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El pulso de EE UU y Rusia en el sur del Cáucaso

Moscú y Washington afirman sus intereses en el sur del Cáucaso mientras Georgia y Abjasia mantienen las tensiones que las llevaron a la guerra en 2008

El líder abajaso, Raul Jádzhimba, a la izquierda, Vladímir Putin, y el primer ministro ruso Dmitri Medvédev el 8 de agosto en sochi (Rusia).
El líder abajaso, Raul Jádzhimba, a la izquierda, Vladímir Putin, y el primer ministro ruso Dmitri Medvédev el 8 de agosto en sochi (Rusia). AP

Un carro tirado por un jamelgo es el transporte más regular existente entre dos entornos geoestratégicos al sur del Cáucaso. El carro, lleno de campesinos, cruza el puente sobre el río Inguri, entre la ribera controlada por Georgia, país prooccidental en rumbo hacia la OTAN, y la ribera controlada por Abjasia, un territorio con 220 kilómetros de costa del mar Negro, en el que Rusia tiene bases militares tras haberlo reconocido como Estado en 2008.

Al desmoronarse la URSS, en 1991, Abjasia era una autonomía conflictiva en la república soviética de Georgia. Los abjasos reivindicaban su propia lengua y cultura frente a las imposiciones de Tbilisi. En 1992, las milicias georgianas invadieron Abjasia, pero fueron rechazadas por los abjasos en 1993, con ayuda de voluntarios del norte del Cáucaso (entre ellos chechenos) y militares rusos simpatizantes. Los georgianos de Abjasia, que eran la mayoría local, se vieron obligados a huir, acusados de colaborar con Tbilisi.

El Inguri es la línea divisoria donde quedó congelada la guerra entre georgianos y abjasos tras los acuerdos —arbitrados por Rusia— de 1994, que abrieron estos parajes a pacificadores internacionales y observadores de la ONU. Desde entonces, aquel conflicto ha pasado por varias fases, según los cambios de rumbo de Moscú y de Tbilisi. Abjasia es hoy uno de los territorios problemáticos legados por la URSS y, de todos ellos, es el más rotundo en la afirmación (con argumentos históricos) de su independencia y su identidad como Estado. Pero los grandes actores de la política mundial no entran en matices sobre las consecuencias de la política de Stalin, que dividió la URSS de forma artificial y creó flujos migratorios que alteraron equilibrios demográficos seculares.

Abjasia, cuya población es inferior hoy a los 250.000 habitantes, se ha opuesto en redondo al retorno masivo de los desplazados georgianos —que se calculan en más de 200.000—, aunque permitió la vuelta de varias decenas de miles de habitantes de un valle local (Gali) refugiados en Georgia durante la guerra. Eso fue, sin embargo, antes de 2008, cuando la ONU y otras entidades internacionales aún operaban sobre el terreno en Abjasia en búsqueda de una fórmula común entre las dos comunidades.

El frustrado ataque del presidente georgiano Mijaíl Saakashvili a la población civil en Osetia del Sur, otra antigua autonomía problemática, en agosto de 2008, fue el inicio de una nueva época en la región. Rusia repelió aquel ataque y, tras reconocer a Abjasia y Osetia del Sur como Estados, obligó a marcharse a los mediadores y observadores internacionales de aquellos conflictos territoriales. En otoño de 2014, Rusia y Abjasia firmaron un acuerdo de amistad en base al cual han creado agrupaciones militares, policiales y de seguridad comunes. Los pacificadores rusos de 2008 se han convertido en soldados acuartelados en bases militares y, según cálculos georgianos, Moscú tiene una presencia militar permanente de 10.000 hombres en Abjasia y Osetia del Sur.

En la parte abjasa del río Inguri, los viajeros procedentes de Georgia son recibidos por guardafronteras rusos. Medios políticos en Sujum aseguran que el presidente de Abjasia, Alexandr Ankvav, fue forzado a dimitir en junio de 2014 porque se oponía a aquel acuerdo. Su sucesor, Raul Jádzhimba, procedente del KGB de la URSS, firmó el documento que estrecha los lazos con Moscú y es considerado más complaciente que su antecesor con el Kremlin, que está presionando a Abjasia para que limite las actividades de las ONG locales que velan por la sociedad civil y mantienen vínculos con Occidente.

Este mes, EE UU y Rusia han reiterado sus compromisos en la región. En Tbilisi, el vicepresidente norteamericano Mike Pence, dijo que “Georgia es un socio clave de EE UU” y condenó a Rusia por “continuar ocupando una quinta parte del territorio georgiano”. La intervención de Pence animó a los políticos georgianos, que se habían sentido relegados por Barack Obama.

Pocos días después, Putin replicó. En un viaje de dos horas y media a Abjasia, el líder ruso afirmó que su país tiene “una relación especial” con ese territorio. “Garantizamos la seguridad, la autonomía y la independencia de Abjasia”, dijo el presidente, durante cuya visita se firmó un acuerdo que garantiza a los abjasos el acceso al sistema de seguridad social ruso.

En Tbilisi consideran este acuerdo una respuesta a la atención sanitaria gratuita de calidad que los abjasos reciben en Georgia, país que, tras el mandato de Saakashvili, inició una nueva política de “mano tendida” con la esperanza de reintegrar a las antiguas autonomías de modo pacífico.

Georgia, de 3,7 millones de habitantes, apuesta por el turismo y ha recibido cuatro millones de visitantes de enero a julio de 2017. Conjuntamente con empresas norteamericanas y financiación europea, Tbilisi planea construir un puerto de gran profundidad en Anaklia, en las cercanías de Abjasia. Con esta inversión de 2.500 millones de dólares Georgia espera beneficiarse del comercio de Occidente con China y también atraer a trabajadores y empresarios abjasos. En Sujum, sin embargo, son indiferentes a los planes georgianos y el ministro de Economía, Augur Ardzimba, afirma que “solo un loco” puede esperar que Abjasia se reintegre en Georgia. Los contrastes van en aumento en el paisaje en las riberas del Inguri: en la parte georgiana las playas se llenan de rascacielos acristalados, mientras la parte abjasa está jalonada de ruinas que mantienen la memoria de la guerra.

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