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Estrasburgo, ciudad resignada al terror

Vecinos de la localidad francesa coinciden en que era cuestión de tiempo que ocurriera un ataque como el de las inmediaciones del mercadillo de Navidad

FOTO: Gendarmes montan guardia en el lugar donde se produjo un ataque en Estrasburgo. / VÍDEO: Crónica en primera persona de la enviada especial de EL PAÍS, Silvia Ayuso, en Estrasburgo.

Estrasburgo, la ciudad de la unidad europea y de los derechos humanos, se despertó el miércoles como la última víctima de un mortal ataque inexplicable. De luto por las al menos dos personas muertas por los disparos de un hombre que también hirió a otra docena de víctimas, antes de emprender una huida que aún no había terminado cuando la ciudad volvía a activarse tras una noche de insomnio. Rodeada de fuerzas policiales que seguían buscando frenéticamente al agresor. Y resignada porque, coincidían muchos vecinos, un ataque como el sufrido en las cercanías del mercadillo de Navidad, en pleno corazón de la ciudad, no era más que una cuestión de tiempo.

"Ya se nos pasará con tiempo el susto"

Para Trinidad Noguera, asistente parlamentaria del eurodiputado socialista Ramón Jáuregui, la del martes era una noche típica de cuando el Parlamento Europeo sesiona en Estrasburgo. Mientras la última sesión continuaba en la sede europea, ella y un becario salieron al centro poco antes de las 20.00 de la noche, “a buscar el paraguas que se había olvidado” la víspera en un local antes de juntarse con otros compañeros para “una cena de despedida de becarios”.

Nunca se llegó a celebrar. “Pasábamos por la Rue des Grandes Arcades (en el casco histórico) cuando vimos en una callejuela a una persona tumbada en el suelo, en un charco de lo que luego vimos era sangre”, contaba este miércoles, ya de vuelta en su despacho, con tono sereno. Como vieron que el hombre, “un señor de aspecto europeo, de unos 50 años”, estaba siendo atendido, y temiendo en esos momentos que se tratara de una reyerta, decidieron salir de la zona, pero no lograron ir muy lejos antes de ser sorprendidos por “un vocerío, luego supimos que eran policías y militares”. Asustados, en ese momento dieron media vuelta y acabaron refugiados en Le Glacier Franchi, una popular heladería y tetería de Estrasburgo. “Era lo primero que vimos abierto”, reconoce. Poco después, también fue trasladado al local el herido. Aunque ellos todavía lo vieron consciente, acabaría siendo una de las dos víctimas mortales —una tercera está en estado de muerte cerebral, según la fiscalía— del agresor que se había liado a tiros, por motivos aún no del todo claros, en las inmediaciones del popular mercadillo de Navidad.

La policía instó a la veintena de personas que acabaron refugiadas en la heladería a subir al primer piso, “un almacén” más resguardado que el local con amplias cristaleras donde estuvieron sentados en el suelo, con las luces apagadas, esperando durante un tiempo que Noguera no sabe precisar —“bastante rato, puede que más de una hora”— antes de que los agentes regresaran para tomarles declaración. “Nos dejaron salir finalmente a las doce de la noche”, agregó Noguera, que precisó que estuvieron en todo momento “muy bien atendidos” por los agentes que les mantuvieron informados de lo que iba sucediendo y ofrecieron asistencia psicológica a quienes la precisaran.

Como tantos en Estrasburgo este miércoles, Noguera decidió volver a su despacho en el Parlamento Europeo y continuar su trabajo. Las sesiones en Estrasburgo continúan hasta el jueves. “Ahora estamos bien. No hay que hacerse la víctima, no nos ha pasado nada. Ya se nos pasará con tiempo el susto que cada uno tenga. Lo importante ahora es que cojan al tipo”.

“Nos esperábamos algo así en cualquier momento”. Gabrielle, una jubilada vecina de la zona del casco histórico sitiado durante buena parte de la noche, decidió, pese a todo, salir a primera hora de la mañana a hacer sus compras. Apenas durmió, contaba, por el ruido de los helicópteros que sobrevolaron su barrio toda la madrugada, y por el movimiento constante de los agentes de seguridad movilizados “con chalecos antibalas, cascos” y armados hasta los dientes, recordó. “Pero la vida continúa y tenemos que demostrar que no tenemos miedo”, agregó mientras continuaba su camino.

Aunque las autoridades decidieron finalmente mantener abiertas las escuelas e institutos, para enviar una señal de normalidad, los tranvías volvían a circular y bastantes comercios se animaban a abrir, el centro histórico de la ciudad seguía siendo una zona fantasma a una hora en que, sobre todo en estas fechas, la ciudad anda a rebosar de turistas ansiosos por visitar el mercadillo de Navidad, el más antiguo de Francia y uno de los primeros también de toda Europa.

Riesgo de "mimetismo"

La presencia policial era intensa este miércoles en las calles de esta ciudad fronteriza con Alemania, donde también se busca activamente al agresor fugitivo. Solo en la zona francesa, 350 policías y gendarmes han sido designados al operativo de búsqueda, apoyados por dos helicópteros y equipos de las fuerzas especiales y de la operación Centinela, según la prefectura. El ministro del Interior, Christophe Castaner, que se encuentra desde la pasada noche en la ciudad alsaciana, ha decretado el nivel de “urgencia terrorista” del plan Vigipirata, el dispositivo gubernamental de vigilancia ante la amenaza terrorista. Se trata del nivel máximo de este sistema, que implica, entre otros, un refuerzo de las fronteras y, también, de “todos los mercadillos de Navidad de Francia por riesgo de mimetismo”, explicó Castaner. Las patrullas de la operación Centinela, el dispositivo de vigilancia militar lanzado tras los atentados de 2015 y que sigue movilizando a 10.000 efectivos, también han sido reforzadas en toda Francia.

No este miércoles. El alcalde, Roland Ries, decretó el cierre durante toda la jornada del mercadillo, así como la suspensión de todas las actividades culturales previstas. También están prohibidas “hasta nueva orden” todas las manifestaciones o reuniones, recalcó la prefectura de la región del Gran Este y Bajo Rin. Las banderas —pocas— en los sitios oficiales debían ondear a media asta.

Un grupo de turistas chinos paseaba despistado entre las patrullas militares y policiales desplegadas en plazas y puntos estratégicos de la ciudad, como los puentes de acceso a la isla donde se extiende el casco histórico donde se produjo el tiroteo, y por los que solo se accedía tras un registro de bolsos y mochilas. “No teníamos ni idea”, dijo uno, sorprendido, uno ante la plaza de la catedral, rodeado de puestos navideños de madera que permanecían firmemente cerrados. Mercy, una turista filipina, sí que sabía lo que había pasado en ese mismo lugar unas horas antes. “Lo seguí desde el hotel”, explicó. Pero como está solo unos días de visita en Europa, decidió “aprovechar el tiempo” y pasear pese a que había poco que ver esta jornada en la ciudad alsaciana.

Porque pese a la decisión de muchos residentes de seguir la máxima de “la vida continúa”, como repetían de manera coincidente, poco o nada era, de hecho, normal en Estrasburgo tras un ataque que el Gobierno no quiere aún calificar como terrorista, pero que ha hecho revivir a muchos franceses unos tiempos de temor de atentados que muchos creían, o esperaban, haber dejado atrás. Aunque la amenaza siempre siguió presente, como recordó también el ataque del pasado marzo en Trèbes, en el sur del país.

“Desde el Bataclan [la sala de conciertos parisina atacada por un comando terrorista el 13 de noviembre de 2015], estamos más habituados”, explicaba Laurent Jean. Aunque es uno de los vecinos que no pegó ojo durante la noche de tensión máxima en la ciudad, este responsable de una tienda de souvenirs a un costado de la catedral acudió a primera hora de la mañana dispuesto a abrir el comercio, aunque acabó bajando las persianas poco después por “recomendación” de las autoridades. También él era consciente de que Estrasburgo podía ser víctima de algún tipo de ataque terrorista en cualquier momento. “Ya han desbaratado algunos intentos”, recordó. Vivir con el terrorismo es algo que, “por desgracia”, se ha convertido en la nueva norma.

Su hijo de ocho años, contaba, hace simulacros en el colegio para prepararse ante un eventual ataque. ¿Miedo? No, respondió. Al fin y al cabo, según Jean, Estrasburgo es una ciudad con un alto nivel de seguridad. Pesaroso por el día de negocio perdido en una época tan importante para comercios como el suyo, abarrotado de decoraciones navideñas, se encogió de hombros, resignado, mientras sus empleados recogían la tienda. “Hoy cerramos, pero mañana será otro día. Espero que sigan viniendo turistas”.

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