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Nadie podría frenar a Trump

La decisión de lanzar un ataque nuclear debe ser tomada en pocos minutos y por una sola persona, el presidente de Estados Unidos

Donald Trump a bordo del portaaviones nuclear Gerald R Ford en Newport News en marzo. 

Si Donald Trump se despierta hoy a las tres de la madrugada y, en lugar de publicar un mensaje en Twitter, agarra el teléfono, llama al jefe del Pentágono y pone en marcha un ataque nuclear sobre Corea del Norte, nadie tiene autoridad para impedirlo. El procedimiento es rápido: Trump ojea un menú de posibles ofensivas recogidas en una cartulina, elige una y se comunica con el Centro de Mando Nacional del Ejército. Los militares, reunidos en la war room (habitación de la guerra), verifican la identidad del presidente mediante unos códigos y transmiten su orden a las tripulaciones a través de un mensaje encriptado. Tiene unos 150 caracteres, poco más que un tuit.

Solo pasan cinco minutos desde que el presidente toma la decisión hasta que los misiles empiezan a atronar en sus depósitos y no más de 15 hasta que los submarinos los disparan sin posibilidad de retroceso. La decisión de Trump en esta materia es lícita si determina que la nación está amenazada y, si el secretario de Defensa se negase a cumplirla, el neoyorquino podría dar la orden directamente a los jefes del Estado Mayor.

Ni el Tribunal Supremo ni las cámaras legislativas, que tanto moldean los mandatos presidenciales y tanto han enmendado la plana a Trump, tienen nada que decir en esos minutos de crisis en los que el hombre más poderoso del planeta ejerce como tal. Estados Unidos deja en manos del presidente de la nación la autoridad sobre el llamado botón nuclear, que, más que un botón, es un maletín negro que le acompaña a todas partes.

Esta concentración de poder comenzó con la Ley de Energía Atómica de 1946, durante la Administración de Harry Truman. Acabada la II Guerra Mundial consensuaron que lanzar una bomba nuclear constituía una decisión política y no una mera táctica militar. Años después, temiendo ataques soviéticos, Dwight D. Eisenhower cedió algo de control al Pentágono para responder en casos de peligro en los que el presidente no pudiera dar luz verde (podría haber muerto en un ataque ya en marcha, por ejemplo). Y John F. Kennedy, conmocionado por la Crisis de los Misiles de Cuba en 1962, embridó más el proceso.

No existe el riesgo cero. En el año 1979 se rozó la catástrofe cuando una falsa alarma avisó del lanzamiento de misiles desde la Unión Soviética

“Cuando acabó aquello, Kennedy quería despedir a dos altos mandos militares, aunque echó solo a uno [George Anderson, jefe de operaciones Navales, fue nombrado embajador de Portugal] y su secretario de Defensa, Robert McNamara, llevó a cabo una amplia reforma para someter a toda la cadena de mando a una supervisión política más estrecha”, explica Bruce Blair, experto en armamento nuclear de la Universidad de Princeton que sirvió en los 70 como Minuteman (reservista) de control de lanzamiento de misiles intercontinentales en el Ejército del Aire.

Octubre de 1962 muestra con dramatismo el poder de un presidente de Estados Unidos. Washington había descubierto las bases de misiles nucleares soviéticas instaladas en Cuba y la tensión escaló hasta el punto de rozar la guerra nuclear. Las garantías que los generales daban sobre la superioridad militar americana no tranquilizaban a JFK. Este preguntó cuántos americanos morirían si uno de aquellos misiles tocaba tierra y le respondieron que 600.000. “Ese es el total de bajas de toda la Guerra Civil”, replicó con espanto, según relata Brothers in arms, un libro sobre el episodio.

Kennedy, como apunta Blair, llegó a puentear a sus asesores: “Se le ocurrió quitar nuestros misiles de Turquía a cambio de que los soviéticos retiraran los suyos de Cuba, pero lo mantuvo en secreto incluso ante sus principales consejeros hasta que se negoció con éxito”.

Con esta crisis, Kennedy y Khrushchev se dieron cuenta de que sus vías de comunicación eran muy pobres y vieron que las posibilidades de que haya errores por culpa de malentendidos son muy altas, según explica Alex Wellerstein, historiador especializado armamento nuclear.

Así nació el famoso teléfono rojo y también ese maletín negro que un militar lleva consigo y sigue a todos los presidentes desde JFK. Su interior contiene el menú con las distintas opciones de ofensiva atómica, los códigos necesarios para verificar que las órdenes vienen del presidente y una línea de comunicación directa y segura con los militares. Se le conoce popularmente como Nuclear Football porque, según explicó en su día McNamara, un primer plan de guerra se llamaba Dropkick y se activaba con la palabra Football.

El Nuclear Football pasó el 20 de enero de Barack Obama a Donald Trump. “La ironía aquí es que la mayoría de estos esfuerzos para prevenir una guerra nuclear llevaron consigo recentralizar la autoridad en la presidencia de la nación, lo que ha resultado en la situación que tenemos hoy, en la que el presidente parece la pieza más débil del sistema”, opina Wellerstein.

Un presidente necesita tanto aplomo para gestionar situaciones de crisis que, durante el Watergate, algunos altos asesores intentaron contener el poder del estresadísimo Richard Nixon. Cuenta Blair que, de forma discreta, el secretario de Defensa, James Schlesinger, pidió al Pentágono que comprobaran dos veces con él si les contactaba para atacar.

El procedimiento es complejo y secreto, pero lo que ha trascendido de él revela la rapidez, ya que el tiempo para decidir la represalia a un misil enemigo es de tan solo unos minutos. Si el presidente se encuentra en Washington, celebrará una reunión en Situation Room y, si está de viaje, usará una línea segura para comunicarse con el Pentágono gracias al famoso maletín. Se producen varias consultas, en las que los asesores ofrecen su punto de vista, y que duran lo que el presidente decida, hasta que el Pentágono transmite la orden. Según Blair, con el mensaje cifrado en la mano, las tripulaciones abren las cajas fuertes que contienen unos códigos preparados por la Agencia de Seguridad Nacional y los distribuyen a las cadenas de mando. Estas verifican de nuevo y obedecen.

“Nadie puede bloquear la decisión del presidente. El secretario de Defensa puede quedarse al margen o ser ignorado y no tiene ningún papel a la hora de validar la orden”, insiste el experto. Hay quien defiende un cambio de procedimiento, arguyendo que ningún mandatario debería poder ordenar unilateralmente un ataque nuclear.

No existe el riesgo cero. En el año 1979 se rozó la catástrofe. El secretario de Seguridad, Zbigniew Brzezinski, fallecido en mayo, recibió una llamada de madrugada porque habían llegado indicaciones de un ataque de misiles soviéticos. Una segunda comunicación le informó de que los misiles ya iban de camino a Estados Unidos.

Brzezinski optó por no despertar a su esposa, cuentan, porque prefería que muriera sin darse cuenta de nada. Y, justo cuando estaba a punto de levantar el teléfono y despertar a Jimmy Carter, una tercera llamada canceló la alarma. Se trataba de un error.