X
Privacidad y Cookies

Utilizamos Cookies propias y de terceros para ofrecer un mejor servicio y experiencia de usuario.

¿Permites el uso de tus datos privados de navegación en este sitio web?

COLUMNA »

Lula, el inconciliable

¿Qué relación hay entre el odio de una parte de los brasileños contra el mayor líder popular de la historia reciente y la fractura del proyecto de conciliación que representó durante los años que ocupó el poder?

Lula sale de su sindicato en Sao Bernardo do Campo, este sábado. REUTERS

Recuerdo dos escenas de la conciliación que Lula promovió en Brasil durante la primera década del siglo.

En la primera, que sucedió durante la campaña presidencial de 2002, solo había 3 tres testigos. Uno de ellos soy yo. Es una escena pequeña, pero siempre fue una enormidad para mí, porque no creo ni en dios ni en el diablo, pero creo que ambos viven en los detalles.

Estaba entrevistando a una mujer de la élite de São Paulo que salía con uno de los principales industriales del país. Juntos, fueron decisivos para que Lula conversara con una parte de la élite, aquella con la que se podía conversar, y tejiera un apoyo fundamental para la victoria del Partido de los Trabajadores (PT) en 2002, tras tres derrotas consecutivas. Apoyo que se concretó en la “Carta al Pueblo Brasileño”, en la que Lula se comprometió no con el pueblo, sino con el mercado, a mantener las principales líneas de la política económica.

Hay que recordar que, en aquellas elecciones, Lula vistió trajes de Ricardo Almeida y circuló por los salones de la élite de São Paulo, una puerta dorada abierta por la entonces alcaldesa Marta Suplicy, hoy en el partido del Movimiento Democrático Brasileño (MDB). No solo circuló, sino que encantó. Lula se hizo popular para millonarios que creían ser cultos, emprendedores, modernos y cosmopolitas. Había algo muy seductor en un obrero, en un líder sindical, que simpatizaba con ellos.

Y había una presión social creciente en Brasil. Tras deslumbrarse con la redemocratización, el país había vivido el impeachment del expresidente Fernando Collor, con los caraspintadas en las calles, y vivía el final de una segunda legislatura penosa de Fernando Henrique Cardoso, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Ciudad de Dios, la película de Fernando Meirelles y Katia Lund, era la expresión del Brasil de 2002.

Una parte de la élite económica del país entendió la delicadeza del momento y tejió apoyos y acuerdos, paseando a Lula por sus salones para demostrar a sus iguales que era tan agradable como su caviar. Y Lula, inteligente como es, interpretó su papel con brillantez.

Yo estaba en una de esas mansiones de Jardim Europa, el barrio donde solo viven los ricos muy ricos de São Paulo, y los ricos muy ricos de São Paulo son muy ricos en cualquier lugar del mundo. Estaba entrevistando a una de las principales anfitrionas de Lula. Y ella me contaba lo fascinante que era Lula y cómo Brasil tenía que cambiar.

De repente, se interrumpió. Y llamó a alguien. En un tono elegante, pero imperativo. La empleada del hogar estaba en el piso de arriba, pero la instó a bajar para cerrar la cortina del salón donde nosotras dos nos encontrábamos. Me di cuenta de que, de hecho, a la dueña de la casa no se le había ocurrido que ella misma podía levantarse del sofá y dar algunos pasos. Su vida era así, siempre lo había sido. No podría ser de otra manera.

En eso radicaba la magia de Lula. Esa mujer podía circular por los salones con el candidato del PT enfundado en trajes de marca y al mismo tiempo llamar a la empleada para que cerrara la cortina. Con el toque alquímico de Lula, las contradicciones se borraban por un momento.

Salto al 2006.

El rapero MV Bill, uno de los creadores de la ONG Central Única de las Favelas (CUFA), está en la Villa Daslu, que entonces se llamaba el “templo del lujo” o la “meca de los estilistas”. Una construcción de 20.000 metros cuadrados y columnas neoclásicas donde se vendía desde ropa de marcas internacionales a helicópteros. En aquella época, Eliane Tranchesi, la propietaria, ya estaba envuelta en denuncias de evasión fiscal, pero apostaba por la conciliación con el otro lado de los muros.

Si en 2002 la expresión cultural de Brasil era Ciudad de Dios, la película, en 2006 la expresión cultural fue Halcón, niños del narcotráfico, el documental de MV Bill y Celso Athayde. Lo habían dado tres semanas antes en el programa Fantástico, de la TV Globo, en la franja de máxima audiencia del domingo. Al mostrar la vida —y la muerte— de los “soldados” del narcotráfico en las favelas de Brasil, Halcón causó un impacto enorme en personas que no solían impactarse con el genocidio de los niños negros y pobres de las periferias: de los 17 entrevistados, todos muy jóvenes, solo uno había sobrevivido para ver el programa aquella noche de domingo.

Hacía casi cuatro años que Lula estaba en el poder, se presentaba a la relección y el PT ya enfrentaba las denuncias del mensalão, sistema de compra de votos de parlamentarios que Lula afirmaba desconocer. La “conciliación” todavía era una tesis en vigor, con un presidente que no solo había cumplido rigurosamente lo acordado en la “Carta al Pueblo Brasileño”, al no tocar el rumbo de la economía, sino que conservaba mucha de su mística a pesar de las primeras denuncias de corrupción del PT en el poder.

Para lanzar el libro Halcón, niños del narcotráfico en la Villa Daslu, MV Bill subió al cuarto piso con 30 habitantes de favelas. La rubísima Eliana Tranchesi resumió, con una claridad pocas veces vista, el tono de la conciliación tejida en el Brasil de Lula: “No estamos aquí para culpar a nadie de la tragedia que viven esos niños. Estamos aquí para juntar a todo el mundo, ricos y pobres, las fuerzas de todo el mundo”.

Esa era la magia. Juntos, el rapero negro de la Ciudad de Dios, la favela de Río de Janeiro, y la rubia empresaria de São Paulo que defraudaba al fisco celebraban la posibilidad de conciliar dos países apartados. Brasil, uno de los lugares más desiguales del mundo, debería conciliarse sin mirar qué causaba la desigualdad. O, el tema más sensible, sin tocar la renta de los más ricos ni hacer cambios estructurales que afectaran a sus privilegios.

Estaban, como anunció Eliana Tranchesi, “todos juntos, ricos y pobres”. Y cada uno en su lugar. En la Villa Daslu, los negros eran trabajadores uniformizados y los habitantes de las favelas que entraron allí aquella noche volverían enseguida a sus casas sin alcantarillado y jamás podrían comprar ni siquiera un botón en el “templo del lujo”. Pero, desplazados por un momento de su lugar solo para reafirmarlo, eran bienvenidos y hasta queridos. La imagen que se producía se vendía como si fuera realidad. Era una escena poderosa y posiblemente muchos creyeron en ella. Brasil vivía un momento muy particular.

Ante la mistificación, una voz se levantó de entre el público: “El consumismo es una de las causas de esa tragedia. Estamos en un templo de consumo. Esto de aquí es el responsable. Si pienso en el país y en la desigualdad en que vivimos, este lugar es una violencia”.

El malestar se instaló. El idilio se había acabado de romper. “Para satisfacer el sueño de consumo de comprar unas zapatillas deportivas, los que viven en la favela a veces tienen que matar. Pero no para comprar unas zapatillas en Daslu, porque entonces tendrían que matar mucho más”, se sumó otra voz. Hubo intercambio de exabruptos, el público blanco hizo una señal para que cortaran el micrófono.

Entonces, la líder de la favela Coliseu, una mujer negra y desempleada, se levantó para defender a la anfitriona: “Ella es rica porque ha trabajado mucho para ser rica”.

Apoteosis. Gritos y aplausos. Se había salvado la conciliación en el Brasil de Lula. Tiempos después, Eliana Tranchesi sería detenida por evasión fiscal y otros crímenes y condenada a 94 años de prisión, y la Villa Daslu dejaría de existir. Otros “templos de consumo” tan selectos como aquel, pero más discretos, se irguieron en São Paulo. Incluso donde solía estar la entonces gloriosa Villa Daslu.

La mística de la conciliación sobreviviría durante más tiempo.

El Brasil gobernado por Lula tuvo un aumento real del salario mínimo, una reducción significativa de la miseria, una ampliación del acceso a la universidad, mejoras importantes en la sanidad pública, el Estatuto de Igualdad Racial, garantía de crédito para los más pobres. Eso no es poco y marcó una diferencia enorme en la vida de quien no siempre podía comer.

En gran parte, solo fue posible mejorar la renta de los más pobres, sin tocar la renta de los más ricos, por la exportación de materias primas a China, que vivía años de crecimiento acelerado. Pero este tipo de desarrollo tuvo un coste alto para la Amazonia, un tipo de coste que no se puede recuperar justo en un momento en que el planeta vive el cambio climático provocado por la acción humana. Es el coste-naturaleza, que algunos autores definen como “el trabajo no remunerado de la naturaleza”.

Por ese motivo, las contradicciones aparecieron primero en la Amazonia, en la construcción de las grandes hidroeléctricas y, con más impacto, en la mayor de todas ellas: Belo Monte. En Altamira y la región del río Xingú, todo el huevo de la serpiente ya estaba trazado desde hacía años, pero estaba convenientemente demasiado lejos. Lula y después Dilma Rousseff, así como el PMDB, siempre podrían contar con la desconexión del centro-sur urbano con relación a la selva. Y el centro-sur urbano tampoco decepcionó esa vez. Ni la parte de la izquierda vinculada al PT, que mostró la selectividad de su preocupación con los derechos humanos y su ignorancia con relación al cambio climático y al medio ambiente. Una parte del PT y de la izquierda está anclada en el siglo XX. Ni siquiera ha llegado a mayo de 1968.

En las regiones amazónicas afectadas por las grandes obras del Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), los pueblos serían sacrificados en nombre de algo presuntamente mayor, el desarrollo. La conciliación tenía sangre, sudor y lágrimas, pero muy lejos de las capitales.

Los brasileños a quienes les importa de hecho la Amazonia, más allá de los chovinismos de ocasión, son una minoría. Y un número menor todavía consigue establecer la relación entre el malestar cotidiano en las ciudades y la destrucción de la selva y de otros ecosistemas. Los brasileños, al igual que la mayoría de los habitantes del planeta, viven la catástrofe ambiental pero le dan otros nombres.

Si el agua está sucia o si falta, creen que basta que les suban el sueldo para poder comprar agua en el supermercado, o que el gobierno del momento haga una obra para que el agua vuelva a los grifos. Todavía no han entendido que el agua será la mayor preocupación de sus hijos y nietos.

También por eso Belo Monte y otras grandes obras han sido posibles y pocas veces se citan como un pasivo de Lula y Dilma, ni siquiera sus odiadores lo hacen. Excepto cuando aparecen relacionadas a la corrupción denunciada en la Operación Lava Jato. La derecha ha secuestrado el tema de la corrupción y la izquierda vinculada al PT ha preferido inhibirse en las violaciones de derechos humanos en las grandes obras del PAC, como Belo Monte, y también del Mundial de 2014.

La conciliación de Lula solo podía ser provisional. En un país tan desigual como Brasil, no se puede hacer justicia social a largo plazo sin hacer cambios estructurales, o sin, por lo menos, tocar la renta de los más ricos, redistribuyendo la riqueza existente.

Una pregunta se repite siempre, y tras la prisión de Lula se vuelve todavía más ruidosa: ¿por qué odian tanto a Lula?”.

Es una pregunta legítima. Y que con frecuencia es respondida por el prejuicio de las élites con relación a lo que Lula representa: el nordestino, el obrero, el pobre. Tiene sentido. Pero creo que hay algo más. Por varias razones, y también porque, si esa fuera toda la explicación, Lula no habría terminado la segunda legislatura —ocho años en el poder y el escándalo del mensalão en curso— con casi un 90% de aprobación.

Sospecho que incluso a los más ricos les molesta la miseria. A no ser que seas un psicópata, es duro ver a personas destruidas en las calles. O, siendo más cínica, la imagen de la miseria puede ser perturbadora porque contamina el escenario de los días, en los semáforos y en las aceras. Y puede ser perturbadora porque, por más guardias de seguridad que se pongan en la puerta, por más cristales blindados en los coches, la miseria acaba traspasando los muros y amenazando la paz armada de Brasil.

Aunque los brasileños, y no solo los más ricos, hayan alcanzado una desconexión sorprendente con relación a la vida torturadora de los más pobres, en especial la de los negros, no creo que a alguien le guste que Brasil tenga tanta miseria y desesperación. Y también creo que incluso los más ricos disfrutaron de la popularidad internacional del Brasil de Lula, visto cómo el país había superado el pasado y se transformaba en una potencia del presente. Sin contar que los más ricos se hicieron más ricos en ese mismo Brasil.

Que la conciliación que Lula vendió era provisional solo quedó claro en el gobierno de Dilma Rousseff. Y quizás sea el hecho de haber perdido la ilusión lo que los más ricos y parte de la clase media no le perdonan a Lula, acentuado por el empeoramiento de la economía cuando se creía que Brasil ya no podía retroceder. Las protestas que irrumpieron en 2013 tuvieron muchos sentidos, muchos de ellos contradictorios. Uno de los sentidos —solo uno— puede haber sido este, el de la pérdida de la ilusión, que se materializó en esa calle polifónica donde lo único que quedaba claro era una furiosa y confusa insatisfacción.

La ilusión de que se puede reducir la pobreza sin perder privilegios, que estuvo en vigor durante la primera década de este siglo y que el mayor líder popular de la historia reciente difundió ampliamente, es muy, pero muy seductora. Hay que incluir en el análisis de este momento histórico el peso subjetivo que esta idea de conciliación ejerció durante esos años de magia, cuando lo que era imposibilidad se vendió como posibilidad en ejercicio. Y cuánto esa subjetividad impactó en los hechos objetivos que transformaron Brasil en un país espasmódico.

Una imagen síntesis de este momento ocurrió en 2010, en el último año de la segunda legislatura de Lula. El entonces multimillonario Eike Batista, símbolo del poderío del Brasil de la primera década, compró el traje que Lula llevó en la investidura, en 2003, en una subasta con una puja de medio millón de reales. El dinero se destinó a un proyecto de alfabetización en la favela de Paraisópolis, en São Paulo. Y el multimillonario donó el traje al acervo de Lula.

La subasta se realizó en la Villa Daslu y fue promovida por Wanderley Nunes, el peluquero de la entonces primera dama, Marisa Letícia. Ella y Eike compartieron mesa. Estas imágenes también forman parte de los ocho años de gobierno de Lula, del mismo modo que aquellas en las que aparece con el pueblo de la región semiárida del nordeste. Una parte no se completa sin la otra.

El poder de esta conciliación provisional sobre la subjetividad de la vida brasileña no puede subestimarse. La subjetividad se olvida continuamente en los análisis de los contextos históricos, pero en general es tan o más importante que los sucesos objetivos, y los determina.

Es posible que parte del odio que destinan a Lula las élites que en 2015 bajaron a la Avenida Paulista para protestar con la camisa de la selección puesta, siguiendo a centenas de miles de brasileños, pueda atribuirse a la suspensión de esa ilusión. La conciliación no sería posible sin que hubiera pérdida de privilegios. Y los privilegios, desde los más evidentes a tener una empleada del hogar que acepte bajar para cerrar la cortina del salón, la élite brasileña —económica, política, intelectual— no está dispuesta a perderlos. La corrupción era la justificación perfecta, porque elevaba moralmente al portador de la crítica y lo salvaba de preguntas cuyas respuestas le devolverían una imagen menos límpida.

En los últimos años de Lula y en los primeros de Dilma Rousseff, los efectos de algunas medidas sociales empezaron a hacerse notar. La ampliación del acceso de los negros a las universidades quizá haya sido el momento en que se pusieron en peligro los privilegios. Se estaba tocando algo estructural en Brasil, el racismo. Y en aquel momento, la tensión se hizo explícita y mostró que había fisuras en el proyecto de conciliación.

Las ganancias eran óptimas cuando algunos sectores de la élite combatieron con furia el Estatuto de la Igualdad Racial, todavía en fase de elaboración. Los negros, cada vez más presentes en los espacios de poder, avanzaban sobre lugares simbólicos muy queridos también para parte de la clase media. Habría algo a perder: objetivamente, plazas para blancos en las universidades y en las oposiciones; subjetivamente, mucho más. Las reacciones fueron inmediatas.

En los últimos años, el avance del protagonismo negro ha mostrado que tocar los privilegios más subjetivos, como el de hablar solo en los espacios de poder, es un tema explosivo en Brasil. Incluso personas que se consideran de izquierda reaccionan mal, en especial cuando el privilegio que se puede perder es el de considerarse blancos.

La ampliación de las acciones afirmativas contra el racismo, así como el programa social Bolsa Familia, que prioriza a las mujeres como titulares, pusieron en movimiento algo muy potente en Brasil, algo que seguirá moviéndose mucho más allá de los hechos del momento. Eso pertenece a los gobiernos del PT. En este sentido, si por un lado Lula mantenía los bolsillos de las oligarquías y de los rentistas llenos, por el otro iba minando algunas bases a la chita callando.

Al mismo tiempo, no podemos olvidarlo, su partido se corrompía. La corrupción no es un dato más, en la medida en que define elecciones de desarrollo. No hay nada más eficiente para generar sobornos y contabilidad B que las obras, en especial si son grandes. Como Belo Monte.

Los programas sociales y las acciones afirmativas de los gobiernos del PT acabaron poniendo en peligro la conciliación que vendía Lula. Esta fisura entre tantas expuso lo obvio. No había fórmula mágica. La cuestión más profunda de Brasil seguía siendo la misma: para que haya conciliación de hecho, es necesario que una parte de la población pierda privilegios. Y eso, para las élites y también para parte de la clase media, era —y lo sigue siendo— inaceptable.

No me refiero aquí a cualquier privilegio. Lo que no cuesta perder no es un privilegio. Los privilegios cuestan. E incluso quien tiene muy pocos se aferra a los suyos, lo que explica cierta cantidad de odio incluso entre pobres urbanos. Siempre hay algo que perder, aunque sea una pequeña superioridad sobre tu vecino.

Así, Lula tiene alguna razón cuando dice que lo persiguen por haber puesto “a los negros en la universidad”. Pero lo que tiene que decir también es que esa fue la conciliación que vendió a Brasil y en la que se regodeó durante varios años. Esa fue la conciliación que lo eligió y reeligió incluso después del mensalão, una conciliación que tiene su expresión bien acabada en la arquitectura político-financiera que construyó en la segunda legislatura, que el PT denominó “gobernabilidad”. Esa fue la “paz” por la que posiblemente también él se haya dejado seducir. Y que nos ha traído hasta aquí.

El mago tiene que saber que su magia es un truco, no la realidad.

No podemos saber cuál es el tamaño del Lula que ha ido a prisión. La memoria se construye después, la memoria la da tanto el futuro como el pasado. Todavía vivimos el ahora. Y está furioso.

Para entender el legado de Lula, el conciliador, hay que enfrentar lo inconciliable en Lula.

Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes - O avesso da lenda, A vida que ninguém vê, O olho da rua, A menina quebrada, Meus desacontecimentos, y de la novela Uma duas. Web: desacontecimentos.com. E-mail: elianebrum.coluna@gmail.com. Twitter: @brumelianebrum. Facebook: @brumelianebrum.

Traducción: Meritxell Almarza

Archivado en:

Outbrain