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El Niño Guerrero, el escurridizo jefe de ‘El Tren de Aragua’

Héctor Guerrero Flores, en paradero desconocido, gobernaba la red criminal que se ha expandido internacionalmente desde la cárcel de Tocorón, que contaba con discoteca y zoológico

El Niño Guerrero
Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias 'Niño Guerrero', jefe del Tren de Aragua.

El 28 de agosto de 2012, cuando El Niño Guerrero se fugó de la cárcel de Tocorón con la ayuda de su hermano, un cuñado y unos guardias a los que le pagó 400 dólares, ya se le conocía como uno de los “tres papás”, los tres pranes o principales del penal, como se les dice a los reclusos que se imponen y terminan gobernando algunas prisiones en Venezuela. No fue una fuga de película. Salió de madrugada por la puerta principal y se ocultó en una ciudad de los llanos venezolanos, hasta que una comisión policial, casi un año después, detuvo el carro con una matrícula falsa en el que viajaba con otros tres hombres. Llevaban algunas porciones de marihuana y él, Héctor Rusthenford Guerrero Flores, tenía una identidad falsa que se corroboró con al hacer la comprobación de huellas en la reseña policial, según la investigación de la periodista Ronna Rísquez, autora de El Tren de Aragua (Editorial Dahbar), publicado este año.

Al pran de Tocorón lo recapturaron hace 10 años, le agregaron más delitos a un expediente que se inició con tráfico de estupefacientes y ocultamiento de armas de guerra, pero lo volvieron a encerrar en su reino con amplias libertades. Pudo pagar su condena de 17 años, 2 meses y 2 días, que se cumplieron a finales del año pasado, a la par que logró expandir su organización por varios estados de Venezuela y un puñado de países de América Latina. Ahora nuevamente lo están buscando.

El Gobierno venezolano desplegó esta semana un enorme operativo con 11 mil funcionarios para tomar la cárcel de Tocorón, la guarida de la peligrosa banda conocida como el Tren de Aragua. Pero su nombre comenzó a sonar en las noticias de sucesos de países como Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Brasil en los últimos años. La policía venezolana finalmente llegó a su escondite cuando el líder de la banda había cumplido su condena y se había ido. El Ministerio de Relaciones Interiores y Justicia ha difundido un par de fotografías en las que Guerrero Flores, que apenas cumplirá 40 años en diciembre, aparece en mono deportivo con un fusil casi de su tamaño y otra de frente con sus cejas gruesas, la imagen más conocida del jefe de la megabanda delictiva la más poderosa de Venezuela. “No se puede decir que está fugado, aunque el Niño Guerrero podía entrar y salir de Tocorón tranquilamente”, dice Rísquez en entrevista para EL PAÍS.

Una de esas salidas que hacía El Niño Guerrero las relata Rísquez en el libro. En 2016, durante el Carnaval, unos funcionarios se acercaron a una fiesta que ocurría en un yate lujoso de gran tamaño, atracado en las costas del estado Aragua, que les pareció sospechosa. Al abordar a los tripulantes, el pran se identificó con su nombre Héctor Guerrero Flores y su alias, y mostró un documento del Ministerio de Servicios Penitenciarios que lo autorizaba a transitar por el territorio nacional. Al reportar a sus superiores que tenían a El Niño Guerrero, recibieron la orden de retirarse del lugar, de acuerdo al relato que los policías involucrados le hicieron a la periodista. Pese a ese incidente, Rísquez señala que el delincuente tenía muy bajo perfil. “Se sabía que era la persona que mandaba, pero cuando en otros países empiezan a detener a miembros de su organización, incautan teléfonos e interceptan mensajes, incluso audios con su voz, en las que empiezan a mencionarlos —como los ‘tres papás’— es que accidentalmente para ellos se empieza a saber de El Niño Guerrero y el Tren de Aragua en la región”.

Los otros dos jefes o papás del Tren de Aragua, ambos de 45 años, también están libres, como cuenta la periodista en su investigación, y también sabían pasar desapercibidos. De hecho, a los tres los dieron por muertos en los medios de comunicación durante un operativo que hizo la policía venezolana en San Vicente en 2015, uno de los predios que controlaban desde la cárcel, con acceso al Lago de Valencia por el que se desplazaban. Tiempo después se supo de ellos. Larry Amaury Álvarez Núñez, alias Larry Changa, llegó a Santiago de Chile en avión en 2018 y se camufló como un migrante emprendedor que gerenciaba un foodtruck cerca del Palacio de la Moneda, aun teniendo antecedentes policiales en su país. Fue hasta 2021 que la policía chilena empezó a seguirle a pista, cuando lo vincularon a un homicidio relacionado a la venta de un vehículo de su propiedad.

Esta era una de las modalidades con las que la banda hace dinero. La plataforma marketplace de Facebook fue usada como anzuelo de personas interesadas en comprar coches, a las cuales le ofrecían un buen precio y a la hora de encontrarse para concretar la venta eran robados y a veces asesinados. En Chile le perdieron la pista en marzo de 2022, luego de no obtener información de autoridades venezolanas para continuar con las averiguaciones. Hay quienes creen que entró a Estados Unidos por la frontera con México, de acuerdo a los testimonios recogidos en el libro. El otro pran del Tren de Aragua, Johan José Romero, alias Johan Petrica, intentó en 2022 registrar a su hijo de cuatro años nacido en Brasil, cuando disparó las alarmas de las autoridades de ese país, relata Rísquez en el libro. Ahora se dice que se mantiene en el sur de Venezuela al frente del negocio de la minería ilegal de oro del Tren de Aragua en Las Claritas.

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Reino demolido

El Niño Guerrero, al que en la jerga policial lo identificaban como el 1 de Tocorón, construyó una ciudad en la cárcel que gobernaba hasta esta semana. Una vez, Rísquez entró al penal y constató las escandalosas denuncias que desde hace años se venían haciendo sobre los lujos y privilegios que tenían los presos ahí. En 2022, el Observatorio Venezolano de Prisiones denunció que unas 8 de las casi 50 prisiones que hay en el país funcionan bajo el control del pranato que establecen ese tipo de gobernanza criminal. En ellas está casi la mitad de la población carcelaria del país. Otras 15 tienen un régimen mixto: en algunos sectores ejercen las autoridades y en otro los pranes. El grupo de investigación ha planteado ahora sus dudas sobre la toma, tomando como referencia otras seis operaciones en las que el Estado ha recuperado el control de penales más pequeños en intervenciones de más de dos días, tras intensos enfrentamientos.

Rísquez describe en su libro a Tocorón como un parque temático, con ese toque de irrealidad que tienen estos lugares. Vio la piscina, la discoteca Tokio, el zoológico con un pavo real albino, presos viviendo con sus familias, el restaurante La Sazón del Hampa, unas especies de taquillas bancarias para el pago de “la causa” —la extorsión semanal que el pran cobra a los presos por permitirles vivir—, motocicletas de alta cilindrada, presos que actuaban como guías y recibían a las visitas, un estadio de béisbol llamado Tren de Aragua, hombres armados de distinto rango que cuidaban al jefe como “gariteros” o “luceros”, la división de clases entre los llamados “manchados”, que no tienen familia que los visite o están enfermos de VIH o tuberculosis, denigrados y a cargo de las iglesias cristianas, y los “bautizados” u “ovejas” que, de acuerdo a una fuente de la periodista, El Niño Guerrero —también evangélico— consideraba a los que profesaban su fe “de verdad”. También había tiendas que decían ofrecer ropa de marcas como Balenciaga o Gucci y otras que vendían cocaína y crack.

Durante la toma, las autoridades encontraron 14 armas largas y dos cortas, 40 granadas antitanque, 80 kilos de C4, 400 mil municiones de diferentes calibres, 15 cohetes autopropulsados y otros materiales bélicos. También han revelado un sistema de túneles dentro de las instalaciones. Este sábado, unos tractores habían comenzado a demoler todo lo que construyó El Niño Guerrero en el Centro Penitenciario de Aragua.

El ministro Remigio Ceballos apareció en televisión con la maquinaria de fondo derribando las estructuras, al dar un segundo balance a la bautizada Operación Cacique Guaicaipuro que en unas horas logró tomar el control de una de las prisiones más violentas del país, aunque remarcó que tuvo una planificación “de largo aliento” y negó que se hubiera hecho bajo “una negociación” con quienes controlaban el penal. Según el funcionario, 1.600 reos fueron reubicados en otros penales, mientras se remodela esta cárcel que fue construida en 1982 para albergar a 750 reclusos. El funcionario dijo que han detenido a 88 integrantes de la banda que están dando información de los líderes que, señaló, cometían “delitos atroces” como parte de “una estrategia conspirativa desestabilizadora de grupos políticos opuestos, violentos, que pretendían usar la delincuencia para alcanzar sus objetivos políticos”.

Con la toma de Tocorón y la desarticulación de otras bandas, el Gobierno venezolano ha mostrado una intención de combatir algunos grupos criminales en el país que hace una década estaba entre los más violentos e inseguros. Ha dado un giro más duro a la política de seguridad, pero también, reiteradamente, ha salpicado políticamente estos operativos para vincular el crimen organizado con quienes se le oponen. Mientras, El Niño Guerrero y sus socios siguen libres en paradero desconocido y el ministro Ceballos ha dicho que desmantelaron totalmente al “ex Tren de Aragua”.

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