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Una veintena de países se vuelca con México en la primera semana tras el terremoto

Rescatistas japoneses, españoles, guatemaltecos o israelíes trabajan codo con codo con sus pares mexicanos en los edificios colapsados

Rescatistas japonenes y mexicanos, el pasado sábado.
Rescatistas japonenes y mexicanos, el pasado sábado. EFE

Viendo trabajar a los militares israelíes y japoneses, a los bomberos estadounidenses, y a los rescatistas españoles, salvadoreños, hondureños, panameños, colombianos o chilenos podría decirse que la distancia, lejos de separar, une tras la catástrofe. El pasado fin de semana, estos equipos dedicaban jornadas de trabajo extenuantes de trabajo para buscar, codo con codo con sus pares mexicanos, cualquier resto de vida bajo los escombros de los edificios colapsados en la Ciudad de México. Lo hacían en el lugar en el que colapsó un edificio situado en la avenida de Álvaro Obregón, en plena colonia Roma Norte, o en la escuela Enrique Rébsamen, al sur de la capital. A su alrededor, centenares de voluntarios mexicanos les proveían de lo necesario para llevar a cabo su tarea.

Más allá de las habituales muestras de condolencias, una veintena de países –muchos de ellos latinoamericanos– han volcado sus esfuerzos en ayudar a México en su mayor catástrofe natural desde el devastador terremoto del 19 de septiembre de 1985. Todavía persisten las dudas sobre si el entonces Gobierno de Miguel de la Madrid rechazó o no la ayuda que le ofreció la comunidad internacional en una de las gestiones menos transparentes de una tragedia que se recuerdan en la historia reciente del país. Hoy, la realidad es bien diferente: al acopio de víveres y productos de primera necesidad entre la sociedad civil mexicana, que ha dado una lección de solidaridad entre sus pares, se ha sumado desde muy pronto la ayuda internacional.

Japón ha enviado a México un grupo de 70 rescatistas, cuatro perros y diverso material para actuar en estructuras colapsadas. Israel ha desplegado un número similar de especialistas de su Ejército, entre ellos ingenieros y médicos, y cuenta sobre el terreno con una red de rescatistas-traductores que hace de nexo con el personal mexicano. España aporta, desde el jueves, 52 miembros de la Unidad Militar de Emergencias; 47 especialistas más –15 de ellos, bomberos– han llegado desde Guatemala y otros 35 brigadistas y dos perros se han sumado en los últimos días procedentes de Panamá.

El Salvador ha aportado 25 rescatistas más y Chile, un país que –como México– tiene una larga experiencia de respuesta a terremotos, ha desplegado una veintena de personas especializadas en rescates y dos perros. Estados Unidos y Ecuador, por su parte, ha enviado bomberos; Colombia ha aportado forenses y Suiza, varios ingenieros especializados en la identificación de daños en edificios. Incluso Venezuela, un país con el que la relación bilateral no pasa por su mejor momento y en el que el propio suministro interno de alimentos y medicinas está seriamente comprometido, ha ofrecido algo más de 10 toneladas de ayuda humanitaria a México: comida no perecedera, colchones o motosierras.

“La ayuda de la comunidad internacional ha sido oportuna y ha estado en consonancia con las capacidades de México, un país que cuenta con recursos y que tiene un sistema nacional de Protección Civil y protocolos claros”, valora Ricardo Zapata-Martí, consultor internacional en evaluación de desastres, exfuncionario de la Cepal y antiguo asesor de la Unión Europea en esta cuestión. “Los esfuerzos internacionales se han sumado a los nacionales: no los han entorpecido ni sustituído”.

Tras esta explosión inicial de solidaridad internacional, lo más difícil llegará cuando pasen las semanas, los meses. El foco mediático irá retirándose poco a poco y las noticias llegarán con cuentagotas a las páginas de los diarios internacionales. Pero las necesidades seguirán siendo máximas: después de la ayuda de primera necesidad, lo importante será centrarse en la reconstrucción. Y esa es la fase en la que más recursos se necesitan.

Los primeros cálculos, todavía muy preliminares, apuntan a un coste de alrededor de 30.000 millones de pesos (casi 1.700 millones de dólares). De esa cantidad, el fondo federal para hacer frente a desastres naturales (Fonden) proporcionará 9.500 millones de pesos. Otro tanto aportará un instrumento similar del Gobierno de la Ciudad de México. El resto, al margen de lo que acabe sucediendo con el dinero público que reciben los partidos políticos para gastos electorales, está en el aire. La ayuda internacional podría completar las necesidades financieras para la reconstrucción. “Pero estos dos sismos en México compiten en tiempo con otros desastres a escala mundial: los monzones en Nepal y Myanmar, hacia donde la ayuda internacional apenas ha fluído, y los huracanes que han golpeado al Caribe, Puerto Rico y algunas zonas de EE UU”, cierra Zapata-Martí. “La reconstrucción tiene que verse como una tarea nacional con apoyo internacional puntual, por ejemplo en las zonas más rurales”.