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La voz que canta a la transición sudanesa

La estudiante, de 22 años, se ha convertido en el símbolo de la revolución que derrocó a Omar al Bashir

Alaa Salah
Alaa Salah, este martes en la Casa de América en Madrid.

Alaa Salah (Jartum, 22 años) llegó exhausta y afónica a su casa el pasado 8 de abril. Las últimas horas habían sido de mucha adrenalina. Estaba eufórica. Por primera vez en muchas semanas, los manifestantes habían logrado volver a las puertas del cuartel general del Ejército en la capital sudanesa, epicentro de meses de protestas contra la dictadura de Omar al Bashir. "Éramos más de un millón de personas", asegura emocionada. Aun así, esta estudiante de Arquitectura no era consciente de la vertiginosa transformación que se estaba produciendo en su vida. Una foto de esa tarde, en la que ella era la protagonista, estaba llegando a millones de personas a través de las redes sociales y algunos de los principales medios internacionales. Se había convertido en el símbolo de la revolución sudanesa.

En la imagen, subida a un coche y con un dedo apuntando al cielo, Salah animaba a los manifestantes a resistir mientras cantaba poemas y decenas de teléfonos móviles inmortalizaban el momento. "Thawra" (revolución, en árabe) coreaba la multitud. Con una túnica blanca llamada thawb —utilizada en décadas anteriores por las mujeres durante las protestas antigubernamentales— y grandes pendientes dorados en forma de luna, Salah desafiaba las leyes de orden público que durante los 30 años de Al Bashir en el poder habían oprimido a las mujeres con multas y castigos por su vestimenta, fumar o incluso cantar.  

Tres días después, el Ejército desalojó del poder a Al Bashir, pero la revolución estaba aún lejos de su final. Los ciudadanos mantenían sus reivindicaciones —cuya mecha había prendido tras la suspensión de los subsidios al pan a finales de 2018— y la Junta Militar que había asumido el poder no generaba ninguna confianza.

Criada en una familia acomodada, Salah vivió con intensidad las protestas que se prolongaron durante casi tres años en el país tras la primavera árabe de 2011. "Pese a ser una escolar, sentía perfectamente a través de mis hermanos que el país estaba viviendo momentos clave. Me frustraba no poder participar, sentía que debía actuar por mi país", aseguraba este martes durante una entrevista con EL PAÍS en la Casa de América de Madrid.

Con Al Bashir encarcelado y con Salah convertida en la Dama de la Libertad o la nueva kandaka —término con el que se conoce a las antiguas reinas de Nubia—, "decenas de miles de personas se desplazaron de todo el país a la capital para forzar a los militares a dejar el poder", asegura. "Las sentadas y las protestas se habían extendido por casi todos los sectores. La situación era insostenible", añade. La población, asfixiada económicamente por la tercera tasa de inflación más elevada del mundo —solo por detrás de la de Venezuela y Sudán del Sur—, estaba dispuesta a resistir en pro de una transición democrática.

La represión de los militares fue in crescendo durante las siguientes semanas hasta el baño de sangre que se produjo el 3 de junio en Jartum. "El peor día de la historia reciente del país", murmura. Ese día, las Fuerzas de Respuesta Rápida —un grupo paramilitar controlado por el Gobierno que también opera en los conflictos de Yemen y Libia— impusieron su ley en la urbe sudanesa. Decenas de cadáveres aparecieron en el Nilo —otros se sumergieron con piedras— y al menos 70 mujeres y hombres fueron violados. "Nos cortaron la conexión a Internet, sin el que nunca hubiera sido posible derrocar a Al Bashir", comenta. Varios organismos independientes elevan la cifra de muertos ese día a más de un centenar. 

La represión se redujo tras la masacre. Y en agosto, militares y civiles pusieron en marcha un proceso de transición que durará 39 meses y debe culminar con la celebración de elecciones libres. "Tenemos esperanza porque estamos empezando a ver signos positivos. Las mujeres nos sentimos mucho más libres que a principios del año", sentencia Salah.

La activista asegura que aún no ha tenido tiempo de pensar fríamente si será candidata o no en las futuras elecciones. "Aún tengo mucho que aportar desde fuera de la política. Y siempre estaré disponible para servir a mi país", sostiene.

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