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La necesidad del desierto

López Obrador necesita un pequeño exilio interno para asimilar las consecuencias de su victoria

López Obrador en un mitin en León, Guanajuato.
López Obrador en un mitin en León, Guanajuato. EFE

¡Con el Atlas aunque gane!, decían los buenos aficionados de este equipo tapatío de fútbol tan acostumbrado a las derrotas, que sus seguidores solían perturbarse cuando conseguía algún triunfo importante. Algo similar, me parece, está pasando con Andrés Manuel López Obrador.

López Obrador  ha sido tanto tiempo un luchador contra el sistema que no está resultando fácil la conversión en responsable operador de ese sistema

Desde el primero de julio, cuando arrasó en las elecciones y se convirtió en presidente electo, no se ha detenido un momento para asimilar cabalmente lo que ha cambiado con su victoria. Y no me refiero a su entorno o al país, sino a su disposición personal frente al poder. No parece darse cuenta de que algo ha dado un giro de 180 grados: antes era la principal fuerza contestaria ante el poder institucional; ahora es él quien encarna ese poder.

Han sido tres meses de alfombras rojas, mítines de incienso y alabanzas, sesiones de genuflexiones en las que recibe peticiones imposibles de satisfacer ante las cuales se siente obligado a dar una solución. A veces responde como candidato en campaña, como cuando asegura que México se encuentra en la bancarrota; en otras, como soberano absoluto y promete objetivos que están fuera del ámbito de posibilidades de la presidencia.

A ratos imita a Peña Nieto al descalificar a las críticas como producto de las diatribas de sus adversarios, por ejemplo ante los cuestionamientos a la boda suntuosa de su principal colaborador; a ratos en cambio, transmite la sensación de que nada lo aflige ni preocupa, confiado en los ahorros ilimitados que su austeridad provocará en el fisco, suficiente para resolver los problemas del país.

En suma, como aficionado del Atlas ante un triunfo, que por momentos se hunde en la desesperación de que la victoria será irrepetible, y en otros momentos lo inflama la convicción de que tras ese triunfo el límite será la Champions.

Desde luego, el limbo de poder que generan los cinco meses que median entre la elección y la toma de posesión (entrará a Palacio Nacional hasta el 1 de diciembre) favorecen esta zona gris que lo convierten en presidente sin aún serlo.

Hoy mismo se encuentra en una larga gira de agradecimiento por todo el país que durará varias semanas. La alegría genuina o el mero oportunismo de los públicos que lo reciben le llevan a proferir descalificaciones contra los obstáculos o a garantizar futuros imposibles. Abordar los reclamos ancestrales lo convierte de nuevo en candidato opositor armado de un dedo flamígero. Y, por otro lado, responder a las necesidades y aspiraciones acumuladas en cada región que visita, está provocando que su agenda de gobierno comience a convertirse en una carta a los Reyes Magos.

En las redes sociales se afirma que alguien tendría que decirle a López Obrador que ya ganó y que no tiene que seguir jugando al opositor incendiario; pero también habría que advertirle que lo que ganó es un puesto de piloto que carece de muchos botones y palancas de mando de una nave que hace rato está fuera de curso.

López Obrador supo actuar en la derrota en 2006 y 2012. Contra lo que se haya dicho, hace 12 años su plantón en Paseo de la Reforma para protestar contra el fraude electoral, fue el justo medio que permitió que los ánimos no terminaran por radicalizarse. Y el fracaso de 2012 dio lugar a un período de exilio interno que le llevó a reflexionar y hacer los ajustes que abrirían las posibilidades para 2018.

Hoy, como en la derrota, López Obrador necesitaría también de un pequeño exilio interno para asimilar todas las consecuencias de su victoria. El lugar en donde ahora se encuentra no se parece a ningún otro en el que haya estado antes. Ha sido tanto tiempo un luchador contra el sistema que no está resultando fácil la conversión en responsable operador de ese sistema, así sea para cambiarlo.

Saber ganar es tan difícil como saber perder. Y ambas requieren de una asimilación personal íntima y profunda, particularmente cuando hay tanto en juego. De otra manera las ocurrencias y exabruptos seguirán acumulándose en detrimento del estadista en el que podría convertirse. La gira de López Obrador por todo el territorio es un reconocimiento a las fuerzas sociales por y después de la victoria. Ahora hace falta una gira de reconocimiento por su interior, la reflexión en el desierto antes del vértigo.

@jorgezepedap

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