Haider al Abadi, el hombre del momento

El primer ministro de Irak recibe un respaldo generalizado por la lucha contra el ISIS y su política integradora

El primer ministro iraquí, Haider al Abadi, en rueda de prensa en Ankara, el 25 de octubre. Anadolu AgencyGetty Images

Pocos apostaban por Haider al Abadi cuando en agosto de 2014, apenas dos meses después de la ofensiva relámpago del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés), recibió el encargo de formar Gobierno en Irak. Tres años más tarde, sin embargo, ha conseguido lo que parecía imposible. Ha reconstruido las Fuerzas Armadas, echado a los yihadistas de las regiones de las que se apoderaron entonces y, como guinda, acaba de recuperar los territorios disputados con Kurdistán y que las tropas de esa región autónoma controlaban como resultado de aquel caos. El primer ministro iraquí es el hombre del momento.

“Al Abadi ha conseguido convertirse en un líder nacional”, resume un embajador europeo. Pero el aplauso no llega sólo desde las cancillerías occidentales, deseosas de cerrar el dosier iraquí casi 15 años después de que el derribo de Sadam Husein precipitara al país en el abismo.

En este Irak fracturado por líneas étnicas y sectarias que surgió después de 35 años de dictadura baazista, el trabajo de Al Abadi (un musulmán chií) ha generado un inusual consenso. “Su forma de hacer las cosas ha ayudado a recuperar Mosul y Kirkuk. Su política transmite a los iraquíes la idea de que trabaja para todos. Ha sido una gran diferencia con [Nuri] Al Maliki”, concede nada menos que Hamed al Mutlaq, un influyente diputado del bloque suní que hace apenas dos años despotricaba contra el sectarismo gubernamental.

La comparación con su predecesor es constante. Aunque ambos pertenecen al mismo partido, el islamista chií Dawa, la imagen generalizada es que “Al Maliki abrió las puertas al sectarismo y Al Abadi las ha cerrado”. La necesidad de dejar atrás las divisiones era especialmente urgente para recuperar a la comunidad suní, que se sintió alienada por el ascenso al poder de la mayoría chií.

Ingeniero de formación, Al Abadi (Bagdad, 1952) se doctoró en la Universidad de Manchester, donde se implicó activamente en Dawa (ilegalizado en Irak) hasta entrar en su ejecutiva. Eso motivó que el Gobierno iraquí le retirara el pasaporte en 1983. Para entonces, dos de sus hermanos habían sido ejecutados y un tercero encarcelado por pertenecer a dicho partido. A su regreso en 2003, participó en el Gobierno provisional y en 2006 entró en el Parlamento. Tras los comicios de 2014, fue elegido vicepresidente de la Cámara. Apenas ejerció un mes antes de convertirse en primer ministro.

El ISIS controlaba un tercio de Irak ante la huida en desbandada de las fuerzas de seguridad; el humillado Ejército rezumaba soldados fantasma, y el orgullo iraquí estaba por los suelos. Contra todo pronóstico, y con una enorme perseverancia, aquel hombre chaparrete y de aspecto bonachón iba a lograr removilizar a decenas de miles de uniformados con la ayuda de aliados tan dispares como Irán, el vecino chií, y Estados Unidos, que aceptó equipar y entrenar a las tropas.

Con evidente satisfacción, pero siempre contenido, Al Abadi ha ido anunciando uno tras otro los sucesivos éxitos del Ejército iraquí sobre el ISIS. Cambiando el traje y la corbata por el uniforme que le identifica como comandante jefe de las Fuerzas Armadas, ha arengado a las tropas para infundirles ánimo. Pero sobre todo, ha enfatizado la unidad de todas las comunidades y nombrado oficiales suníes. A la vez, ha limitado los excesos de las milicias chiíes poniendo las Unidades de Movilización Popular (que también incluyen algunos grupos suníes, turcomanos y de otras minorías) bajo su férula.

“Es el único hombre que ahora puede unirnos a todos”, sentencia Karim al Nuri, el portavoz de la Organización Badr, el partido que cuenta con la mayor milicia.

Los seguidores de Muqtada al Sadr, uno de los grupos que más dolores de cabeza le han dado en el Parlamento, subrayan en el papel de la Cámara como fuente de las “órdenes que Al Abadi ha seguido”. No obstante, Jumaah Albhadili, diputado sadrista y miembro del Comité de Integridad, reconoce los esfuerzos del primer ministro “en la lucha contra la corrupción” y en mejorar la economía. “Ha hecho Irak más aceptable para otros países y eso facilita que ahora nos ayuden”, destaca en referencia al reciente acercamiento a Arabia Saudí.

Su estilo suave también le ha granjeado algunas críticas. El programa satírico El show de Albasheer le ha apodado Bob Esponja, por el popular dibujo animado. La broma le hizo gracia, según su oficina de prensa, lo que dice mucho de su sentido del humor. Le va a hacer falta para mantener el temple ante los enormes retos de la reconstrucción y el retorno de los desplazados. De su solución depende que no se revierta todo lo que ha logrado.

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