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¿Por qué se esconde la anti-Europa?

Europa se le juega. En Alemania. Y especialmente en Italia

Papeletas para las elecciones generales del domingo 4 de marzo de 2018 en Italia.
Papeletas para las elecciones generales del domingo 4 de marzo de 2018 en Italia. AP

Europa se le juega. En Alemania. Y especialmente en Italia. O bien la primavera de sucesivas victorias contra el populismo registradas (con excepciones) desde el triunfo de Donald Trump se mantiene, mal que bien, hoy. O los nubarrones que la amenazan la pondrán en riesgo de colapso.

El recelo antieuropeo de muchos italianos lo ha cebado la sensación de haberse visto abandonados por los demás socios en la tarea de repartirse con equidad las cargas del flujo migratorio. Y también el pertinaz estancamiento económico del país desde principio de siglo: coincidiendo con la entronización del euro, aunque en contraste con la expansión de otros socios.

Pero la traducción política de este enfado se ha ido escondiendo, diluyendo o modulando desde hace casi un año. Entonces los populistas grillini postulaban abiertamente en su programa un referéndum para salir del euro, al consagrar un “derecho a segregarse de la Unión Monetaria o de quedarse fuera mediante una cláusula de exclusión permanente, si existe una voluntad popular clara en tal sentido”.

Los lepenistas de la Liga eran más radicales. Denostaban no solo al euro sino a la propia UE. Prometían seguir en ella a cambio de desnaturalizarla: “Solo a condición de rediscutir todos los Tratados, volviendo de facto a la Comunidad Económica Europea previa a Maastricht”. Sin moneda ni banco central, ni ciudadanía europea ni Carta de derechos, ni fondo de cohesión.

Y el berlusconismo bamboleaba entre ambos, según mejor se terciase en cada momento y cuál fuera su portavoz: en la alianza parlamentaria con el centroizquierda, europeísmo; en la calle, eurodemagogia escéptica.

Sucede que no solo las desgracias se contagian, sino que también las buenas cosas acaban siendo vasos comunicantes en esta Europa interconectada

¿Qué ocurrió para que hayan —aparentemente, nada es definitivo en la península itálica— cambiado? Sucede que no solo las desgracias se contagian, sino que también las buenas cosas acaban siendo vasos comunicantes en esta Europa interconectada.

La caída de Saulo llegó con el debate presidencial francés por televisión entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen, el 3 de mayo de 2017. El centrista arrasó cuando no tuvo empacho en revestirse de militante europeísta y tildar de desastre la salida del euro preconizada por su rival. La Francia cosmopolita ganó ese día a los italianos retranqueados hacia el pasado nacionalista.

Al renacido empuje de las urnas en países vecinos le ha acompañado la inédita bonanza económica doméstica. Por vez primera en el siglo, Italia —bajo el Gobierno de centroizquierda de Paolo Gentiloni— crece a ritmo apreciable: en 2017, al 1,5% del PIB, menos que la media europea, pero infinitamente más que cero (como la media entre 2001 y 2015). Y el paro se reduce, aunque sea unas décimas, hasta el 11,5%, el mínimo en cinco años. Las secuelas sociales y territoriales de la crisis no se han restañado, pero se ve la luz desde el túnel.

Todo eso ha alentado un movimiento de fondo de la opinión pública. Aunque los italianos figuran entre los menos entusiastas del euro en clave de sus efectos favorables sobre la economía nacional (45%), alcanzan un porcentaje del 62% en tanto que beneficioso para el conjunto de Europa, cifras muy superiores a las de un año atrás. Y sobre todo, se sitúan en el grupo de cabeza al responder sobre su sentimiento: la moneda única les hace verse más europeos que la media continental (Eurobarómetro 458/octubre-diciembre de 2017).

Así que el contagio francés, la recuperación económica y una opinión más positiva siegan la hierba bajo las propuestas más autárquicas y truncan alguno de los peores augurios. Tanto, que el programa final de los grillini, sometido a referéndum interno, ha anulado las propuestas antieuropeas de su dirigencia.

Y el feroz separatismo (ahora, del continente) que encarna la Liga (ex Norte) se ha emboscado en el programa conjunto del “centroderecha”, con berslusconianos de Forza Italia y parafascistas Hermanos de Italia, que se limita a proponer una etérea “revisión de los tratados europeos”. Eso sí, bajo un capítulo titulado Menos vínculos con Europa.

La esperanza más europeísta se reduce así a que el Partido Democrático (PD) gobernante, aunque pierda, sea decisivo para enhebrar Gobierno. La joya del centroizquierda no es sin embargo el PD, sino el grupo liberal/radical a él asociado que encabeza la infatigable Emma Bonino: Más Europa, se llama. Propone unos EE UU de Europa, con presupuesto multiplicado, defensa, inversiones, derechos sociales... Mucho más que el ser, el deber ser.