La larga y difícil recuperación de Fukushima

El Gobierno japonés quiere impulsar la región como centro de energías renovables y aprovechar los Juegos Olímpicos de Tokio como escaparate

Empleados de Tepco supervisan las obras de reparación en la central Daiichi de Fukushima el pasado mes de febrero
Empleados de Tepco supervisan las obras de reparación en la central Daiichi de Fukushima el pasado mes de febreroIssei Kato / REUTERS

Casi nueve años después del terremoto de mayor magnitud y del tsunami posterior registrados nunca en la historia de Japón y que acabaron provocando el accidente de la central nuclear de Fukushima, las consecuencias aún se dejan sentir en esta prefectura situada al norte de Tokio. Los últimos datos oficiales arrojan la escalofriante cifra de 2.563 personas que permanecen oficialmente desaparecidas a los que se suman 19.689 fallecidos. Y pese al tiempo que ha pasado desde el accidente, 49.619 personas aún se mantienen evacuadas, fuera de sus casas, en alojamientos temporales y habitáculos públicos. Muchos difícilmente volverán alguna vez a sus viviendas.

El Gobierno de Tokio se ha fijado un plazo de 30 o 40 años para finalizar las labores de recuperación, lo que significa que pueden extenderse más allá de 2050. Pero no pocos expertos lo consideran un plazo optimista. "Tenemos problemas para reclutar a trabajadores que quieran ir a esas zonas", admite Tetsuya Yamada, de la Agencia de Reconstrucción en sus oficinas de Tokio, durante un viaje organizado por el Gobierno de Japón, al que fue invitado EL PAÍS.

El impacto del tsunami todavía se cuela en el día a día de la región, la tercera mayor de Japón, dedicada sobre todo a la industria pesquera y la agricultura y con una población superior a los 1,8 millones de habitantes. Los agricultores tienen que llevar sus cosechas, incluso lo que dediquen a consumo propio o comida del ganado, a unos almacenes para que escaneen su contenido. Durante la época alta de recolección del arroz, por ejemplo, en cada centro se escanean más de 2.000 sacos cada día, de unos 30 kilos cada uno. El coste de las instalaciones, su mantenimiento y el sueldo de los trabajadores empleados corre a cargo de la empresa propietaria de la planta nuclear, Tepco. Desde 2015 ninguno de esos sacos ha superado los límites considerados normales, según cuentan los responsables locales, y pese a eso todavía hay cinco países mantienen las restricciones a los alimentos procedentes de Fukushima. La Unión Europea se ha comprometido a levantar las salvedades impuestas, pero la decisión aún está pendiente de ejecución. Incluso en el mercado japonés, donde el arroz nacional es incuestionable, el procedente de Fukushima se vende con notable descuento en los supermercados.

"Los alimentos de Fukushima son perfectamente sanos y seguros", insiste Yamada mientras bebe agua embotellada procedente de la prefectura, como todos en la Agencia. Pese a los esfuerzos de las autoridades, las reticencias y los problemas persisten. En diciembre pasado, las autoridades japonesas anunciaron su intención de retrasar otros cinco años --2028-- la retirada del combustible almacenado en dos de los reactores de la planta nuclear de Daiichi ante la imposibilidad de garantizar la seguridad del proceso y evitar nuevas contaminaciones. Una medida que evidencia una más de las dificultades para lidiar con la catástrofe vivida en Fukushima en 2011. La amenaza de la radioactividad ha obligado a los agricultores a aumentar los fertilizantes con alto contenido en potasio. Pero hay tierras que difícilmente podrán volver a recuperarse para el cultivo o la ganadería, pese a que en algunos lugares las autoridades directamente ha removido la capa de tierra contaminada y la han sustituido por otra nueva.

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Así que el Gobierno de Shinzo Abe ha decidido reinventar el futuro de la región y situar a Fukushima a la cabeza de sus planes para impulsar las energías renovables en el país, con el objetivo de que el 100% de la energía de Fukushima proceda de fuentes reemplazables para 2040. Quiere aprovechar todas esas tierras abandonadas e improductivas para instalar en ellas un total de 11 plantas solares y otras 10 eólicas, que surtan de energía a la región y a la megaurbe, Tokio. El proyecto echa a andar este mes de enero, con una inversión prevista de 300.000 millones de yenes (unos 2.465 millones de euros). A día de hoy, las renovables apenas alcanzan el 18% del mix energético del país.

El Ejecutivo de Shinzo Abe está embarcado en una campaña para dejar atrás el recuerdo de la catástrofe y quiere utilizar los Juegos Olímpicos de Tokio del próximo verano como escaparate de los cambios abordados en estos años. "Serán las Olimpiadas de la recuperación", señala la prensa nipona, en clara referencia a los Juegos de 1964 cuando Tokio mostró al mundo su emergencia apenas 19 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando la antorcha olímpica llegue a suelo japonés el próximo mes de marzo y comience su recorrido por el país lo hará en Fukushima, justo donde se instaló en 2011 uno de los campamentos para acoger a las víctimas del tsunami y recorrerá 11 localidades de la prefectura, ninguna cercana a la central. “Es una oportunidad para recordar el terremoto y sus víctimas y agradecer el apoyo que entonces nos prestó el mundo”, asegura Kentaro Kato, director de relaciones con los medios del comité de Tokio 2020 desde uno de los edificios cercanos a la villa olímpica. Pese a que será la capital la que acogerá el grueso de las competiciones, los partidos de béisbol –un deporte muy popular en el país—se celebrarán en Fukushima. Una decisión que obligará a acoger allí a los deportistas durante todo el tiempo que dure el campeonato.

Y ahí vuelve de nuevo la polémica. Corea del Sur ha exigido a las autoridades japonesas que la alimentación que reciban los deportistas no sólo esté certificada sino que proceda directamente de fuera de la región. Incluso ha pedido que Greenpeace pueda monitorear los niveles de radiación de las instalaciones donde se moverán los deportistas y los espectadores.

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