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El rey Salmán viaja a seis países de Asia para reforzar el liderazgo saudí

La gira, de un mes de duración, concluirá con su presencia en la cumbre árabe de Jordania

El presidente de Indonesia, Joko Widodo (izquierda), con el rey Salman, en Yakarta el 3 de marzo.
El presidente de Indonesia, Joko Widodo (izquierda), con el rey Salman, en Yakarta el 3 de marzo. AFP

El rey Salmán de Arabia Saudí ha emprendido una gira de un mes por seis países asiáticos, que concluirá en Jordania con su asistencia a la cumbre de la Liga Árabe, a finales de marzo. Más allá de la notoriedad del desplazamiento real, por su duración, el millar de acompañantes o las 500 toneladas de equipaje, el viaje constituye el eje de una ofensiva diplomática para mejorar las relaciones estratégicas del Reino del Desierto en un momento de creciente competencia con Irán y de incertidumbre sobre los planes de EE UU. bajo la presidencia de Trump.

La visita de Salmán a Malasia, Indonesia, Brunéi, Japón, China y Maldivas, tiene sin duda un evidente objetivo comercial. A nadie se le escapa que Arabia Saudí está preparando para el próximo año la salida al mercado de un 5 % de Aramco, la compañía nacional de petróleo, una oferta pública de acciones sin precedentes. Asia supone, además, el destino de un 68 % de las exportaciones saudíes de crudo y esa media docena de países, con China y Japón a la cabeza, se llevan casi un tercio de total.

Salmán, que llegó al poder en enero de 2015 tras la muerte de su medio hermano Abdalá, viajó ese mismo año a Egipto, el país líder del mundo árabe hasta las revueltas que echaron del poder a Mubarak en 2011, y a Estados Unidos, con el que surgieron tensiones durante la presidencia de Obama por su aceptación de ese relevo y su negativa a intervenir en Siria. Pero esta gira asiática, como la que el pasado diciembre realizó a las monarquías vecinas, va más allá de mejorar las relaciones bilaterales o económicas.

Arabia Saudí busca en Asia una alternativa fiable a la incertidumbre que plantea la política de “América primero” de Trump, y reforzar su liderazgo en el mundo islámico. De paso, el periplo sirve también para acallar los rumores sobre la salud del rey, que acaba de cumplir 81 años, aunque en atención a su edad se han programado descansos intermedios, como el que estos días mantiene en Bali tras concluir sus reuniones oficiales en Indonesia.

Por un lado, la familia real se halla embarcada en un ambicioso proyecto de diversificación de la economía, conocido como Vision 2030. Para sacarlo adelante, además de cortejar a los inversores asiáticos y tratar de aumentar sus exportaciones, necesita cooperación en numerosas áreas como formación de recursos humanos, nuevas tecnologías o investigación y desarrollo. Sus interlocutores asiáticos pueden ser útiles en esos campos sin la contrapartida de cuestionar su falta de libertades políticas o violaciones de derechos como suele hacer EE UU.

Por otro, en el caso de Malasia, Indonesia, Brunéi y Maldivas, se trata de países predominantemente musulmanes a los que Riad ha cortejado para la “alianza militar islámica” que anunció hace poco más de un año. Esta colaboración, que aún no se ha concretado, tiene por objetivo declarado la lucha contra el Estado Islámico (ISIS) y otros grupos yihadistas. Sin embargo, la ausencia entre los invitados de Irán e Irak, sus dos vecinos de mayoría chií, le han valido críticas de “club suní” para contrapesar el ascenso regional de Teherán.

A este respecto, resulta igualmente significativo, que el mismo día que el rey salía de viaje, su ministro de Exteriores volaba a Bagdad. Esta inesperada visita, la primera de ese nivel desde 1990 en vísperas de la invasión de Kuwait por Sadam Husein, marca un giro radical en la política saudí hacia Irak. Para el reino, la invasión estadounidense de ese país en 2003 sólo sirvió a los intereses iraníes al entregar el poder a la mayoría chií. En consecuencia, se negó a participar en la reconstrucción y hasta 2015 ni siquiera envió un embajador, minimizando así sus posibilidades de influencia.

Este nuevo enfoque, que ya se apuntaba en la invitación del rey al primer ministro iraquí poco después de su llegada al trono, trata de contrapesar la enorme influencia iraní sobre Bagdad. Aunque Arabia Saudí nunca pueda llegar a ese nivel, su diálogo con el Gobierno iraquí supone un respaldo para la minoría suní, además de otra baza ante la cumbre árabe de Jordania, en la que Salmán espera confirmar el liderazgo regional de su país.

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