Apego: ¿por qué el contacto físico es esencial para la crianza?

Las primeras experiencias de contacto facilitarán la autorregulación emocional más adelante

Un padre achucha a su bebé.
Un padre achucha a su bebé.Unsplash

Adultos y niños necesitamos sentirnos queridos y cuidados. La piel es como un envoltorio repleto de receptores de estímulos como el frío o el calor, el placer o el dolor. Cuando nos acarician se pone en marcha un sistema complejo donde la oxitocina es la protagonista. He ahí el bienestar, la confianza, el amor, la empatía y el apego. Es también la serotonina la que nos provoca el placer y a la vez reduce nuestros niveles de estrés. Los abrazos y los besos reconfortan, tranquilizan y suben los niveles de felicidad de todos.

Ester López es psicóloga perinatal y experta en estudios de género. Trabaja acompañando a madres durante sus embarazos y pospartos, sobre todo y especialmente a madres que necesitan sanar sus partos. Ella asegura que en los recién nacidos el contacto piel con piel produce una sincronía con la madre: “A los bebés se les regula el ritmo cardíaco, la temperatura corporal, la respiración, e incluso la piel maternal les protege de infecciones”. Los abrazos nos aportan seguridad, calma y nos ayudan a sentirnos confiados (tanto a las madres como a los hijos, claro). La teoría del apego desarrollada por John Bowlby en 1973 sugiere que el contacto de los cuidadores permiten que los bebés se sientan seguros y protegidos. “A nivel físico está demostrado que las personas que reciben abrazos de manera habitual tienen una menor frecuencia cardiaca y mejores niveles de presión arterial”, afirma la maestra de educación infantil Saray Rufián que también considera esencial el contacto físico en la educación y crianza de apego.

Tania García-Medina es neuroeducadora, docente y asesora educativa. Nos habla de la profesora de pediatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Miami: “Tiffany Martini Field llegó a la conclusión que los recién nacidos prematuros que recibían contacto físico tres veces al día durante quince minutos ganaban un 47% más de peso y recibían el alta una semana antes que los que no recibían estos contactos”. La psicóloga López asegura que cada fase del desarrollo de los niños se va construyendo sobre la anterior. “Es decir vamos de lo sencillo a lo complicado, de la inteligencia corporal que sería la más básica, a la cognitiva que es la más compleja. Dentro de esa inteligencia corporal hemos tenido que poder experimentar a través de los sentidos y para eso necesitamos contacto e interacción con nuestras figuras de apego”, dice.

Las primeras experiencias de contacto facilitarán la autorregulación emocional más adelante. El contacto físico tiene especial importancia en la infancia, ya que eleva la autoestima, reduce el estrés, mejora el estado de ánimo y fortalece el vínculo con la madre o padre. “También fortalece el sistema inmune, incrementa la confianza y seguridad, aporta calma y ayuda en todos los aprendizajes”, afirma Saray Rufián mientras pregunta: “¿A quién no le ha pasado que cuando duermes con tu hijo o hija en la misma cama suele dormir más horas de lo habitual? Se debe a que el contacto mejora el sueño, ya que provoca relajación”.

Los afectos (sentirte querido y protegido) dan seguridad y con ella los niños y niñas “podrán construir relaciones sanas a lo largo de sus infancias y durante la adultez, así como confiar en otras personas e incluso experimentar placer”, dice Ester López. El apego seguro con la familia les va a facilitar que se relacionen con el mundo de una forma sana, los niños y niñas que no se sienten queridos derivan en personas inseguras. “La inseguridad infantil es el miedo que experimentan ante cualquier hecho que podría implicarles fracasar y perder el amor de sus personas de referencia”, afirma Saray Rufián. Se trata de un estado emocional negativo que provoca alteraciones cognitivas, conductuales y sociales. “Los efectos más comunes de la inseguridad en los más pequeños son la pérdida de confianza en uno mismo/a, la pérdida de autoestima, el terror a equivocarse. Son criaturas que se frustran fácilmente, altamente dependientes y poco autónomos/as. También les puede costar hacer amigos, se infravaloran y suelen tener problemas para conciliar el sueño”, asegura Rufián.

“A las personas que dicen que mimar a los niños es malo les diría que quizás están confundiendo dar amor, afecto y contacto con ausencia de límites. La ternura y los límites no son incompatibles”, asegura la psicóloga López. Tania García-Medina señala que es importante no confundir mimar con sobreproteger: “La sobreprotección afecta al desarrollo haciéndoles dependientes de la mirada del adulto, afectando negativamente a su motivación intrínseca (la que nace de uno mismo), generando inseguridades, baja autoestima y falta de iniciativa y autonomía”.

Mimar en el sentido de ofrecer mimos, de procurar afecto incondicional es absolutamente necesario para generar vínculos estables, seguros y afectivos con nuestros hijos. “De hecho, el desarrollo emocional e intelectual depende de la cantidad de signos afectivos que recibe a lo largo de su vida, sobre todo durante la primera infancia. El psicólogo Claude Steiner llegó a acuñar el término economía de las caricias para referirse a ello”, señala García-Medina.

Así que “no les privemos de nuestros abrazos, pues llegará un día que serán tan independientes que no los necesitarán, no los privemos de nuestra compañía pues un día se independizarán, no obviemos sus reclamos pues un día no nos necesitarán, no dejemos que pase ese tiempo, pues ese momento nunca volverá”, concluye la educadora infantil Saray Rufián.

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