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La máquina del miedo

Matteo Salvini reflotó un partido secesionista en ruinas y lo convirtió en un artefacto ganador transformando el desprecio hacia el sur de Italia en xenofobia y recelo a Europa

Matteo Salvini, con un rosario en la mano, durante un mítin en Milán.
Matteo Salvini, con un rosario en la mano, durante un mítin en Milán. AP

Estaba ahí el 15 de septiembre de 1996. Representaba el ala comunista del movimiento cuando los muchachos marchaban sobre el río Po y se declaró la independencia de la Padania, un mundo imaginario creado por los caballeros de la Liga Norte, que comandaba Umberto Bossi, hoy condenado por robar a su partido. Matteo Salvini (Milán, 1973) gritó más fuerte que nadie lo de “Roma ladrona”. “No somos mierda mediterránea”, se escuchaba en los mítines. Defendió el federalismo, el comunismo y la secesión del norte de Italia. “Nápoles mierda, Nápoles cólera”, cantó también. A militante no le ganaban, recuerdan quienes marcharon con él. Pero también sabía mejor que nadie cuándo una broma deja de tener gracia. Así que se deshizo de los viejos pósteres del Che Guevara, eliminó la palabra “norte” del partido y buscó nuevos enemigos.

Salvini es hoy un líder soberanista, xenófobo y euroescéptico fortalecido en un clima de tensión social. Entusiasta de Donald Trump y Vladímir Putin, amigo de la ultraderecha austriaca y holandesa, la nueva Liga es una versión italiana del Frente Nacional. Su fuerza es intuitiva, no hay base intelectual, señala un alto cargo del partido en desacuerdo con su nueva línea. Se deja querer por la ultraderecha, por los fascistas de CasaPound. Amenaza con salir del euro si Bruselas no se pliega a todas sus condiciones. Huele el miedo y se pone a rebufo. En medio de la tormenta, ha crecido hasta dejar de ser una mera comparsa de Silvio Berlusconi en la potente coalición de centroderecha que aspira a gobernar Italia. Las encuestas le otorgan alrededor del 15% de los votos (30% en el norte) y si juega bien sus cartas en el tiempo de descuento podría soñar con la presidencia del Consejo. El mensaje está claro: Italia para los italianos.

Salvini y el relato político que alimenta asustan a los mercados, a la Unión Europea y a gran parte de los italianos. Él lo sabe y genera demanda. Es el hombre fuerte que pide Italia en los momentos convulsos. Bajada de impuestos, seguridad, nación. Autoridad, al fin y al cabo, y un discurso simple. Pero el camino hasta aquí no ha sido tan sencillo. En 2013, La Liga Norte —entonces todavía llevaba ese apellido— logró solo el 4% de votos. Umberto Bossi, su líder y fundador, saqueó las arcas del partido y lo dejó en la ruina económica y moral. Salvini fue el contrapunto, mató al padre, se hizo cargo de la formación —fue confirmado hace unos meses por el 82,7% de la militancia— y entendió rápidamente a quién podría echar la culpa de los problemas de Italia. Desde entonces, han llegado al país más de 600.000 migrantes a través del Mediterráneo y el lombardo ha convertido el fenómeno en su caballo de batalla. “Es una invasión”, suele decir.

Hay algo de oportunismo, de exageración. El sábado pasado, por ejemplo, se plantó en la plaza del Duomo de Milán y congregó a las “familias italianas de bien” en su primera gran demostración de fuerza. Salvini, divorciado, padre de dos hijos, sacó un rosario, un Evangelio y juró el cargo de primer ministro en un acto tan grotesco como calculado. Estas performances gustan. “Todo es cálculo electoral”, señala un importante dirigente de la Liga.

Pero el analista político Piero Ignazi cree que no conviene subestimar el talento de Salvini, curtido en sus años de militancia en la calle y en los salones de Bruselas entre 2008 y 2013 en su etapa como eurodiputado. Rápido en el cuerpo a cuerpo, agresivo con los rivales —comparó a la presidenta de la Cámara de Diputados, Laura Boldrini, con una muñeca sexual— y muy activo en las redes sociales, ha conseguido crear un personaje muy claro. “Tiene grandes cualidades”, señala Ignazi. “Cogió un partido triturado, al nivel mínimo de su historia. Su imagen estaba destruida a causa de la corrupción de su histórico jefe. Y él lo llevó a los niveles más altos jamás conocidos. Y, sobre todo, ha hecho un cambio fundamental en la política de la Liga. Eliminar en el símbolo la referencia al norte y hablar de una Liga de los italianos. Ha quitado todos los elementos antisur, y se ha expandido también ahí. Es una estrategia vencedora. Porque ha mantenido los votos del norte, y ha ampliado el campo de batalla”.

"Salvini ha respondido a la llamada de millones de italianos del sur que le pedían resolver los problemas que llegan de Europa: desde los pescadores de Sicilia a los agricultores de las olivas en Apulia", dice un colaborador

Y funcionó. El experto en sondeos Antonio Noto, del instituto IPR, cree que el auge del partido en el sur será muy significativo y le otorgará una voz fuerte en los complicados pactos poselectorales. Armando Siri, uno de los ideólogos políticos de la formación y el inventor de la propuesta de un tipo fijo de impuestos del 15% —Forza Italia quiere que sea del 23%—, cree que ha sido un proceso natural. “Ha interpretado una exigencia nueva en el país”, opina. “Ha respondido a la llamada de tantos millones de italianos del sur que le pedían resolver los problemas que llegan de Europa: desde los pescadores de Sicilia a los agricultores de las olivas en Apulia. También de tantas empresas de esos territorios que han sido penalizadas por muchas normas europeas. Y él se ha hecho intérprete de todo ese malestar”, explica.

Pero muchos barones de su partido no tragan. Uno de sus fundadores y un hombre que ha ejercido altísimas responsabilidades en los últimos años explica lo que hay detrás de su plan. “Salvini era más defensor del norte que ninguno de nosotros. Era un activista puro. No hacía cálculos. La militancia era estar en la calle con los jóvenes padanos. Ahora ha cambiado el acercamiento. Lo más importante es tener votos. Es todo táctica, no hay estrategia política”, señala. Un camino, piensa este dirigente, pensado para pescar en el electorado de Silvio Berlusconi. “No tiene ninguna intención de resolver los problemas del sur. Solo busca un contenedor que pueda llevarse los votos de Berlusconi cuando él ya no esté, algo que podría suceder en breve. Es una operación electoralista, no política”, subraya. Hoy sabremos si fue acertada.

Forza Italia le quiere como ministro de Interior

D. V (Roma)

A Matteo Salvini le gustaría ser premier, como reza su cartel electoral. Cree que podría dar la sorpresa en la recta final y lograr los votos suficientes para adelantar a Forza Italia y liderar la coalición de centroderecha. Pero, en realidad, se contentaría esta vez con ser ministro de Interior en un Gobierno de Silvio Berlusconi, como ya fueron en el pasado otros grandes exponentes de la Liga Norte, como el actual presidente de Lombardía, Roberto Maroni.

Partidario del derecho a la autodefensa, de potenciar los cuerpos de seguridad del Estado y de firmar acuerdos con los países del sur para repatriar a todos los inmigrantes irregulares, Matteo Salvini significaría un regreso a la línea dura.

Desde esa posición, piensan algunos responsables dentro de la Liga, Salvini podría terminar de construir su liderazgo político y tratar de asaltar la presidencia del Consejo en alguna de las probables crisis de Gobierno que llegarán en los meses siguientes.

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