglo por Guy Debord) comportaba un peligro que ha terminado por materializarse. El peligro era el de que, por una u otra razón, el espectáculo fuera quedándose sin espectadores. La versión más plausible hasta hace poco era que el abandono se produjera, lisa y llanamente, por aburrimiento. En efecto, la reiteración de los mismos argumentos, el mismo incumplimiento de las promesas electorales, las mismas presuntas regeneraciones convertidas en meros relevos personales y otros ítems análogos, habrían ido provocando el desinterés ciudadano hacia unos guiones perfectamente previsibles que los nuevos actores no hacían otra cosa que representar por enésima vez, apenas remasterizando las viejas versiones. En estas condiciones, el desenlace resultaba perfectamente previsible: el espectáculo había dejado de entretener.

En este esquema, compartido por muchos ciudadanos hasta hace bien poco, la negativa consideración que obtenían los representantes públicos se sustanciaba en el desdén, cuando no directamente en el desprecio. En cualquier caso, lo que se desprendía de ello era el desinterés, digamos que por contagio, hacia la esfera de la política en general, esto es, la desafección respecto a las formas establecidas de gestionar lo público. Hay que decir que semejante reacción preocupaba de manera desigual a los profesionales de la política. Aquellas formaciones que contaban con una base electoral extremadamente fiel, por no decir cautiva, asistían a este proceso con un secreto regocijo en la medida en que afectaba en mayor medida a sus adversarios. Desentendiéndose de esta manera del deterioro de la democracia, contribuían de manera determinante a acentuarlo.

No contemplaban, desde luego, tales formaciones que los ciudadanos pudieran volver la espalda a la política por motivos de naturaleza diferente a los señalados. Todos los cuales, por cierto, parecían dejarse resumir en el reproche genérico más frecuente que recibían los profesionales de la política: no cumplir con la tarea para la que fueron elegidos (en alguna variante del “no nos representan”), agravada en el caso de algunos con el reproche complementario de aprovecharse de su posición privilegiada para su propio y exclusivo beneficio privado (en ocasiones, incluso en los márgenes de la ley). Se comprenderá que hubiera quienes radicalizaran el desdén y el desprecio señalados y se sirvieran de este último reproche para convertir a los aludidos no ya en personajes despreciables sino directamente odiosos (cosa por cierto que algunos de sus adversarios políticos se encargaban de potenciar).

Ahora bien, por duras que pudieran parecer tales consideraciones, permanecían en el ámbito de lo simbólico: la antipatía o incluso el odio que pudiera generar un determinado político (rellenen ustedes este casillero con el nombre que estimen más adecuado) eran del mismo tipo que la que nos genera un personaje de ficción que protagonice los comportamientos más abyectos, o cualquier personaje público con rasgos que nos desagraden profundamente. Pues bien, es este planteamiento el que parece haber cambiado, y de manera sustancial. Hemos dado un paso más allá sobre la consideración negativa que hasta ahora se tenía de los políticos en general. Y ello es consecuencia de que la metáfora del espectáculo, que mediatizaba toda nuestra relación con lo público, ha terminado por revelarse inútil para entender lo que ocurre.

El asalto al Capitolio por parte de seguidores del entonces presidente estadounidense el día de Reyes de 2021, lejos de constituir un episodio preocupante pero aislado, debe ser considerado como un auténtico parteaguas. Porque ha comportado un cambio cualitativo notable sobre la percepción de los políticos que veníamos comentando, incluso en su versión más extrema, la de considerarlos odiosos. Ahora generan algo más que odio: generan miedo. La representación teatral se ha interrumpido: la realidad ha invadido el escenario. Trump en concreto dejó de ser el personaje ridículo, vanidoso y engreído que hacía, en su exageración, las delicias de la izquierda pero al que, finalmente, el aparato del Estado tenía bajo control en la medida en que le obligaba a jugar dentro de una determinada cancha y bajo unas determinadas reglas. Un personaje cuyas desmesuras transcurrían fundamentalmente en el ámbito de la virtualidad de las redes con sus incendiarios tuits. De pronto, el entonces presidente apareció como alguien temible y del que, por tanto, había que defenderse.

Esto, obviamente, lejos de ser algo preocupante para la izquierda, representaría todo un regalo si consiguiera que la ciudadanía lo viera como un rasgo atribuible en exclusiva a Trump y, por extensión, a las derechas, pero pasa a constituir un severo problema para la democracia si dicha ciudadanía tiende a atribuírselo a la totalidad de los políticos. Se nos dirá que no hay motivos para que tal cosa suceda, en la medida que no todas las fuerzas políticas, ni muchísimo menos, participan ni del ideario ni de las actitudes trumpistas. Pero tampoco todas las fuerzas políticas participan, al menos de igual manera, de determinados comportamientos dignos de reproche social (con la corrupción en lugar muy destacado) y el hecho es que un amplio sector de ciudadanos ya ha decidido que se les puede atribuir a todas sin excepción.

He aquí una situación en la que se impone pensar, porque no estoy seguro de que se deje interpretar de idéntica forma que otras situaciones de antaño, tal y como parecen creer aquellos que, incapaces de escapar de la lógica del espectáculo, todo lo resuelven saliendo a escena a proclamar una impostada y teatral alerta antifascista. Acaso el lado bueno de todo esto sea que un importante sector de la ciudadanía le habría visto las orejas al lobo y habría podido percatarse de la irresponsabilidad que suponía su propio alejamiento de la política. Pero su posible regreso a la misma ya no sería el del hijo pródigo que vuelve, arrepentido, al hogar, sino el de aquel que retorna más sabio y con la lección aprendida: sabiendo lo que le debe exigir a sus representantes. Lo que la experiencia acumulada nos permite empezar a sospechar es que, si algún día el CIS colocara a los políticos no como una de las principales preocupaciones de los ciudadanos sino como uno de sus principales temores, no será el mensaje falaz y vacuo de la regeneración, de los nuevos rostros (más jóvenes, por supuesto) o de los nuevos gestos (siempre trivialmente iconoclastas, ya me entienden), el que nos saque del atolladero. Tal vez entonces, por fin, haya llegado la hora de que la política recupere la dignidad dañada y, en gran medida, perdida. Parece fuera de toda duda que para que ello ocurra tendrá que haber renuncias por parte de sus protagonistas. Pero peor que nos está yendo por no renunciar difícilmente nos podrá ir.

Entendería que ustedes sonrieran al leer lo que sigue, pero tal vez no habría que descartar que llegue un momento en el que lo que de veras resulte revolucionario, tras tanto histrionismo, actuación teatral y palabra vana, sean la sensatez y la visión de Estado. La cuestión no es si esa posibilidad es más o menos viable, más o menos probable. La cuestión es si es necesaria. A veces el bien es algo mucho más que deseable o conveniente: es, sencillamente, aquello de lo que depende que podamos seguir viviendo juntos.

Manuel Cruz es filósofo y expresidente del Senado. Es autor del libro Transeúnte de la política (Taurus).

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