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“Lo que hacen las autoridades de México con nosotros es inhumano”

Una pequeña comunidad de cubanos varados se ha formado en la frontera con Guatemala a la espera de un giro político que les permita continuar su viaje a Estados Unidos

Elaine Miranda, varada en México junto a su bebé.

Elaine Miranda ya no podía continuar. Su travesía hacia Estados Unidos había comenzado en Trinidad y Tobago con ocho semanas de embarazo. Ella, de 21 años, y su esposo Marcos Delgado, de 25, no quisieron esperar más y avanzaron lentamente desde la Amazonia y Guyana hacia el norte.

Cuando estaba a punto de dar a luz iba a empezar la parte más complicada, en la selva del Darién en Panamá. “Saqué fuerzas de donde pude con la esperanza de llegar a Estados Unidos”, cuenta Miranda orgullosa. Ocho hombres la llevaron a cuestas durante dos días cuando las contracciones se hicieron insoportables y, al cabo de un tiempo, un helicóptero la transportó a un hospital de la capital.

Liz María nació el 12 de diciembre y fue registrada como ciudadana panameña. 20 días más tarde continuaron su trayecto. Hoy están en el hotel Plaza Emanuel del centro de Tapachula, a unos cuantos kilómetros de la frontera sur de México, junto a otros 50 cubanos varados tras el fin de la política de “pies secos, pies mojados” el pasado 12 de enero, que permitía a los ciudadanos de ese país quedarse si alcanzaban territorio estadounidense a pie y por sus propios medios.

El centro de Tapachula se siente como una Habana en miniatura. Un pequeño mundo paralelo ha surgido con la presencia de los cubanos, entre hospedajes precarios que se cotizan a un dólar por noche, mafias que estafan a los inmigrantes desesperados y teléfonos que no paran de sonar a la espera de una noticia que implique un giro en la política migratoria de Washington y que les permita retomar el sueño americano. “Ellos empezaron a llegar hace un año, antes era raro que pasaran por aquí, nunca había visto tantos cubanos como hasta ahora”, comenta María Teresa Barrios, de 52 años, dueña de una estética que está al lado del hotel. “Desgraciadamente, abusan mucho de ellos, hay muchas personas que se benefician de su desesperación y su miedo”, lamenta.

En la primera planta del hotel Plaza Emanuel hay una vieja televisión Sony que permanece encendida entre el bullicio de la gente que habla en sus teléfonos móviles, lava su ropa e intenta matar el aburrimiento, tirados sobre colchonetas hacinadas. Lester Ávila sube el volumen. “¡Mira, son los chicos con los que estábamos!”, dice sorprendida su prima Yudalmi Quezada. El televisor emite los testimonios de los que están atrapados en Costa Rica y que se rezagaron por el estricto control de fronteras en Nicaragua.

“Son las mismas noticias que hace cuatro días, ¿cuándo van a decir algo nuevo y nos van a dar una salida?”, dice harto uno de los huéspedes, mientras otros aguardan en silencio, deprimidos y desesperados. “Barack Obama ha creado una crisis humanitaria, ¿no podía consultarlo con el resto de los países y quitar la política paulatinamente?”, cuestiona Yusnier Peláez, el esposo de Yudalmi. No hay respuesta.

“La vida se nos ha ido abajo y estamos estancados, eso es lo que más nos vuelve locos, nuestras familias están preocupadas”, dice Sandy Prieto, uno de los más molestos. Muestra su teléfono y las conversaciones que ha sostenido con su tío Gerardo, que está en Estados Unidos. “Necesito más dinero para el abogado, si no el trámite para el salvoconducto puede tomarme hasta febrero, me tengo que ir urgentemente”, escribe. “Te mandé ya 600 dólares, tú decide qué vas a hacer con ellos, pero no te recomiendo lo del abogado”, contesta Gerardo y adjunta el recibo de la remesa.

Prieto ha escuchado el rumor de que el salvoconducto para continuar hacia Estados Unidos puede obtenerse más rápido y sin entregarse a las autoridades con asesores legales. Las dudas lo sofocan. “Nadie nos explica nada, el Gobierno mexicano debería explicarnos nuestra situación y dejarnos continuar, no nos interesa quedarnos”, se queja. “Son muy corruptos, les interesa que estemos jodidos para aprovecharse de nosotros”, espeta Ávila.

El salvoconducto se ha convertido en un nuevo objeto de deseo, al menos para asegurar durante 20 días que el recorrido de más de 2.000 kilómetros entre Tapachula y la frontera norte trascurra sin contratiempos. Alexander Pereira tiene uno. Se entregó el pasado 29 de diciembre y estuvo detenido casi dos semanas hasta recibirlo el 9 de enero. “Nos tratan como animales, no hay colchones, no nos dan buena comida; no hay que darle más vueltas, es una cárcel”, afirma Pereira, de 50 años. Su sobrino, de 23, y la mujer de él, de 21, siguen dentro. Ella tiene ocho meses de embarazo y viene acompañada de su hija mayor de tres años.

“De un grupo de 110 cubanos que entramos el 29 de diciembre, sólo se han otorgado nueve permisos, los demás siguen dentro”, relata Pereira afuera de la estación migratoria. “No podemos esperar que nos ayuden porque los mismos guardias han extorsionado a nuestras familias, pidiéndoles que manden dinero porque estamos detenidos, lo que hacen es inhumano”, acusa.

El salvoconducto protege a Pereira hasta el próximo 29 de enero. El tiempo se agota. Si sus acompañantes no reciben respuesta el martes, que es el próximo día de visita, seguirá solo. Él no se los ha dicho. “Lo haré con todo el dolor de mi alma”, confiesa. “Lo único que le pido a México es que los saque de aquí, después veremos que pasa con Donald Trump”, cuenta. Apaga el cigarro, se sube a una furgoneta y regresa al centro de Tapachula, el hogar inesperado de cientos de cubanos.

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