Nawal Ben Aisa: La activista del Rif que se enfrenta a Mohamed VI

De símbolo de las protestas en la región más deprimida de Marruecos a asilada en los Países Bajos, esta ama de casa lucha por mantener viva su causa

Nawal Ben Aisa, durante las protestas en Alhucemas, en mayo de 2017.
Nawal Ben Aisa, durante las protestas en Alhucemas, en mayo de 2017.AFP

Si no fuera porque ella misma afirma que nunca había subido antes a una bici, la imagen de Nawal Ben Aisa, de 38 años, pedaleando con su hijo pequeño en el sillín de atrás, pasaría desapercibida en Maastricht, la histórica ciudad del sur de los Países Bajos donde vive desde que, en febrero de 2020, el Gobierno neerlandés le concediera asilo político. Sin embargo, la vida de Nawal se ha llenado de primeras veces en los últimos meses. Sin filiación política o sindical, se define como “un ama de casa cualquiera”, que en 2018 se transformó en la abanderada de las protestas del Hirak (Movimiento popular) del Rif, nacidas dos años antes para reclamar mejoras económicas y sociales en esta desfavorecida región del norte de Marruecos. Nawal dice que tuvo “que tomar el relevo de las demandas esenciales de trabajo, educación y sanidad impulsadas por Nasser Zafzafi en Alhucemas”, y espera que “el movimiento siga adelante, porque solo reclamamos derechos humanos universales”. Sentada en una cafetería, admite a su vez que “para lograr cambios en todo el país es preciso unirse, porque ahora, en Marruecos, hablas y te detienen”.

Nawal tiene muchas ganas de hacer cosas, y evalúa con realismo lo ocurrido. “He dejado atrás a mis otros tres hijos, dos chicos y una chica, de entre 16 y 11 años, y a mi marido; a mis padres y a mis suegros. Toda mi vida y mi patria. Europa es hermosa, pero nunca imaginé que tendría que abandonar mi hogar por pedir un hospital contra el cáncer, o mejoras educativas. Los jóvenes del Rif no tienen futuro por culpa del paro y se han ido marchando a Francia o España. Pero repito que yo solo soy un ejemplo de miles de mujeres, y espero poder continuar el movimiento desde aquí, porque hay mucha gente que quiere ayudar”. Animada por Nasser Zafzafi, líder de las protestas en Alhucemas, la población rifeña se levantó en 2016 tras la muerte de Mouhcine Fikri, un vendedor de pescado triturado en un camión de basura cuando trataba de impedir que le confiscaran su mercancía. Cuando Zafzafi fue detenido y condenado a 20 años de cárcel en 2018, Nawal se convirtió en el rostro de las manifestaciones.

“En una sociedad conservadora como la nuestra, una mujer al frente de una concentración resulta muy llamativo, aunque no pensé que me detuvieran porque no me considero una política. Reclamamos derechos que todo el mundo entiende, y amamos la libertad. No es justo que hayan encarcelado a tantos activistas por algo así”. La sencillez de Nawal es también su modelo de fortaleza. Reconoce “un dolor inmenso de corazón cuando mi hija pregunta que por qué no regreso a casa”, y hace votos por traerse a su familia “cuando pueda, porque ahora tengo un permiso de residencia de un año y vivo en un centro para solicitantes de asilo a la espera de una casa”, al tiempo que descalifica al rey, Mohamed VI. El centro donde permanece de forma temporal junto a su hijo, situado a pocos minutos del centro de Maastricht, tiene capacidad para unas 250 personas. El edificio albergaba las antiguas oficinas de la compañía de computadoras Macintosh, que han sido acondicionadas. Ella dispone de una habitación con dos camas, una mesa, sillas y armario. El resto de los servicios son compartidos con las demás familias en busca de asilo, y una parte está reservada para menores no acompañados. La estancia máxima es de 5 años.

“Ojalá haya un movimiento en todo Marruecos, porque este es un rey fallido”, afirma. Se le escapa entonces un suspiro y una sonrisa, y se explica. “El Rif ha estado siempre deprimido y oprimido, y nos contaron cosas muy duras de Hassan II [el padre de Mohamed VI], así que teníamos confianza en su hijo cuando le sucedió. Creímos que haría algo por la región, pero no ha impedido nuestro sufrimiento. Por eso lo llamo fallido”.

De no ser por la postura del monarca, ella cree que no habría tenido que abandonar su país, y relata con tiento su salida clandestina de Marruecos. “Fue vía Tetuán y Ceuta. Para cruzar la frontera tuve que pagar [prefiere no decir la cantidad ni hacer pública la manera en que lo hizo]. Luego fui Algeciras y Madrid, y más tarde, en avión, a Ámsterdam. No llamé a mi familia hasta que estuve en Madrid”, dice, emocionada, porque no sabía si seguir adelante. “No me podía quedar. Me arrestaron varias veces y fui condenada a 10 meses de cárcel [que no cumplió al huir] y el acoso alcanzaba ya a mi entorno”.

Pudo pedir asilo en los Países Bajos porque tenía un visado. Este documento le fue expedido para dar una charla en Ámsterdam a la que las autoridades marroquíes le prohibieron asistir, pero seguía vigente cuando decidió dejar su país. “El Gobierno neerlandés [cerca del 80% de sus 400.000 ciudadanos originarios de Marruecos proceden el Rif] ha sido valiente al reconocer que hay un problema con los derechos humanos en Marruecos”, apunta. Y la verdad es que su caso es singular: Marruecos figura en la lista de los considerados seguros por el Ejecutivo de Países Bajos, por lo que no se suele contemplar el refugio por motivos políticos, como ha ocurrido en el caso de Nawal.

Durante la charla, el hijo se duerme, y ella recuerda que el chico “se levanta a las siete de la mañana para ir a la escuela y ya empieza a hablar neerlandés”. “Yo también debo aprenderlo”, reconoce, a punto de marchar. En la despedida, afirma serena ser una persona realista que mantiene “la esperanza de que el mundo entero haga algo por el Rif, y por Marruecos, en general”.

Este sábado, Nawal contará por primera vez su historia en los Países Bajos, en persona y en público, en De Balie, la emblemática sala de debate de Ámsterdam.

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