Tribuna
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El emérito y las vidas paralelas

Cabe preguntarse cuándo Juan Carlos de Borbón tomó el rumbo equivocado o si, en realidad, nunca viajó en el mismo tren que los ciudadanos españoles, y la complicidad no fue más que un engaño

MARTÍN ELFMAN

Tantas y tan llamativas desgracias nos han destrozado la vida cotidiana en 2020 que por momentos se nos olvidan algunas de ellas, benéfico mecanismo psicológico que nos permite respirar un día sí y al otro también. Podría aplastarnos la acumulación de muerte y sufrimiento, pero nuestra mente, proclive a defendernos, acostumbra a colocar nuestras cavilaciones en su lugar correspondiente, el cajón de las desgracias, por ejemplo, pero siempre de una en una. Así que si pensamos en covid, dejamos en un segundo plano la huida del emérito a Abu Dabi. Y viceversa.

Pero cualquier noticia que nos llega de su vida en aquella burbuja de lujo, protegida y sostenida por el dinero de todos los españoles, vuelve a traernos la pena y, por qué no, el enfado, que no es fácil permanecer frío y racional ante semejante episodio, tan duro, tan doloroso y tan insultante para millones de españoles. Somos precisamente los ciudadanos próximos en edad al emérito, abrimos los márgenes hasta la diferencia de una década, quienes sobre sufrir en nuestras ya débiles carnes los embates de la maldita plaga, nos sentimos más abandonados y traicionados por aquella fuga, tan poco bizarra. Hemos pasado toda nuestra existencia en un nebuloso paralelismo de vida, en mundos bien distintos, es verdad, pero sintiéndonos —quizá de forma ridícula— parte integrante de un etéreo universo que nos incluía a todos, a él y a nosotros, republicanos de cabeza y corazón como somos, en el devenir de la historia.

Hemos vivido a su lado una versión castiza de Downton Abbey, el señor paseando por los regios salones mientras nosotros, simples seres mortales, culebreábamos por los bajos y las cocinas del castillo. Él con su vida, nosotros con la nuestra, él con sus preocupaciones de altos vuelos, nosotros con nuestros problemas de vuelo gallináceo. Pero ambos, miren qué tontería, sintiéndonos atrapados en esa imperceptible tela de araña que acerca al amo y su esclavo, al rico patrono y al pobre peón. Un destino común, un paseo por distintos paisajes pero en la misma dimensión.

¿Vemos los años del oprobio franquista? Mientras los súbditos pasábamos como podíamos aquellos tiempos denigrantes, buscando salidas a la feroz represión y casposa opresión, el joven Borbón, tan denostado por una parte del régimen como por la oposición, sobrevivía en su burbuja de oro. Claro que aguantar los cariños del abuelito Francisco Franco y la abuelita Carmen Polo debía tener lo suyo para el joven rubio y espigado, muros carcelarios por mucho tapiz que los decorara. Adolescencia patrullada por los códigos del Opus, todo un jolgorio, al que se sumaba el papá desde Estoril vigilando con atención cómo iba su principal puja, todo el futuro de la histórica y achacosa familia apostado a una sola y arriesgada carta.

Llegamos de un salto a la Transición tras sobrevolar aquellos funerales del horror de noviembre de 1975, proclamaciones estentóreas y aplausos, muchos aplausos de los gerifaltes franquistas, que ya en su momento decidimos olvidar bajo siete llaves y mirar hacia otro lado como si el nuevo rey, tan moderno, hubiera nacido por generación espontánea en medio de una bellísima fuente, arropado por luces de colores y avecillas cantoras. ¿Heredero designado por Franco, el de los fusilamientos? Quia. Glorioso advenimiento nacido de un brillante polvo celestial.

Ya instalados en la Transición, comenzamos a conocer los desparpajos del borboneo, por aquí toreamos a unos y por allá, a otros. ¿Cómo nos iba a molestar el florido movimiento de abanico que presagiaba libertades cuando veníamos de soportar, cara en tierra comiendo barro, a los francos y los carreros? Conocíamos tan poco de la democracia que nos parecía natural en aquellos años setenta que el joven monarca pidiera abundante combustible, dólares y dólares, al sah de Persia, ahí es nada el personaje, o a la monarquía saudí, todo un sistema solar en sí mismo, para apuntalar la UCD de Adolfo Suárez que como primera derivada tenía la de sostener a la joven monarquía.

Muchas de esas almas paralelas militaban entonces en la izquierda más ortodoxa, venga la bandera, venga Juan Carlos y lo que haga falta, que lo más importante es que llegue la democracia. Sí, cierto, te arreaban palos en la espalda con sus grises o azules uniformes, te metían en la cárcel cuando les daba la gana, pero ningún sacrificio lograría empañar que pronto, muy pronto, los españoles podrían votar y llegaría, por fin, la tan ansiada democracia. Y él nos acompañaba. Desde su nube.

Alcanzaban nuestra generación y el emérito la cuarentena casi al mismo tiempo, y ya hechos y derechos asistimos al espectáculo bochornoso, estrafalario y grotesco del 23-F, desde el bigote charro y el tricornio charolado, se sienten coño, hasta la vergonzante huida de los bizarros guardias civiles por las ventanas del Congreso, cual rateros pillados en el interior del supermercado tras el robo frustrado. Comienzo dubitativo el de aquella sesión, pero final glorioso para el monarca, utilísimo blindaje para el futuro.

Al poco, los socialistas apean de La Moncloa la herencia de Suárez, abrillantan la imagen de su majestad, todavía nuestro, y todos dormimos ese 28 de octubre de 1982 como un niño ante la llegada de Papá Noel, vivísima la esperanza porque a la mañana siguiente van a manar por las estepas castellanas, las playas andaluzas y los bosques norteños los ríos de leche y miel que sepultarán, de una vez por todas, los restos tan difíciles de arrancar de aquel franquismo, todavía incrustados en los resquicios del sistema.

Frenemos aquí la vida en ese etéreo paralelo, porque ocurrió a partir de entonces que en alguna oculta trocha el emérito cambió de dimensión, dejó el edificio común y quizá en un movimiento solo entendible desde la física cuántica, siguió conviviendo con nosotros, los mismos seres humanos de siempre, pero al tiempo ubicado en otra fantástica dimensión donde habitaban hadas o brujas centroeuropeas, visitantes habituales de bancos suizos, alternando con safaris de lujo en las selvas de Botsuana donde caían abatidos pesados elefantes.

¿En qué cruce de caminos tomó el rumbo equivocado? ¿Cuándo y cómo se produjo ese salto prodigioso? ¿O es que acaso todo viene de lejos, que el hoy emérito nunca viajó en el mismo tren simbólico que nosotros, que fue siempre un ser distinto, y la complicidad solo era un siniestro trampantojo? ¿Fuimos tan cándidos, o ciegos y sordos, que nunca quisimos entender la realidad de la fiebre del oro?

Para las agitadas relaciones paterno-filiales, alguna enseñanza del recientemente fallecido John le Carré, nacido David Cornwell, que de esas complicaciones sabía mucho: “Todo el mundo tiene padres (…) Todo el mundo se bate en conflictos personales que ha heredado por nacimiento y por las circunstancias”.

O sea, que cada hijo se saque a su peculiar padre como pueda.

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