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EP Firmas BLOGS Por PILAR BONET

Volodimir Zelenski, del esprint al maratón ante el problema separatista

Los acuerdos en la cumbre de Paris permiten resolver problemas humanitarios en el Este de Ucrania

Volodímir Zelenski y Emmanuel Macron, el martes en la cumbre sobre Ucrania en París.
Volodímir Zelenski y Emmanuel Macron, el martes en la cumbre sobre Ucrania en París. EFE

La cantidad de víctimas puede disminuir y la situación humanitaria mejorar en la zona del Donbás en el Este de Ucrania, si se cumple lo acordado por los líderes del denominado cuarteto de Normandía (Alemania, Francia, Ucrania y Rusia) el 9 de diciembre en Paris

Para los residentes en el territorio ubicado entre la frontera con Rusia y una línea de frente de más de 420 kilómetros esto sería un alivio, aunque no suponga la reintegración a Ucrania de las autodenominadas “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk (DNR y LNR).

Acabar con el reguero de sangre, que se ha vertido desde 2014 puede suponer paradójicamente que se crean condiciones para que el conflicto,-- una vez desactivada su componente bélica--, quede “congelado” durante mucho tiempo, como lo están otros conflictos en el espacio postsoviético desde principios de la década de los noventa. El Donbás pasaría así a la categoría de heridas abiertas, aunque no sangrantes, del continente europeo.

Zelenski, que tenía grandes ambiciones y prisas en relación con DNR y LNR, debe ahora decidir si sigue el sprint o se orienta hacia la maratón. En septiembre un veterano diplomático alemán en Kiev mencionaba como modelo el tratado de 1972 entre RFA y RDA, que permitió coexistir pacíficamente a los dos Estados alemanes sin que la RFA renunciara a un futuro común. Este ejemplo, salvando las distancias, tiene sus adeptos en Ucrania.

Las fronteras y las elecciones son los puntos más polémicos entre Ucrania y Rusia. Zelenski quisiera obtener el control de las fronteras de los territorios secesionistas con Rusia antes de que haya elecciones municipales en ellos. Pero, el presidente ruso Vladímir Putin mantiene un criterio opuesto y no está dispuesto a ceder.

A su vuelta a Moscú desde París, Putin explicó por qué no quiere dar su brazo a torcer. Si Ucrania controla las fronteras eso será “Serebreniza”, dijo el líder ruso, insinuando que sectores nacionalistas de Ucrania podrían perpetrar una matanza como la que sucedió en 1995 en aquella localidad de Bosnia, donde cerca de 8000 musulmanes fueron exterminados por milicias serbias. Putin es un maestro en su capacidad de utilizar los mismos hechos en narrativas diversas. En julio de 2015, Rusia vetó una resolución del consejo de Seguridad de la ONU destinada a catalogar como genocidio a aquella matanza. Entonces Moscú actúo a instancias de Serbia alegando que se trataba de una resolución desestabilizadora y contraria a la reconciliación.

En Paris, Zelenski defendió con firmeza sus posiciones, tanto las propias que consisten en reintegrar los territorios secesionistas de forma pacífica, como las que le exigían los manifestantes en la calle en Kiev. El presidente ucraniano rechazó las concesiones sobre la soberanía nacional tanto en Donbás como en Crimea, las dos regiones donde Moscú ha apoyado a los separatistas prorusos.

En lo que se refiere a una solución de consenso para Donbás, Rusia puede esperar pero no sin perjuicios, porque, mientras se mantengan las sanciones occidentales, su economía se ve afectada por restricciones que “no matan”, pero perjudican a su industria, frenan la circulación de la alta tecnología y la extracción de petróleo en el Ártico.

Hoy, Rusia repite lo que ya hizo en otros territorios no reconocidos, a saber, repartir pasaportes rusos entre sus habitantes. Desde abril las “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk han presentado más de 160.000 solicitudes de ciudadanía en las oficinas creadas al efecto en Rostov (en la Federación Rusa), según dijo el ministro del Interior de Rusia, Vladimir Kolokóltsev, citado por la agencia de información dnr-news el 9 de diciembre. Según el ministro, Rusia aprobó 125.000 de las solicitudes presentadas. En Paris, Zelenski se refirió a más de 3 millones de personas que, debido al conflicto, tuvieron que desplazarse de las zonas secesionistas al resto de Ucrania.

Los pasaportes rusos son documentos multifuncionales y eventualmente podrían servir al Kremlin para justificar la defensa de sus “ciudadanos” en el Este de Ucrania. Hoy, sin embargo, suponen una oportunidad de salvación individual para sus portadores, que pueden ponerse a salvo en Rusia de la precaria situación económica en DNR y LNR, donde los sueldos apenas cubren los gastos más elementales. A esto, en DNR se sumaron en otoño los impagos de salarios por parte de Neshtorgservice (VTS), una empresa con sede en Moscú, que administra la propiedad confiscada por las autoridades secesionistas en 2017. A mediados de noviembre, los mineros de la DNR llevaban hasta tres meses sin cobrar sus salarios, según confirmaron a esta periodista fuentes informadas en Donetsk. La VTC, dirigida por Serguéi Kúrchenko, un fiel colaborador del ex presidente ucraniano, Víctor Yanukovich, tampoco invierte en mantenimiento de la industria y la minería que le fueron transferidas.

En torno a la cumbre de Paris, los secesionistas en la DNR han efectuado demostrativos gestos para expresar que la única integración que vislumbran y desean es con Rusia. Entre otras cosas aprobaron una ley según la cual reiteran que sus “fronteras” abarcan todo el conjunto de la región ahora escindida (una parte bajo control de Ucrania y otra de los secesionistas) y declararon que van a eliminar el idioma ucraniano del programa escolar. Esta última medida es una réplica a la política oficial de Ucrania.

Por cierto, que la comisión de Venecia del Consejo de Europa, acaba de difundir su dictamen sobre la política lingüística de Kiev en relación al ruso y otros idiomas minoritarios. El documento aconseja a las autoridades ucranianas revisar, corregir, posponer y coordinar su legislación con el fin de lograr un equilibrio entre el idioma oficial y los derechos de las minorías, segmentadas ahora en un conjunto de dudosas categorías, más políticas que lingüísticas.

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