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El nuevo centro de gravedad de la Iglesia

La multitudinaria misa de Medellín simboliza el desplazamiento hacia la periferia del eje geográfico y social del catolicismo

El cielo rompió a llover toda la noche y muchos durmieron cubiertos con plásticos en la pista del aeropuerto Olaya Herrera. Esperaban el arranque de la misa que iba a oficiar el papa Francisco a primera hora. Dali, de 17 años, llevaba ahí con su novio desde las tres de la mañana, a medio kilómetro del altar, donde apenas se veía algo. Barro, chubasqueros, un millón y medio de personas y una fe inquebrantable en que ese era el lugar donde había que estar. Ninguna puesta en escena mejor para entender el ADN de la Iglesia actual que la misa de Medellín, la ciudad más católica de Colombia, cuya región aportó a la única santa del país y a 7 de sus 11 beatos. Un encuentro pastoral en el que, precisamente, el Papa pidió abrir más las puertas de una Iglesia sostenida hoy, en gran medida, por las llamadas periferias.

Medellín, castigada durante años por la violencia del narcotráfico y su renovado estigma televisivo, explica cómo el extrarradio de la Iglesia se ha convertido en su nuevo centro gravitacional. Empezando por su líder, un Papa argentino “llegado del fin del mundo”, como él mismo bromeó, y terminando por la caída occidental de vocaciones. América sigue siendo el motor del catolicismo, con el 49% de los fieles bautizados (son el 67% de la población), pero África y Asia -la misa en Filipinas de 2015 fue la más grande la historia, con 6 millones de asistentes- son los continentes donde más crece.

Pero avanzan, también en Colombia, otras corrientes como los cristianos evangélicos (10 millones según el Ministerio del Interior), con otras respuestas y distinto tipo de vida religiosa para una comunidad castigada social y económicamente. Especialmente los jóvenes, de quienes se acordó al Pontífice por la tarde. "Una inquietud tantas veces engañada. Destruida por los sicarios de la droga. Medellín me trae ese recuerdo. Me evoca tantas vidas jóvenes truncadas, descartadas, destruidas". En ese contexto, y en un escenario tan abierto que no podía verse donde terminaba, Francisco pidió ensanchar todavía más la entrada. “No podemos ser cristianos qu alcen siempre el estandarte de prohibido el paso. La Iglesia no es nuestra, es de Dios y todos tienen cabida”.

El cambio de paradigma afecta también a las estructuras de poder. El Papa, el primer Pontífice no europeo desde el siglo VIII, ha configurado una curia y un colegio cardenalicio donde los purpurados del Viejo Continente ya no son más de la mitad y en el que el tradicional peso de los italianos se diluye. El 28% son americanos, el 13% son africanos y el 12% proceden de Asia. En el comienzo del movimiento están las vocaciones, que también han caído en los últimos años. Y ayer el Papa insistió en ello. “La Iglesia en Colombia está llamada a empeñarse con mayor audacia en la formación de discípulos misioneros [...] que sepan ver, juzgar y actuar [...] sin miopías heredadas”, lanzó durante la misa, que comenzó una hora tarde por el mal tiempo.

La manera de comunicar  transmite una Iglesia más cercana y flexible, que busca acercarse de nuevo a los márgenes sociales y geográficos. Hay líneas rojas, como la posición contraria al aborto o la eutanasia. Pero en la apertura a temas como la homosexualidad -"quién soy para juzgarles", dijo el Papa en Río de Janeiro- o a los divorciados —en su avanzada y polémica exhortación apostólica Amoris Laetitia— hay una respuesta obligada a la severidad que, en ocasiones, pudo vacíar algunas iglesias. Ayer Francisco, justo cuando paraba de llover, pidió huir de la rigidez de las normas, de lujos superflúos e ir a lo esencial. “El Espíritu zarandea a la Iglesia para que deje sus comodidades y apegos. La renovación no nos debe dar miedo”. De momento, la transformación pasa por el desplazamiento del centro.

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