LA SABATINA
Columna
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A dónde va el PRI

En el Estado de México se jugará mucho más que una gubernatura: una derrota del PRI marcaría el inicio de una hegemonía del lopezobradorismo

Alejandro Moreno Cárdenas, dirigente nacional del PRI, durante una conferencia de prensa en junio de este año.
Alejandro Moreno Cárdenas, dirigente nacional del PRI, durante una conferencia de prensa en junio de este año.Moisés Pablo (CUARTOSCURO)

Si el año entrante el PRI pierde el Estado de México estará liquidado. Ganar esa entidad no garantiza futuro concreto para el partido que gobernó la República Mexicana más de 70 años, pero una derrota ahí tendría tal peso simbólico que haría imposible el desmoronamiento de la organización surgida para aplacar y agrupar a los ganadores de la revolución de 1910. Todos los priistas están conscientes de eso, pero hasta hoy no parecen tener lista su estrategia de salvación.

En la acera de enfrente, en cambio, están prestos para liquidar al PRI. En tan solo una semana Andrés Manuel López Obrador ha ejecutado una serie de movimientos político-judiciales que mucho complican la vida al Revolucionario Institucional. Desde distintos frentes el presidente ha lanzado embates que vulneran tanto a iconos del priismo como las posibilidades de una alianza opositora en el Estado de México. Palacio Nacional mandó el mensaje a la oposición de que, en efecto y dado que eso querían, habrá tiro.

Esta semana el oficialismo ha destapado a la maestra Delfina Gómez como candidata a la gubernatura mexiquense. Lo importante es el contexto en que ha ocurrido la revelación de un abanderamiento morenista que toda la clase política descontaba. La todavía secretaria de Educación Pública volverá a competir por el Palacio de Gobierno de Toluca, pero en esta ocasión AMLO pondrá en esa campaña todos los recursos del Estado, incluidas —por lo visto— pesquisas judiciales en contra de priistas y panistas.

La noticia el jueves de que Delfina Gómez será candidata al Edomex llegó un par de días después de que la Fiscalía General de la República informara que se alista a judicializar una acusación en contra del expresidente Enrique Peña Nieto, lo que supondría un paso inédito en la historia del país y un golpe directo en el corazón del priismo mexiquense.

Son tres las carpetas de investigación que la FGR tiene en contra de quien le cedió la banda presidencial a López Obrador en 2018. Esas indagatorias penderán de aquí al año entrante como una espada de Damocles imposible de obviar por, antes que nadie, Alfredo del Mazo, gobernador del Edomex y pariente del exmandatario que hoy habita en España.

El amago judicial en contra de uno de los suyos puede por supuesto galvanizar a la clase política de Atlacomulco, que sabe que la elección del año entrante no está decidida, que Delfina no luce como una candidata imbatible, y que los triunfos mexiquenses de PRI y PAN en las intermedias del 2021 son argumentos para albergar ilusiones de que Morena podría sufrir una sonora derrota en el Estado de México.

Pero si el golpe de ese anuncio de la FGR cimbró al priismo en el plano mediático, el oficialismo cerró la pinza al lanzar otras pesquisas en contra de figuras del panismo de Ciudad de México, una operación que complica las posibilidades de que PRI y PAN logren la prometida —y prometedora para sus objetivos— alianza en la elección del primer domingo de junio de 2023.

El sábado de la semana pasada el Gobierno de Claudia Sheinbaum lanzó una tarascada al PAN capitalino, al que acusa de haberse convertido en un “cartel inmobiliario”. La detención ese día de un importante exfuncionario de la alcaldía de Benito Juárez —con dos décadas en manos panistas— y el posterior anuncio de que buscan aprehender al que por 12 años fuera secretario de Obras de esa demarcación, ambos acusados de apropiarse y explotar decenas de inmuebles, ha pegado en la línea de flotación del panismo nacional.

La Benito Juárez es el coto de poder desde donde Jorge Romero, actual líder de los diputados federales panistas y jefe político de los hoy requeridos por la justicia, ha construido una influencia sin la cual no se entiende la presidencia panista de Marko Cortés; porque Romero, cuyos méritos son una labia pegajosa, controlar padrones de militantes y una capacidad para llegar a acuerdos que han sido cuestionados por propios y extraños, es visto como quien apuntala a Cortés y como quien ha de sucederle.

Cuando la Fiscalía General de Justicia de Ciudad de México tocó con sus pesquisas a los dedos chiquitos de Romero en la Benito Juárez, en un caso que todavía dará mucho de qué hablar, sabía que había lanzado un golpe a la mandíbula de Marko Cortés, que no aguantó ni el primer round sin mandar un mensaje que abona a las posibilidades de Morena en el Edomex.

Antes de que concluyera la semana, Cortés publicó algo en Twitter que es imposible no leer como una petición de tregua. En ocasión del destape de Delfina, el viernes el líder panista escribió que “Morena premia a delincuentes. Delfina Gómez robó dinero de trabajadores para su campaña en Texcoco y López Obrador la recompensa con una candidatura para Edomex. Frente al cinismo y corrupción, estamos listos con quien ha demostrado que sabe ganar y gobernar: Enrique Vargas”.

Si algo caracteriza a los priistas mexiquenses es el cuidado de las formas. Son adictos a los rituales y a engoladas cortesías. Que el presidente del PAN atropelle con un mensaje así las posibilidades de una alianza (que no menciona) con el PRI en el Edomex solo puede ser leído como producto de la desesperación. Cortés quiere que Palacio Nacional sepa que está listo a pactar impunidad para su aliado Romero, y que no le importa que el precio sea romper las posibilidades de que el PRI y Acción Nacional vayan juntos el año entrante.

Vargas es un político que, encima, resulta intransitable para el gobernador Del Mazo, que le ha combatido personalmente, pues ambos provienen del municipio de Huixquilucan, un municipio conurbado a la ciudad de México del que respectivamente han sido alcaldes.

Desde hace meses la alianza en el Edomex es el tema que desvela a panistas y priistas. Esa negociación se volvió más central luego de los resultados de las elecciones estatales de junio pasado, donde la alianza opositora pudo salvar el orgullo al quedarse con dos de las seis gubernaturas en juego. “Hay tiro”, salieron a decir sincronizadamente los líderes de PAN y PRI a pesar de tan magro balance. Pero esos comicios sí dejaron claro que el ir separados en las dos elecciones del 2023 representa minimizar sus posibilidades de ganar.

Coahuila y Estado de México están desde siempre en manos del PRI. Son Estados muy distintos con algo en común: no saben lo que es la alternancia partidista a nivel gubernatura. Otra cosa en común es que sus actuales gobernadores están bien posicionados frente a sus gobernados y en el PRI.

Y con sus distintos estilos —más directo el coahuilense Miguel Riquelme, más ceremonioso Del Mazo— no han tenido dramáticos choques con el presidente López Obrador, como los que vivieron el gobernador panista Francisco García Cabeza de Vaca, de Tamaulipas, o el exmandatario perredista Silvano Aureoles, de Michoacán.

Riquelme y Del Mazo encarnan también el típico gobernador priista. Son jefes absolutos de Gobierno y partido en su entidad. Son independientes incluso de quien en su momento los puso en la candidatura. Y se asumen como los únicos responsables de la elección de la persona que ha de competir bajo las siglas del PRI para sucederles en el puesto.

Riquelme tiene listo a su delfín, un exalcalde de Saltillo que ahora se placea en el puesto de secretario de Desarrollo Social. Manuel Jiménez es el nombre de quien todos ven como favorito de ese gobernador, y solo están a la espera de que los tiempos lleguen para que, incluso los panistas, abracen tal candidatura para enfrentar a Morena, que por su parte no ha terminado de decidir si lanza al subsecretario de Seguridad Ricardo Mejía o a alguien como el senador Armando Guadiana, quien perdió frente a Riquelme hace cinco años.

En contraste, la sucesión en el Estado de México luce atascada. El panista Enrique Vargas lleva meses pujando para presentarse como la carta más competitiva, con o sin alianza opositora. El exalcalde de Huixquilucan y actual diputado local se ha convertido en la piedra en el zapato de las posibilidades de concretar tersamente, y de manera pronta, una candidatura prianista.

Un problema añadido es que Del Mazo tampoco parece listo para destapar a la mujer que ha de abanderar las posibilidades priistas de retener el Estado. El gobernador tiene dos opciones en su partido, la propia y la ajena.

Alejandra del Moral forma parte de su Gabinete —luego de ser jefa del PRI ahora es secretaria de Desarrollo Social, puesto típico para hacer lucir a alguien—, mientras que Ana Lilia Herrera —diputada federal, exalcaldesa de Metepec y excolaboradora de varios gobernadores mexiquenses— aspira a ser premiada por su solidez —nunca ha perdido una elección— y por el respaldo que goza por parte de múltiples grupos.

Del Mazo tendrá que definir qué conviene, si la candidata que tiene más cercana a su simpatía o la que parece mejor dispuesta para una campaña donde se trata de quitarle votos a Morena en el territorio, espacio que luce más favorable a la diputada Herrera.

El actual gobernador una vez fue víctima de un cálculo similar. En 2011 gobernaba el Estado su pariente Enrique Peña Nieto. EPN se decantó por Eruviel Ávila, un político que se impuso a pesar de que venía de un espacio ajeno al gobernador —la alcaldía de Ecatepec. Del Mazo se quedó en el camino y debió de esperar seis años a que le tocara ser destapado en una sucesión en la que, paradójicamente, la favorita del gobernador era Ana Lilia Herrera. ¿Qué hará en esta ocasión el mandatario priista?

La respuesta a esa interrogante es crucial para las posibilidades de que el PRI tenga vida más allá del sexenio de López Obrador.

Porque antes aún de que la discusión sea si hay o no alianza en el Estado de México, el Revolucionario Institucional ha de mostrar si aún tiene vivo el instinto de disciplina y unidad que tantas victorias le dio en el pasado.

El PRI está hoy desunido. No ha podido restañar las heridas que Peña Nieto le provocó al elegir a un candidato sin militancia para la elección del 2018. Y tampoco el desastre que el expresidente provocó al impulsar a Alejandro Alito Moreno en la presidencia del partido. Los costos de esas decisiones se pagan hoy y amenazan la viabilidad misma del priismo.

López Obrador quiere quedarse con los votos del que fuera su partido de origen. Irse contra el PRI para el presidente de la República más que una revancha es una conquista de militantes. Por eso lanzó una ofensiva en contra de Alito Moreno, al que le filtraron audios que lo dejan en calidad de impresentable. Por eso les coquetea con discursos cardenistas. Por eso además ha reactivado al fiscal general en contra de Peña Nieto. Y por eso detona la bomba contra el panismo capitalino para anularle sus sueños de alianza.

Mas si el presidente morenista ha abierto impúdicamente su juego, la duda persiste: qué hará el PRI por su propia vida, para ganarse frente al electorado el derecho a ser un partido del futuro mexicano.

En los hombros de Del Mazo y de Riquelme descansa la responsabilidad no solo de elegir a las personas adecuadas para la elección del año entrante, sino de liderar unas campañas en las que los priistas, todos y no solo los candidatos, encarnen una promesa que le diga algo creíble y atractivo a las y los mexicanos de la tercera década del siglo XXI.

Hasta hoy Alito Moreno ha sobrevivido a la andanada gubernamental, pero es un lame duck. Un presidente sin la fuerza que se requiere para proyectar a su partido a las siguientes batallas. Y seguirá siendo eso si permanece en el puesto sin lograr la total unidad de sus compañeros. Miguel Osorio Chong, incluido. Tener a la mayoría no basta cuando tienes una mancha indeleble sobre tu reputación. O recupera a todos o Alito será factor del hundimiento.

En las próximas semanas se resolverá la encrucijada de la alianza en el Edomex. Puede que con el embate al PAN capitalino esa posibilidad ya sea historia. Puede que Vargas no acepte que por cuestiones de género, además por supuesto de méritos, toca a los partidos poner mujer en el Edomex. Puede, incluso, que el panismo escuche el canto de esas sirenas que dicen que hay que ir solos en 2023 porque los partidos han de aprestar sus maquinarias para el gran choque del 2024, y que la alianza no afina las respectivas estructuras.

Pero si la alianza es una incógnita coyuntural, lo que no es trivial es que el futuro del PRI pasa por ganar en Coahuila y, por el tamaño de su padrón y su simbolismo, en el Estado de México el año entrante.

Qué PRI competirá, qué propuesta enarbola además de criticar a AMLO, qué lamenta del pasado, qué promete haber aprendido y reformado, qué precio está dispuesto a pagar en la batalla —¿dejar caer a Peña Nieto a la cárcel?, por ejemplo—; a dónde va el PRI, que podría llegar al 2024 con solo una gubernatura —Durango, ganada este año—, o incluso con dos si retiene Coahuila, pero sin futuro alguno.

Porque en el Estado de México se jugará mucho más que una gubernatura. La derrota del PRI marcaría el inicio de una hegemonía del lopezobradorismo. Las pequeñas ambiciones de algunos liderazgos, en el PAN y en el PRI, pudieran dinamitar el vigor de la competencia. Reducirían con ello las opciones del electorado, es decir, de la democracia pluripartidista mexicana como la conocemos desde los noventa.

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