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Las seis pruebas de Boris Johnson

El momento triunfal del Brexit oculta las minas del camino que el primer ministro encontrará a partir de ahora

El primer ministro británico, Boris Johnson, este viernes en Sunderland (Reino Unido). En vídeo, el Reino Unido dice adiós a 47 años de matrimonio.

El pequeño Boris Johnson, han contado sus hermanos, sorprendió un día a toda la familia al revelarles qué quería ser de mayor: "el rey del mundo".  El primer ministro del Reino Unido puede anotarse el tanto de haber pasado a la historia antes de comenzar a gobernar. El Brexit será por siempre su gran proeza, pero la verdadera prueba de fuego llegará cuando tenga que elegir entre todos los intereses enfrentados a los que ha cortejado con su optimismo. Minutos antes de la Hora H, anunció desde Downing Street que había llegado el momento de proceder a una "renovación nacional". Por segunda vez en el pasado reciente, un partido creado para "conservar" el orden existente ha decidido ponerse en manos de un espíritu revolucionario, como ya ocurrió con Margaret Thatcher. De todos los retos, previstos e imprevistos, que surgirán en su camino, estos son, en las horas posteriores a la salida de la Unión Europea, los más evidentes.

Una casa dividida

Johnson ha logrado ese deseo inalcanzable de muchos candidatos de agrupar en una misma base electoral a votantes de naturalezas opuestas. "Una coalición que abarca a la City de Londres [el centro financiero de la capital] y a la de Westminster [la zona más opulenta de la capital], donde más de la mitad de sus residentes tienen una licenciatura universitaria y el precio medio de una vivienda ronda los 900.000 euros, y a Bishop Auckland [en el norte empobrecido de Inglaterra], donde solo uno de cada cinco habitantes ha ido a la universidad y una casa cuesta 130.000 euros. Mantener felices a ambos grupos no es solo un reto económico, sino cultural", ha escrito James Forsyth, el corresponsal político de The Spectator.

Libre mercado o proteccionismo

Europa ya no será la guerra interna que desangre a los conservadores. Puede serlo la pugna latente en esta formación desde hace más de un siglo. A la hora de negociar con la UE un nuevo tratado comercial, Johnson deberá elegir entre los que defienden un Reino Unido sin ataduras y los que intentarán el mayor vínculo posible con las normas y estándares del mercado interior, para proteger los intereses de agricultores, ganaderos o pequeños empresarios. "Es necesario entender el proceso mental de los políticos británicos defensores del libre comercio, que no se reducen únicamente a los euroescépticos. Para ellos, todo se reduce a aranceles o cuotas", explicaba a EL PAÍS el exministro de Economía británico Philip Hammond. "Su planteamiento hacia la UE es: 'tú tienes un superávit comercial de más de 120.000 millones de euros con nosotros. Te ofrecemos acceso total a nuestro mercado, sin aranceles ni cuotas. Lo único que pedimos es una oferta recíproca". Es difícil que Bruselas caiga en una trampa, reconoce Hammond, que daría al Reino Unido una ventaja competitiva.

Alcalde o primer ministro

Johnson es el político de las grandes visiones. Los detalles los deja en manos de un equipo eficaz, como hizo en su tiempo de alcalde de Londres. La negociación con Bruselas, como quedó demostrado durante el mandato de la ex primera ministra Theresa May no puede funcionar de ese modo. La falta de coordinación entre el mando político y los altos funcionarios acabó en desastre. "Es absolutamente esencial que no repitamos el error de la primera fase de la negociación, cuando la cúpula política evitó centrarse en los detalles. En esta ocasión, el liderazgo político y los miembros del Servicio Civil británico [el alto funcionariado profesional] deben estar completamente alineados", indica el ex primer ministro Tony Blair. "Nos corresponde ahora diseñar nuestro futuro. No creo que la ciudadanía británica o la europea nos agradezca que sigamos lamentando lo terrible que es todo esto", añade.

China, ¿amenaza u oportunidad?

Bajo el paraguas de la UE, el Reino Unido podía permitirse una posición estratégica o de principios respecto al gigante asiático. Cortejarle como aliado económico futuro, en el caso del ex primer ministro David Cameron, o reprocharle sus abusos, como intentó Theresa May. Johnson no tiene ese privilegio, como se ha demostrado con el caso de la empresa tecnológica Huawei. En contra de la petición de Estados Unidos, Downing Street ha seguido adelante con la decisión de permitir su participación en el desarrollo de las infraestructuras de 5G en todo el país, a pesar de todas las cautelas y restricciones. "A diferencia de Trump, Johnson se encuentra en la nada envidiable posición de ignorar cuál será el futuro económico del Reino Unido después del Brexit", ha escrito Bonnie Girard, la presidenta de la consultora China Channel Ltd.

El amigo americano

"Nos corresponde trabajar con quien los estadounidenses elijan como su presidente, porque seguimos compartiendo muchos principios e intereses. No se trata de deducir que, después del Brexit, vayamos a ser más dependientes de Washington", dice Blair. Lo defiende alguien a quien muchos compatriotas acabaron viendo como la mascota de George W. Bush. Es innegable la estupenda relación forjada entre Trump y Johnson, pero son muchas las voces que piden al primer ministro que se centre en forjar un buen tratado comercial con la UE y abandone la ensoñación de cerrar con Estados Unidos un acuerdo que, ni se antoja posible antes de las elecciones presidenciales en ese país, ni servirá para compensar todas las pérdidas que puede acarrear el Brexit. El tiempo servirá para demostrar que los intereses de Londres en política exterior siguen más alineados con Bruselas que con Washington.

¿Un Reino "Unido"?

La economía arrastra a la política y el Brexit entraña el riesgo de convencer a Irlanda del Norte de que le irá mejor si se une con la República de Irlanda y a Escocia de que su futuro pinta mejor fuera del Reino Unido. Los dos territorios rechazaron mayoritariamente en 2016 la salida de la UE. Obsesionado con afianzar los nuevos votos del norte empobrecido de Inglaterra, Johnson ha decidido, de momento, ignorar el distanciamiento norirlandés y poner pie en pared ante el independentismo escocés. Confía, con un exceso de voluntarismo según sus críticos, en una mejora económica que convenza a unos y a otros de las ventajas de seguir formando parte de la Unión.

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