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Un pueblo enterrado en barro dos años

El mayor desastre medioambiental de Brasil dejó sin casa a centenares de familias al romperse una presa

Un hombre camina por el lecho del río Doce.
Un hombre camina por el lecho del río Doce.

Ya han pasado dos años desde aquel atardecer de noviembre en el que Keila Vardeli vio cómo un “mundo de barro” se tragaba de golpe su casa, sus pertenencias, su rutina en el campo y las conquistas de una vida entera. Cuando un vecino la avisó de que, a tres kilómetros de allí, la presa de Fundão, en la ciudad de Mariana (Estado brasileño de Minas Gerais) se había roto, no titubeó: salió a toda prisa hacia el colegio de sus dos hijos en el pueblo rural de Bento Rodrigues. “No pensaba más que en correr, pero mi cabeza me decía que no iba para salvarlos. Me decía que iba a morir con ellos”, cuenta.

Pero los salvó. En cuestión de minutos recogió a sus hijos, llevó a otros niños y vecinos en la parte de atrás de una camioneta y rescató a su madre de 85 años, que estaba desamparada en casa. Subieron todos al punto más alto del distrito y, cuando finalmente lograron mirar atrás, el tsunami de desechos de mineral de hierro había acabado con el pueblo. El desastre se cobró la vida de 19 personas, dejó un rastro de destrucción a lo largo de más de 600 kilómetros en el río Doce y llegó hasta la costa del Estado de Espírito Santo. Hoy se considera el mayor desastre ambiental de la historia de Brasil.

En la tarde de aquel 5 de noviembre de 2015 ni siquiera funcionó la sirena que debía dar la alerta a los vecinos de Mariana, centro de esa región del interior de Brasil donde el descubrimiento de oro en el siglo XVIII cambió la historia de la entonces colonia portuguesa. El hallazgo dio nombre al estado, Minas Gerais. Y aunque el oro acabó agotándose, la extracción de otros minerales se ha mantenido. La presa de Fundão almacenaba los residuos provenientes de la extracción de hierro de la empresa Samarco. Cuando se rompió, por causas aún no aclaradas, su embalse contenía 56,6 millones de metros cúbicos de desechos secos —más o menos el tamaño del cerro del Corcovado, en Río de Janeiro—. Al escapar, el lodo (no tóxico) se acumuló en los tramos más estrechos hasta formar montones de 10 a 30 metros de altura. En las llanuras, perdió fuerza y se esparció por los lados. El resto siguió por el río Doce hasta el mar.

Proceso penal pendiente

“Parece que fue ayer. Los sentimientos de tristeza, de angustia y de no saber qué va a ser de nuestro futuro siguen iguales. La vida en la ciudad está muy difícil, ha sido un cambio muy brusco”, lamenta Keila, productora de mermelada de pimienta, sentada en el sofá de un pequeño piso cerca de la estación ferroviaria de Mariana. Su familia y las de otras 600 personas que se quedaron sin hogar tras la rotura de la presa viven en casas o pisos alquilados por la empresa minera Samarco. Los afectados están a la espera de que se materialice el proyecto de la nueva ciudad que se construirá para ellos. De momento, intentan adaptarse lejos del campo a la vida en una ciudad en la que una parte de la población les acusa de estar interrumpiendo el funcionamiento de la empresa minera, motor financiero y de empleo. Antes del rompimiento de la presa de Fundão, Samarco daba empleo a 6.000 personas. Hoy, a 1.800.

Hasta el momento, la mayoría de las multas que los organismos ambientales han impuesto a Samarco —cientos de millones de euros— está por pagar y el proceso penal que investiga la rotura de la presa está suspendido sin previsión para que se reanude. “La empresa fue muy negligente al atender a las víctimas. Hay gente que ha estado dos años sin recibir la ayuda de emergencia hasta la intervención del ministerio público”, explica el fiscal de Mariana Guilherme de Sá Meneghin.

Como ayuda de emergencia, Keila Vardeli percibe un salario mínimo de 937 reales (247 euros), más un 20% por cada hijo y una cesta básica de alimentos. Todo eso se paga mediante una tarjeta que Samarco facilita. Hoy, más de 8.000 personas afectadas por la tragedia en los Estados de Minas y Espírito Santo perciben como ayuda ese salario de 937 reales. El barro que hizo desaparecer Bento Rodrigues llegó pocas horas después al pequeño distrito de Gesteira, en Barra Longa, a 60 kilómetros de Mariana. Allí, avanzó sobre la iglesia, cortó un puente, destruyó el colegio y algunas casas, como la del comerciante Joubert Macario de Castro. Este, además, perdió su fuente de ingresos, una tienda de ultramarinos que tenía al lado de su casa: “Hace dos años que no trabajo, estoy desempleado, acumulando deudas y más deudas. El salario mínimo es muy poco. Ganaba entre 5.000 y 6.000 reales [1.300 y 1.600 euros] al mes, mis hijos iban a un colegio privado. Si no fuera por la ayuda de algunos familiares, no sé cómo lo haría”.

Cuando el pescador Leone Carlos se enteró de la rotura de la presa de Mariana, escuchó la noticia sin saber que esa tragedia también iba a ser suya. Leone vive en Regência (Espírito Santo), el lugar exacto en el que la ola de desechos, tras recorrer más de 600 kilómetros durante 17 días, se encontró con el mar. Desde entonces, Regência es pueblo de pescadores donde nadie puede pescar. “Fue como si me cortaran los brazos y las piernas. Pesqué durante 50 años. Crié diez hijos pescando y ahora no puedo ni entrar en el mar. Ganaba 5.000 reales y ahora vivo de una tarjeta de Samarco de 1.200 reales. Es una auténtica vergüenza y una injustica”, se queja.

Con la prohibición de la pesca, Ausimara Passos y su marido, Flôr, tuvieron que cerrar la pescadería que regentaban hace décadas. “Echo mucho de menos cómo era todo antes. Ahora solo vivo de la ayuda financiera, está todo muy parado. Son tantas las dudas sobre la calidad del agua que no sé si algún día volveremos a pescar”, lamenta.

En Mariana, donde empezó el desastre, Keila Vardeli huye de la ciudad siempre que puede para caminar por el pueblo destruido de Bento Rodrigues. “Parece raro, ¿verdad? Todo está destruido, pero siempre que voy me siento en paz, como si volviera a casa. Quiero que los destrozos permanezcan allí para siempre”, dice.

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