México se une contra el dolor

La solidaridad de los mexicanos emerge con fuerza tras el terremoto de magnitud 7,1, que ha dejado más de 230 muertos

Voluntarios remueven los escombros en la capital de México.
Ciudad de México

El México bravo que afronta las adversidades emergió con fuerza de nuevo un maldito 19 de septiembre. El mismo día en que se cumplían 32 años desde la mayor tragedia de la historia reciente del país, otro terremoto sacudía a la capital y a varios Estados cercanos. Más de 200 personas han muerto y decenas de edificios han quedado reducidos a escombros. Una macabra coincidencia, la de la fecha, a la que respondieron los ciudadanos con la misma entereza que ya exhibieron hace tres décadas. Los momentos de pánico inicial tras la sacudida de magnitud 7,1 dejaron paso a un aluvión de solidaridad, una comunión espontánea con la que tratar de minimizar el dolor. La capital mexicana se echó a la calle con un solo propósito: ayudar. Ayudarse.

Ciudad de México se topó el martes con su peor pesadilla. Un terremoto de magnitud 7,1 sacudió al país pasada la una de la tarde. Al menos 238 personas han fallecido en distintas zonas —108 en Ciudad de México, 69 en Morelos, 43 en Puebla, 13 en el Estado de México, cuatro en Guerrero y uno en Oaxaca—, según las autoridades, que no descartan que la cifra aumente con las horas. El sismo se produjo 12 días después del de mayor magnitud (8,2) en 85 años y que provocó la muerte de un centenar de personas en Chiapas y Oaxaca. El de este martes fue menor en intensidad, pero el hecho de que el epicentro estuviese más próximo a la capital —unos 100 kilómetros— provocó que los daños sean mucho mayores. Los servicios de telefonía y electricidad, se colapsaron. Decenas de edificios se vinieron abajo, entre ellos dos escuelas. En uno de los colegios murieron al menos 32 niños y cinco adultos.

Como cada 19 de septiembre, Ciudad de México amaneció con el recuerdo del terremoto de hace más de tres décadas. Y como suele ser habitual ese día, se realizó un simulacro de evacuación en Ciudad de México. Dos horas después del ensayo, las alarmas sísmicas no saltaron. La mayor parte de los sensores están situados en zonas costeras, no en el interior del país, donde se registró el epicentro. No hubo fallo técnico, según fuentes oficiales: el temblor no se pudo detectar a tiempo para que la población abandonase el lugar en el que se encontraba para ponerse a salvo.

Ciudad de México es ahora una ciudad herida que vibra con la solidaridad de sus vecinos. Si algo ha marcado a la capital mexicana fue el sismo de 1985, en el que murieron más de 10.000 personas. Es constante escuchar hablar de la solidaridad de entonces, de cómo la capital se volcó por buscar supervivientes, de ayudar a las víctimas. Lo hacen muchas veces como si se tratase de una reliquia del pasado, algo que no iba a volver ocurrir, no ya porque la ciudad no fuese a sufrir otro terremoto, sino porque las cosas, el país, habían cambiado. Este martes, entre tanto escombro, México volvió a dar, se volvió a dar, una lección. Fortaleció la idea de que si este país no se va a ir al garete, por mucha corrupción e impunidad de sus autoridades o por la violencia que resquebraja al Estado a pasos agigantados, es por su gente, la que junta fuerzas para levantar de nuevo la ciudad, que es una forma de levantarse a ellos mismos.

Improvisación efectiva

“Nos unimos en las adversidades”, aseguraba Claudia García, de 28 años, mientras, apresurada, trataba de instalar una mesa con alimentos en la Avenida Ámsterdam, en pleno corazón de La Condesa, uno de los barrios más golpeados por el temblor al tratarse de una zona cenagosa. Exactamente igual que hace 32 años. A un paso de ahí, un reguero de gente formaba una cadena humana que se prolongaba cientos de metros hasta llegar a la esquina de la calle Laredo, donde se derrumbó uno de los edificios. Cubos repletos de escombros se movían en perfecta armonía. Nunca la improvisación fue tan efectiva. A través de las redes sociales, por WhatsApp, en los centros de acopio instalados, los ciudadanos dieron una lección a las autoridades al dar el primer paso. Sin esperar. No había tiempo.

El terremoto golpea al país cuando aún no se ha recuperado del sismo de hace 12 días. Las víctimas de los Estados de Chiapas y Oaxaca, dos de los más pobres del país, aún esperan que les llegue la ayuda prometida. El reto para el Estado se multiplica. El presidente, Enrique Peña Nieto, convocó al Comité Nacional de Emergencias y anunció el despliegue de 3.000 militares en la capital.

La comunidad internacional se ha volcado en apoyo a México. Los mensajes de respaldo de los líderes mundiales no han cesado. Tampoco el del mandatario que más ha humillado a los mexicanos en el último año. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que tardó tres días en solidarizarse con México tras el terremoto de hace dos semanas, escribió un tuit de apoyo el martes y habló este miércoles con Peña Nieto por teléfono, según confirmó la Casa Blanca. A la misma hora, ajenos a las derivas diplomáticas, los servicios de rescate se apuraban por encontrar supervivientes entre los escombros, que cargaban miles de vecinos.

Los gritos de ánimo solo se veían silenciados cuando uno de los especialistas levantaba un puño. Es la señal para que todos callen y poder escuchar si hay vida allá abajo. Una pausa a la que casi siempre acompaña un estruendo generalizado: “¡Viva México, cabrones!”.

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