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Columna

Un PT agresivo es el sueño de los extremistas de derechas

El partido debería tener la sabiduría de recuperar su pasado más democrático

Si hay algo que Brasil no necesita para renovarse es un Partido de los Trabajadores agresivo, con vocabulario de guerra, pidiendo a la sociedad desobediencia civil y a los trabajadores que incendien la calle. Una izquierda así es más bien el sueño de los extremistas de derechas, no de quiénes buscan caminos de diálogo. Esa izquierda beligerante es la encarnada hoy por dos figuras jóvenes, Gleisi Hoffman, senadora y presidente del PT y Lindbergh Farias, líder del partido en el Senado. Una izquierda que está arrinconando a las figuras y a las ideas más sensatas que habían creado el PT democrático.

He escrito muchas veces en esta columna que el Partido de los Trabajadores supuso, en sus mejores momentos, una guía no sólo para Brasil sino para la izquierda de América Latina como acicate contra las injusticias sociales en un continente mordido por la peor de las desigualdades entre ricos y pobres. Aquella izquierda se encuentra hoy desorientada con Lula condenado por corrupción a 12 años de cárcel y, probablemente, imposibilitado por ley para disputar las elecciones. Pero, ¿no es en los momentos de mayor crisis interna de un partido de esta envergadura cuando sería necesario buscar caminos nuevos de superación de la crisis, con los nervios calmos y el cerebro lúcido?

Curiosamente fue Lula quien confió en octubre de 2014, en una entrevista a este diario, que había llegado la hora de “renovar al PT”. Lula mostró nostalgia de los compañeros que “trabajaban gratis, de mañana, de tarde y de noche para el partido”. Y añadió: “El PT no nació para ser como los otros”. Y hoy, una figura serena del PT, Fernando Haddad, exministro de Educación y exalcalde Sao Paulo, ha vuelto a poner sobre la mesa la necesidad de refundar el partido. Esa idea data de los tiempos del escándalo del mensalão, cuando se encarceló a la cúpula del PT y una de sus figuras históricas, Tarso Genro, intentó en vano ponerla en marcha.

No sé si en este momento, con Lula caído y los despojos de sus votos disputados ya por otras fuerzas de izquierda y de derecha, el PT de Gleisi y Lindbergh estaría dispuesto a una refundación. El PT está entregando el país a las fuerzas más reaccionarias. Hay responsabilidades históricas que acaban pasando una cuenta pesada a la sociedad, sobre la que recae siempre el peso de sus errores. Decían los sabios romanos: “corruptio optimi pessima”. Es decir, “nada peor que la corrupción de los mejores”. Brasil lo que necesita en este momento, como afirmó un editorial de este diario, es que los partidos e instituciones “presenten nuevos líderes que abran caminos para una etapa de regeneración democrática”.

Ese es el camino para abrir nuevos horizontes de paz social. Violencia verbal en las redes y en la calle es lo que le sobra a Brasil. La fuerza primigenia del PT, que acuñó el eslogan de “nueva esperanza capaz de vencer el miedo” y que hoy aparece en manos de quienes prefieren los enfrentamientos al diálogo, debería tener la sabiduría de recuperar su pasado más democrático. Resucitar fantasmas de divisiones entre hermanos sirve sólo para que el Brasil que trabaja y sufre para sobrevivir se convierta en el chivo expiatorio de los políticos apocalípticos que piensan más en su sobrevivencia que en el dolor de las personas. Si no lo creen, salgan a la calle, suban a un autobús, escuchen a la gente en fila para pagar sus cuentas. Escúchenla buceando en un supermercado para encontrar comida más barata. Oigan también sus silencios. Ese es el Brasil real que parece interesar poco inclusive a la izquierda del PT, enzarzada en sus discursos de guerra. Es la gran masa de los brasileños desorientados a la espera de que se le ofrezca algo mejor los que son capaces de volver a ilusionarles.

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