Rusia y Turquía pugnan por extender su influencia en el avispero libio

Washington acusa a Moscú de enviar cazas al mariscal Hafter para desequilibrar el conflicto en el país africano ante el apoyo militar de Ankara al otro bando

Un policía inspecciona un avión civil alcanzado por las tropas de Jalifa Hafter el 10 de mayo en el aeropuerto de Mitiga, en Trípoli.
Un policía inspecciona un avión civil alcanzado por las tropas de Jalifa Hafter el 10 de mayo en el aeropuerto de Mitiga, en Trípoli.Ismail Zetouni / Reuters

El avispero de Libia se ha convertido en un gran territorio de expansión para Turquía y Rusia, dos potencias militares que ya se habían enfrentado de forma indirecta en Siria. Al Gobierno de Unidad Nacional, con sede en Trípoli, lo apoya Turquía con militares turcos, armas y mercenarios sirios. Y al mariscal Jalifa Hafter (76 años), situado en el este del país, lo apoyan Egipto, Emiratos Árabes Unidos, a veces Francia, y sobre todo, mercenarios pertenecientes a la empresa rusa Wagner.

Turquía no solo ha conseguido frenar el asedio sobre la capital del autodenominado Ejército Nacional de Liberación, de Hafter, sino que ha hecho retroceder a este y a los contratistas militares privados rusos. El 19 de mayo Turquía y las milicias leales al Gobierno de Unidad recuperaron la base aérea de Watiya, en el suroeste de Trípoli, que llevaba cuatro años en manos del mariscal y es una pieza vital para dominar el oeste del país. Y el sábado forzaron el repliegue de los mercenarios rusos del frente de Trípoli.

Rusia abandonó la capital, pero no Libia. Renunció a la batalla de Trípoli, pero no a la guerra. Y el pasado martes envió 14 cazas en apoyo de Hafter hacia la base aérea de Jufra, en el centro de Libia, según denuncia el Ejército de Estados Unidos en un comunicado. El mensaje del general Stephen Townsend, jefe del Comando de África de Estados Unidos (Africom), no se anda por las ramas: “Durante mucho tiempo Rusia ha negado el alcance de su implicación en el actual conflicto libio. Bien, ya no puede negarlo”. Townsend sostiene que ni las tropas de Hafter ni los mercenarios de Wagner pueden “armar, tripular y mantener” estos aviones sin la ayuda de un Estado detrás de ellos.

Este comunicado implica un cambio de posición en la actitud de Estados Unidos. La primera potencia militar del mundo ha pasado en un año de apoyar a Hafter, a través de una llamada de teléfono del presidente Donald Trump, a criticar la ayuda rusa que recibe.

El Kremlin no se ha pronunciado sobre los cazas. Y siempre ha negado la presencia de mercenarios rusos en Libia. La oscura compañía Wagner está vinculada a Yevgeni Prigozhin, aliado de Vladímir Putin. Aunque en Rusia es ilegal combatir con contratistas militares en el extranjero, Wagner ha tenido un papel clave en la guerra siria y ha participado en operaciones en Ucrania, Sudán y República Centroafricana. Mientras, los medios de la órbita del Kremlin sostienen que Washington acusa ahora a Moscú de prestar apoyo militar aéreo a Hafter por su interés en mantener la idea de la “amenaza rusa”.

Un diplomático occidental que solicita el anonimato describe la situación como una partida de ajedrez: “Turquía y Rusia ya habían colocado sus peones en Libia. Y ahora Rusia coloca sus caballos. ¿Pero el Kremlin estará dispuesto a utilizarlos? Porque el riesgo de que se produzcan roces con pérdidas de aviones y pilotos ya serían palabras mayores. Los dos países están enseñando sus músculos frente a Europa”.

Jalel Harchaoui, investigador del Clingendael Institute, sostiene que existe un acuerdo tácito entre Turquía y Rusia para evitar un enfrentamiento directo en territorio libio. Harchaoui cree que la retirada de los mercenarios rusos de Trípoli, cuyo número estima en 3.000, es como si el presidente ruso, Vladímir Putin dijera a su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan: “Tú has librado un cierto número de batallas exitosas y yo lo respeto. Mis hombres están allí y no deseo que mueran ciudadanos rusos. Puede que Hafter continúe peleando en Trípoli; quizás contrate más mercenarios sudaneses o sirios, como los que ya tiene. Pero yo saco de ahí a los rusos de Wagner. Por el momento, eres tú, Erdogan, quien se queda con Trípoli. Pero yo emplazaré mis aviones en el centro del país, en la misma región de Tripolitana”.

Harchaoui considera que Rusia evita así cualquier intento de Turquía de hacerse con los pozos situados en el noreste, el llamado “Creciente Petrolero”, y en el sur del país.

“La estrategia de Moscú”, prosigue Harchaoui, “consiste en decirle a Hafter y a las tribus que lo apoyan en la región de la Cirenaica, en el este: ‘Los turcos están en Trípoli. Eso es un hecho militar. Y vosotros no podéis sobrevivir si contáis solo con los Estados del Golfo. Son demasiado pequeños y desorganizados. No son una verdadera potencia planetaria como Rusia’. Hay que tener en cuenta que a Wagner no le paga el Estado ruso sino Emiratos. Rusia acepta esa prestación comercial y militar de los mercenarios. Pero cada vez que acepta intervenir, su presencia se convierte en más esencial”.

Harchaoui cree que Rusia se beneficia así no solo de los fracasos en Libia de Emiratos Árabes, de la Unión Europea y de EE UU, sino también del éxito de Ankara. “Turquía no es ni un enemigo de Rusia ni un amigo”.

Por su parte, el analista militar ruso Pavel Felgenhauer explica que hay quien sostiene que los mercenarios se han retirado por falta de pago. Además Hafter y los paramilitares han sufrido importantes pérdidas en el campo de batalla en las últimas semanas. “Publicaciones cercanas a Prigozhin han declarado que Hafter demora los pagos o ni siquiera los abona. Así que, en respuesta, la compañía limitó su participación en las acciones militares ya hace unos meses. Pero esto no es solo una cuestión económica, sino también política. Moscú está insatisfecho con Hafter, así que tienen la orden de no esforzarse mucho”, señala Felgenhauer.

En enero, Moscú celebró una reunión de negociación con Hafter y con la otra parte del conflicto, el jefe del Gobierno de Unidad, Fayed el Serraj, en la que se esperaba la firma de un alto el fuego. Pero no solo no funcionó sino que Hafter se marchó durante la noche sin avisar. “Ofendió personalmente a Putin. Desde entonces empezaron los problemas. En el Kremlin lo tomaron con un insulto personal”, sostiene Felgenhauer.

Queda por ver cuál será el papel del mariscal Hafter en este nuevo equilibrio. Su imagen como hombre fuerte de Libia, único capaz de aportar estabilidad al país se ha visto muy desacreditada tras un año de asedio infructuoso. Pero, hoy por hoy, no se atisba en el este de Libia ninguna figura militar que pudiera reemplazarle.

Dudas sobre la procedencia de los aviones

El despliegue de aviones de combate rusos en Libia supondría una escalada importante en la participación de Moscú en el conflicto. Aunque algunos expertos rusos han expresado sus dudas sobre la procedencia de los cazas, ya que esto supondría un riesgo y un gran cambio en el discurso diplomático sobre Libia que mantiene Moscú. “Los aviones también podrían ser de Bielorrusia y financiados por Abu Dhabi”, apunta el veterano analista Felgenhauer.

También el jefe del Comité de Defensa y Seguridad del Consejo de la Federación —la Cámara Alta del Parlamento ruso—, Viktor Bóndarev, ha asegurado que si se confirma la presencia de aviones, “no son rusos, sino soviéticos”. Según Bóndarev, en los años ochenta casi todos los países del Pacto de Varsovia tenían cazas MiG-29 y también se vendieron a África y a Asia. “Igual que los estadounidenses vendían y venden activamente sus aviones F-16, que están dejando de usar”, dice el senador, que fue comandante de las fuerzas aeroespaciales rusas hasta 2017.

Bóndarev asegura que desde los tiempos soviéticos, casi un millar de estos cazas se han vendido al extranjero. “Desde la caída de la URSS nuestros aliados entraron en la OTAN y comenzaron a venderlos por todo el mundo”, ha afirmado a la agencia estatal Tass. Y añadió: “Los antiguos MiG-29 soviéticos ahora están en todo el mundo. Y Libia no es la excepción. No es el único país de África que ha tenido”.

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