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Macron relanza sus reformas tras un verano accidentado

El presidente francés lidia con la incertidumbre económica y tropiezos políticos como el ' caso Benalla'

Emmanuel Macron y su mujer, el pasado 17 de agosto.
Emmanuel Macron y su mujer, el pasado 17 de agosto. AGTRES

Emmanuel Macron resiste. El presidente francés inicia su segundo curso político en el Palacio del Elíseo tras un verano agitado. El llamado caso Benalla —la revelación de que su jefe de seguridad, Alexander Benalla, agredió a manifestantes en las protestas del pasado 1 de mayo— ha dado alas a la oposición y ha sembrado dudas sobre un estilo de mando demasiado centralizado —monárquico incluso— para muchos franceses. A los tropiezos políticos se añaden las incertidumbres económicas. De las pensiones a la Constitución y a lucha contra la pobreza, Macron quiere mantener el ritmo de las reformas.

La desventaja de Macron es la de todos los presidentes de la República a estas alturas de su mandato. El estado de gracia se ha esfumado. Todo lo que parecía nuevo hace unos meses —el ímpetu del nuevo gobernante, su dinamismo y sus ganas de sacudir Francia— ahora empieza a parecer antiguo, ya visto. Los resultados no llegan y los votantes se impacientan.

La ventaja es que sigue disponiendo de una mayoría cómoda en la Asamblea Nacional, un rodillo parlamentario que limita las posibilidades de bloquear la mayoría de sus iniciativas. Y que tiene enfrente una oposición débil y dividida entre cuatro grupos —la izquierda alternativa, los socialistas, la derecha tradicional y la extrema derecha— que difícilmente se pondrán de acuerdo entre ellos.

Macron reúne este miércoles a su equipo de Gobierno en el primer consejo de ministro de la rentrée, el nuevo curso. Tres semanas de pausa en la Costa Azul le habrá servido para hacer balance de un primer curso que inesperadamente terminó con el caso Benalla, revelado por el diario Le Monde.

El caso en sí —un hombre de confianza del presidente que dedicaba su tiempo libre a ir a la caza del manifestante con las fuerzas policiales— es significativo por lo que expuso sobre las prácticas del poder republicano en Francia: la manga ancha con los colaboradores, la capacidad del jefe de Estado para protegerlos, la dificultad del escrutinio público y los beneficios de los que disfrutan. También porque ofreció a la oposición una vía de ataque que puede ser fructífera, a la hora, por ejemplo, de ralentizar iniciativas que estaban pendientes para este otoño como la reforma de la Constitución.

El problema de la oposición —y el beneficio para el presidente— fue la sobrerreacción. En julio, cuando se desvelaron las prácticas de Benalla, algunos comentaristas llegaron a hablar de caso de Estado, casi un Watergate, y en la Asamblea Nacional se presentaron dos mociones de censura. Ambas fracasaron. 

No fue una tormenta en un vaso de agua, pero tampoco están claros los efectos del caso en la rentrée. La agenda viene cargada, e hipotecada, más que por Benalla, por la revisión a la baja de las perspectivas de crecimiento del producto interior bruto.

En 2017 fue del 2,2%. En 2018, según los cálculos del Gobierno, será del 2% y, en el peor escenario, del 1,8%, un cálculo “imposible”, según ha declarado el economista Patrick Artus, del banco Natixis, al diario Libération. Al aumento de los precios del petróleo, sostiene Artus, se suman las medidas proteccionistas de Estados Unidos y la ralentización del crecimiento chino. “Todo esto debería ser una carga para la economía mundial, incluida la francesa”, dice.

Un menor crecimiento es una dificultad añadida para cuadrar las cuentas y cumplir los objetivos de reducción del déficit. Y este contexto supone una nueva complicación a la hora de poner en práctica el anunciado giro social y a las medidas que fomenten el aumento del poder adquisitivo.

La cuadratura macroniana del círculo tiene una lectura política. Se trata, para el presidente, de mantener las reformas que complacen a la derecha —y sirven para fomentar la discordia en la oposición conservadora— sin perder de vista el flanco progresista. A fin de cuentas, Macron proviene de la órbita socialdemócrata y millones de sus votantes lo fueron antes del Partido Socialista. Algunos se inquietan por unas políticas económicas que consideran demasiado liberales.

Desde que llegó al Elíseo, el presidente de 40 años ha logrado imponer sus reformas más comprometidas —la del mercado laboral y la de la SNCF, la compañía de ferrocarriles públicos—, desafiando a la temida calle francesa. En el programa para el segundo curso, la reforma de las pensiones, que debe armonizar las decenas de planes públicos y privados distintos, es la más complicada.

El peligro es que el efecto de las reformas —en creación de empleo y en aumento del poder adquisitivo— sigan sin notarse. Esto es lo que al final medirá el éxito o fracaso de su presidencia.

Con una popularidad baja, del 32% según un sondeo reciente, pero no catastrófica, afronta otro peligro, que podría llamarse el síndrome del Elíseo: el aislamiento, la desconexión con el francés de a pie, la arrogancia del monarca o, a la inversa, la tendencia de los franceses a cortarle la cabeza al monarca. Las elecciones europeas de 2019 serán el primer examen en las urnas desde que ganó las presidenciales de mayo de 2017. El curso que ahora empieza es electoral.

En la UE, la hora del realismo

Emmanuel Macron inició su primer curso político hace un año presentado en varios discursos su ambicioso plan para reformar la Unión Europea. Estos meses han sido un baño de realismo. Macron ha descubierto en este tiempo que la Alemania de Angela Merkel no le apoyaría en todas sus propuestas. Ha visto como el frente de países gobernados por nacionalistas y populistas sumaba a un socio clave, Italia. De refundar la UE, el objetivo ha pasado a defensivo, ante el auge de los partidos nacionalistas y populistas y la llegada al poder de este campo en un socio clave como Italia. El presidente francés quiere convertir las elecciones europeas de 2019 en un choque entre la visión europeísta y la eurófoba. De relanzar el proyecto y a moneda única, la prioridad ha pasado a ser para Macron frenar el ascenso nacional-populista, y así se explica, en parte, su política migratoria restrictiva, destinada a quitar argumentos a los ultras sobre el supuesto laxismo de los europeístas. El liberal Macron, que era el centro del tablero europeo cuando llegó el poder, corre ahora el riesgo de encontrarse aislado, con una Alemania dubitativa ante sus iniciativas, y con la España y el Portugal socialistas como aliados más fiables.

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