Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Camiones, desilusión y testosterona

La protesta que paró el país puede indicar una versión brasileña de los electores de Donald Trump en las próximas elecciones

El Brasil que paró Brasil durante 11 días reivindica un lugar que perdió y un tiempo que ya no existe. En este sentido, no podría estar más alejado de los protagonistas de las protestas de 2013. Si una parte significativa estaban allí como autónomos, cada uno por su cuenta, a los camioneros les une una identidad muy particular, cuyo papel no debe menospreciarse. Hace mucho que las ruedas de los camiones giran en falso. Los que interrumpieron el abastecimiento del país también son hombres acorralados en un mundo que ya no entienden. Las máquinas paradas en las carreteras son la potencia que queda, pero esa potencia ya no pertenece a este siglo.

Los hombres que bloquearon las carreteras tienen una media de 44 años, sobrepeso, son sedentarios, tienen baja escolaridad, trabajan más de 11 horas al día, tienen un sueldo medio de menos de 4.000 reales (1.068 dólares) y la sensación de que solo baja. Casi la mitad de los camioneros estaban endeudados. La mayoría creía que la disminución de la demanda se debía a la crisis económica e, incluso antes de que cambiara la política de precios de Petrobras, el 46% ya señalaba el precio del combustible como uno de sus grandes problemas. Este es el perfil que revela un estudio realizado por la Confederación Nacional de Transportes en 2016. Es improbable que haya habido cambios sustantivos en dos años. Sin embargo, es probable que, con la inestabilidad del país, hayan aumentado no solo las dificultades, sino también la disminución del número de viajes y de la renta. Y sin duda el aumento del diésel también ha sido un factor importante.

La relación entre el paro de los camioneros y la apelación a la intervención militar revela conexiones simbólicas profundas

Es importante entender quién es este nuevo viejo protagonista que paró el país en mayo de 2018, y también percibir cuánto hay de protagonismo real en este personaje. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, especialmente durante la dictadura civil y militar (1964-1985), el camionero se convirtió en un personaje importante de la propaganda nacionalista de un Brasil en busca del progreso y del futuro. A lo largo de las últimas décadas, este mismo personaje ha sido testigo de la disolución de esa imagen y, con ella, también su renta y su espacio simbólico.

La propaganda de la dictadura estaba marcada por grandes camiones que exploraban las nuevas carreteras construidas por todo el país, algunas de ellas míticas, como la Transamazónica. Basta hojear las revistas de la época para entender qué era ser camionero en el imaginario del Brasil de los años 70, al servicio de un gobierno opresor que manipulaba tanto el nacionalismo como el chovinismo. La relación entre el paro por la reducción del precio del diésel y la apelación a la intervención militar, que una parte de los camioneros apoyó, revela conexiones simbólicas más profundas, fundamentales para entender qué fue ese momento.

La cuestión de género marca la movilización que reivindica también la potencia perdida

La imagen del camionero, que se consolidó también como autoimagen, era la de un explorador de Brasil. Al fin y al cabo, había que darle a la profesión un valor de heroísmo, para convencer a padres de familia a pasarse semanas en la cabina de un camión enfrentando carreteras terribles y repletas de peligros. No era un explorador cualquiera, sino uno que avanzaba conduciendo grandes máquinas y empujaba el país sobre ruedas enormes. Ser camionero era ser también potente. Potente en el sentido masculino y arcaico del término. Esa marca de testosterona, esa marca de género de la movilización tiene que tenerse en cuenta en los análisis.

El camionero estuvo, y todavía lo está, relacionado a tres valores: al transporte de la riqueza del país, al espíritu de aventura y al emprendimiento, representado por la meta de comprar su propio camión. Cada familia de clase media baja tenía por lo menos un pariente camionero, especialmente en las ciudades del interior y en las periferias de las grandes ciudades. Solo como ejemplo: Maria, la hermana más querida del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, era esposa y madre de camioneros bastante orgullosos de su profesión, vecinos de los barrios menos nobles de São Bernardo do Campo, en el área metropolitana de São Paulo.

En el estado de Río Grande del Sur, uno de los polos de camioneros de Brasil, parte son descendientes de inmigrantes europeos. Si transportar las mercancías de la tierra no se valoraba tanto como tener tierra, el bien más codiciado que sus antepasados vinieron a buscar en el Nuevo Mundo, ser camionero era considerado, y todavía lo es, una profesión digna, “de hombre”, y muchas veces pasaba de padres a hijos, con clanes de camioneros preparando la barbacoa de los domingos mientras las mujeres se repartían entre la ensaladilla rusa y el flan para el postre.

En un estado donde se mitificó la figura del gaucho como el errante de los caminos, de corazón valiente y alma libre, el camionero era lo más parecido a un caballero moderno de las carreteras. Muchos de ellos eran hijos de pequeños agricultores que perdieron la tierra durante el proceso de mecanización de la agricultura o que no tenían tierra suficiente cuando los hijos crecían y creaban su propia familia. En lugar de las raíces plantadas en el suelo, estos herederos de las ganas de vencer en la vida y de tener un lugar en el país cargaban el producto de la tierra hacia otras partes del mundo.

Es grande la mística que se creó en torno al camionero para atribuir, lo más rápido posible, tradición a la profesión en un país que escogió la carretera como principal medio de transporte de bienes y personas. Por todo el país hay canciones e historias sobre esta figura. El camionero como “guerrero de las carreteras” es un personaje de Brasil. Pero de un Brasil que ya no existe.

Entre el autónomo y el autómata, la lucha de clases se diluye astutamente

Y esta es la clave. En los últimos años, se ha vuelto cada vez más difícil mantener esta autoimagen. La fuerza de esta simbología, cebada durante tantas décadas, ya no ha sido capaz de dar sentido a una vida que se precarizaba de forma acelerada. De emprendedor del asfalto, el camionero ha pasado a trabajador autónomo, que poco o nada tiene de “autónomo”.

La palabra, convertida en otro término falsificador en Brasil, ha adquirido un sentido todavía más perverso tras la reforma laboral de 2017, que abarató la carne de los trabajadores y liberó los desmanes sobre su cuerpo. De autónomo a autómata, la lucha de clases se va encubriendo, y tiene como ápice este paro apoyado —o en parte organizado— por algunos empresarios.

Al igual que los trabajadores de muchos gremios, los camioneros también se fueron descubriendo sin derechos, explotados por una jornada laboral agotadora, presionados para entregar las mercancías en un período demasiado corto, estresados por el tráfico intenso y el pésimo estado de las carreteras, amenazados por atracos cada vez más violentos, con cada vez menos poder para negociar el valor los portes, muchas veces trabajando para una única transportista, pero sin derechos de empleado porque era “autónomo”.

Y, para completar, eran testigos de la creciente ruina de su cuerpo por el exceso de horas sentados en la cabina del camión y por la comida grasienta de los bares de carretera. Mucho trabajo, poco dinero, ningún glamur. Tampoco es un dato cualquiera que una de las principales quejas de los camioneros, con relación a la salud, es que “se rompen” el espinazo, lo que acaba acarreando dolores y problemas en la columna vertebral.

En busca de la potencia perdida, el camionero se enfrentó a un gobierno sin ninguna potencia

También afuera la propaganda se hacía trizas. El camionero es visto cada vez más como un irresponsable que provoca accidentes, o como un drogadicto que toma anfetaminas para poder conducir más horas y cumplir con el plazo de los transportes. El combate a la prostitución juvenil en las carreteras también lo generalizó como un explotador sexual que utiliza sus viajes para tener relaciones con niñas. Al llegar al final de una jornada extenuante, muchas veces lo tratan con prejuicios y desprecio y cobra menos de lo que le habían prometido, sin poder negociar en tiempos de crisis, porque hay otro que aceptará peores condiciones para poder garantizar el sustento de su familia. Lejos de casa durante semanas, ese mismo camionero no siempre consigue mantener el lugar de cabeza de familia cuando vuelve, en el contexto de creciente protagonismo de las mujeres, hoy más escolarizadas que los hombres.

Es también este hombre el que se levantó y paró el país. Y encontró su potencia perdida al enfrentarse a un gobierno sin ninguna potencia, dedicado a gastar sus escasas energías en mantenerse en el poder mientras concede lo que tiene y lo que no tiene a todos los que lo chantajean. El presidente Michel Temer, del partido del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), y sus ministros, algunos sospechosos o denunciados por corrupción, lo entregaron todo, incluso la cabeza del presidente de Petrobras, que si no hubiera dimitido habría caído de todas formas. Para empeorar la situación, Temer convocó otra vez a las Fuerzas Armadas para poner orden en la casa que sabe gobernar sin legitimidad. No solo una parte de la población se infantiliza, también el presidente.

Algunos de los camioneros ni siquiera se dieron cuenta de que beneficiaban a los empresarios que apoyaron el paro. Fueron incapaces de ver que, otra vez, los dueños de las transportistas pusieron el cuerpo de los más frágiles en la línea de frente. Mientras los estimulaban a pintarse el cuerpo para la guerra, los camioneros, otra vez, lucharon por los intereses de sus opresores, los mismos que dejaron que los trabajadores precarizados pagaran la cuenta de los días no trabajados por el paro. Este matiz de la movilización no lo es todo, pero es una parte importante de la complejidad del cuadro.

Quien perdió otra vez, por todas partes, fue la mayoría de la población. Pero, aun así, la mayoría, como mostró la encuesta del Instituto Datafolha, apoyó el paro de los camioneros. Aunque les afectara el desabastecimiento en los supermercados, en los hospitales, en las gasolineras, aunque no tuvieran autobuses para llegar al trabajo o al colegio, la mayoría de los brasileños apoyaron el paro de camioneros.

En parte, puede que la mayoría de la población crea que, de todas formas, ya paga la cuenta, todas las cuentas. En parte, es catártico ante la contención cotidiana en una vida que es mala y no para de empeorar. Las ganas reprimidas y tan humanas de romper todas las amarras y tener un día de “a la mierda todo”. O apoyar el día de “a la mierda todo” del otro, con quien se identifica. No hay nada más peligroso que quien no tiene nada que perder. Brasil está viviendo un momento en que cada vez más gente tiene cada vez menos que perder. Y cada vez menos motivos para contener su odio y su furia.

¿Qué Brasiles movilizaron los camioneros? Me parece que varios, incluida una parte de la izquierda que creyó que podría embarcar en la movilización, añadiéndole sentidos que no tenía, como los trabajadores sindicalizados de la industria del petróleo. O la izquierda que creía que era una traición no apoyar cualquier paro. Y también una parte de la extrema derecha, que, con más éxito, buscó instrumentalizar la rabia de los camioneros. Después retrocedió, pero sin duda se benefició. Hay que exponer todavía con más claridad las fuerzas que actuaron en esta movilización.

Me interesa en particular este Brasil espontáneo, sin sindicato ni club, que se identifica con los camioneros porque se siente jodido de todas las maneras. Este Brasil que se descubre sin perspectivas de mejorar su renta. O, un sentimiento más desestabilizador, sin perspectivas de detener su caída. Un Brasil que se siente sin lugar. Y que comparte la enorme nostalgia de lo que no fue, pero creía que podría haber sido. O que merecía haber sido. Una nostalgia del pasado que nunca existió, solo como posibilidad no realizada. Pero que llegó más cerca de realizarse en la primera década de este siglo, en los años de Lula, hoy en prisión y posiblemente sin poder presentarse a las próximas elecciones.

Por el contenido de las manifestaciones, para la mayoría de los camioneros Lula no es un “héroe víctima de una injusticia”, sino otro “político corrupto”, un sustantivo y un adjetivo que hoy son casi sinónimos para una parte de los brasileños. El paro de los camioneros demuestra, de forma contundente, que la democracia ya no responde a sus ansias de mejorar de vida. Más que un clamor a favor de la intervención militar, la movilización reveló la profundidad de la crisis de la democracia que se extiende por todo el mundo, pero adquiere tonos singulares en Brasil.

“Papá, haz algo antes de que tenga que mear sentado”

No tengo ningún estudio que apoye mi hipótesis. Espero que alguien lo haga. Pero lo que percibo por las entrevistas que hice es que los camioneros movilizaron a una gran parte de los brasileños que se sienten impotentes, en más de un sentido. Como los camioneros, son trabajadores con cuerpos precarizados y estropeados, personas agotadas, exhaustas y con miedo.

Llamo la atención, otra vez, sobre las cuestiones de sexo y de género. El 99,8% de los camioneros son hombres, y las imágenes de este paro destilan testosterona. Son raras las referencias a homosexuales, transexuales y transgéneros en este gremio. Las redes sociales y los grupos de WhatsApp mostraron que la mayor parte de los protagonistas activos eran hombres supuestamente ansiosos por volver con sus familias de modelo tradicional, de las que estarían separados por el paro. “Echaban de menos su casa y su familia, que rezaba y pedía que volvieran pronto y bien”, escribió el 3 de junio el presidente de la Confederación Nacional de los Transportadores Autónomos, Diumar Bueno, en un artículo publicado en el periódico Folha de S. Paulo.

Creo que falta entender algo en esa masculinidad amenazada por el crecimiento del protagonismo de las mujeres y de la comunidad LGBT. Amenazado, por un lado, por la pérdida de renta y por la precarización del trabajo, y, por el otro, por los cambios en las costumbres, este hombre “común” se siente acorralado en un país que empeora día a día. Es casi previsible que una parte de este sentimiento se canalice hacia una petición de orden al Ejército, la institución que representa la testosterona en estado bruto. En plan: “Papá, haz algo antes de que tenga que mear sentado”.

La corrupción es el paraguas que permite que quien lo ostenta no tenga que explicar, ni mucho menos entender, qué le mueve de hecho

Es menos un anhelo de que vuelva la dictadura y más un deseo de vivir en un mundo con unos códigos que pueda reconocer, en un momento en que se siente empobrecido, desprestigiado, sin lugar y sin perspectivas, y con las ruedas atascadas en arenas movedizas. Estos brasileños, que van mucho más allá de los camioneros, pero que se sintieron representados por ellos, pueden crear una versión brasileña, y por eso particular, de los electores de Donald Trump en las elecciones de 2018. Unos brasileños que secretamente se sienten impotentes, de varias maneras.

La corrupción, la bandera desplegada otra vez por quienes apoyan el paro y por parte de los camioneros a lo largo de los días, es un paraguas que protege a quien le gusta presentarse como “ciudadano de bien” de sus objetivos más mezquinos y egoístas. Es fácil estar en contra de la corrupción. Nunca se escucha decir a nadie que está a favor de la corrupción. La corrupción es el paraguas que permite que quien lo ostenta no tenga que explicar, ni mucho menos entender, qué le mueve de hecho, lo cual siempre es muy cómodo.

Al constatar que la mayoría de los brasileños se corrompe un poco cada día, en lo que se refiere a pequeñas infracciones, como aprovecharse de algo, robar en el peso o en el cambio, se puede presentir que no es la corrupción lo que mueve tanto odio, sino un profundo descontento con la corrosión cotidiana y el sentimiento de impotencia. Cuando alguien dice que está en contra de la corrupción, quizás esté gritando contra el hecho de que su vida es muy difícil y muy inferior a sus mejores esfuerzos, en el caso de los más pobres. O, en el caso de quien se lamenta por los privilegios perdidos, contra la creencia de que su vida no está a la altura de lo que considera que se merece por su clase social.

La elección de qué cortar y cómo manejar el precio del diésel no es lógica, sino ideológica

La corrupción, en el caso de este paro, fue definitiva solo en el hecho de que el gobierno Temer haya comprometido todavía más el presupuesto de sanidad y educación, decisión que afecta a los más pobres de forma explícita. Y lo hizo justamente por temer perder el gobierno y que lo mandaran a la cárcel por... corrupción. No es un dato lógico, una elección inescapable, la de recortar justamente en áreas como sanidad y educación, ciencia y tecnología; recortar las partidas destinadas a saneamiento, a la reforma agraria y a regularizar las tierras en la Amazonia; las que incentivarían la agricultura familiar y el desarrollo de la agricultura ecológica y de bajo carbono; las que podrían demarcar tierras indígenas, promover el desarrollo sostenible, regular la oferta de agua, hacer controles ambientales y prevenir desastres; las que se dedicarían a políticas públicas sobre drogas y a combatir la violencia de género; las que promoverían el sector laboral y la salud del trabajador. Entre otros.

La elección de qué cortar y cómo manejar el precio del diésel no es lógica, sino ideológica, y está al servicio de un proyecto de ocupación y perpetuación en el poder. Se acusa a los camioneros —y en especial a los dueños de empresas transportistas, sospechosos de haber promovido un cierre patronal, que es ilegal— de haber chantajeado al gobierno. Pero el gobierno Temer, cada vez más frágil y desmoralizado, está alineado a grupos con más poder de presión, como los ruralistas y los dueños de aseguradoras, que, a su vez, también lo chantajean.

En 2013, Lula, Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores (PT) descubrieron que habían perdido las calles. En 2018, las derechas que organizaron el impeachment de Dilma Rousseff han descubierto lo que se le dijo al PT unos años antes: quien cree que controla las calles es un idiota. Sospecho que mucha gente que apoyó el impeachment en 2016, incluida una parte de la prensa, hoy está bastante arrepentida con el rumbo que el país ha tomado. Pero no tienen la grandeza ética para asumir sus errores públicamente. No es solo el PT que necesita hacer autocrítica, obviamente.

La irresponsabilidad de sacar del poder a una presidenta mala pero elegida por el pueblo, sin base legal para ello, aumentó la convicción de que el voto vale poco en Brasil y que los resultados de las elecciones, en caso de que sean insatisfactorios para determinados grupos de poder, pueden alterarse. Los ecos de esa violencia contra la democracia se sentirán durante décadas y fueron determinantes para esta movilización que, a cierta altura, creyó que podía derribar el gobierno.

Si el sentimiento de indignación contra la corrosión de la vida movió 2013 y mueve 2018, quizá sea solo esto lo que tienen en común. La lucha original del Movimiento Pase Libre, detonante de las manifestaciones de junio de 2013, era por la ocupación del espacio público para las personas. Se deseaba retomar la ciudad para quien vive en ella. En 2013, caminando sobre sus propios pies, una multitud descubrió una ciudad imposible de alcanzar desde la ventana de los coches y autobuses.

La contaminación de São Paulo se redujo a la mitad durante el paro

La lucha de los camioneros de mayo de 2018 es por un Brasil que ya no puede ser, aunque todavía lo será durante mucho tiempo. El transporte ferroviario y fluvial es deficiente, a pesar de las dimensiones continentales del país y del hecho de que Brasil tiene el privilegio de tener algunos de los mayores ríos del mundo recorriendo su territorio. Las ruedas de los camiones que hoy giran en falso dicen mucho sobre las elecciones del pasado y del presente.

La lucha de 2013 era para liberar el flujo, la de 2018 para interrumpir el flujo. No hay mayor símbolo de esa diferencia que la imagen agresiva de los camiones en un planeta en el que es necesario reducir las emisiones de CO2. Eso si nuestra especie quiere seguir viviendo en un mundo malo, pero todavía posible. Una de las constataciones más importantes del paro de los camioneros, aunque poco mencionada, fue la reducción de la contaminación en São Paulo: el séptimo día de la paralización, se había reducido a la mitad. Según la noticia de la Agencia Fapesp, la calidad del aire en la capital era “buena” en todas las estaciones de medición y para todos los contaminantes analizados, algo muy difícil de que ocurra.

La lucha de 2013 era la de las capitales, la de 2018 es la de los Brasiles del interior y de los suburbios de las grandes ciudades. La lucha de 2013 era por el futuro, la de 2018 es por el futuro del pasado. Escucharlos a todos es obligatorio. Y votar en octubre se vuelve cada día más importante para la defensa de la democracia en un país donde se ha corrompido. Sin democracia, ni las calles habrían hablado en 2013, ni los que apoyaron —o manipularon— el paro de los camioneros podrían gritarle al señor de uniforme que ponga orden en casa. Esa democracia imperfecta, defectuosa y constantemente injusta todavía es lo mejor que tenemos.

Eliane Brum é escritora, repórter e documentarista. Autora dos livros de não ficção Coluna Prestes - o Avesso da Lenda, A Vida Que Ninguém vê, O Olho da Rua, A Menina Quebrada, Meus Desacontecimentos, e do romance Uma Duas. Site: desacontecimentos.com Email: elianebrum.coluna@gmail.com Twitter: @brumelianebrum/ Facebook: @brumelianebrum